Al día siguiente se levantaron con el canto del gallo. Drake tenía un humor de perros; la resaca de cada mañana era su peor momento. Dario estaba fresco y lozano, con ganas de partir de inmediato, y soportó de buen humor los gruñidos y desdenes sin malicia de Drake.
Desayunaron pan y tocino que les trajo la señora de la casa, mojándolo todo con vino rancio Drake y con leche Dario, pues vio a un jornalero ordeñando las vacas y le hizo tanta gracia el proceso que se empeñó en beber casi un cuenco de aquel jugo blanco, todavía caliente, que brotaba de tan fenomenales ubres.
Peter Drake le miraba sorprendido.
—¿Acaso no has visto nunca ordeñar una vaca? —preguntó.
Dario negó con la cabeza y apuró el cuenco que le habían ofrecido. Luego Drake le llevó a ver al propietario de la finca antes de que se marchara a trabajar los campos. Con su ayuda Dario consiguió un buen caballo a un precio razonable y de paso sorprendió a Drake con su abultada bolsa de dinero.
—¡Bien sabe el Dios del vino que de haberla visto antes hubiera aceptado ser tu guía a la primera! Pero debes hacer caso de un consejo: saca la mayor parte de lo que llevas ahí y escóndelo. No es prudente que la gente sepa cuánto dinero llevas encima.
Dario hurgó un momento entre sus ropas y sacó una bolsa aún mayor. Las pupilas de Drake se agrandaron visiblemente, aunque se esforzó en mantener la compostura. Luego le obligó a ocultar de nuevo la bolsa.
—¡No deberías habérmela enseñado! —le recriminó furiosamente—. ¿Cómo puedes ser tan inocente? Ahora no puedes estar seguro de que no te robe al primer descuido.
—¡Oh, vamos! Estoy seguro de que no vas a hacerlo —contestó Dario despreocupadamente.
—¡Pues yo no lo estoy! —replicó Drake—. Ahí llevas lo que un tratante de especia gana en varios años. Es una imprudencia enseñárselo a nadie. El mundo está lleno de ladrones, bribones, bandidos, forajidos, recaudadores, estafadores y algún que otro tipo poco recomendable que puedes encontrar cualquier noche en una taberna de mala muerte. Oye, ¿a qué estás jugando?
Dario tenía cogido su caballo por las riendas y mientras éste daba vueltas tranquila y lentamente, el joven trataba de poner el pie en un estribo, mientras con la otra pierna daba saltos a la pata coja para seguir la deriva del animal.
El equino parecía estar pasándoselo en grande.
—¿No me irás a decir ahora que no sabes subirte al caballo? —Drake estaba nuevamente perplejo. Según sus esquemas mentales un joven cargado de oro y de finos modales tenía que ser de familia noble, pero entonces habría aprendido a montar antes que caminar. Ése no parecía ser el caso de Dario.
—Venga, venga, deja ya de marear al pobre animal; yo lo sujeto.
Drake agarró firmemente las riendas del bruto y Dario logró al fin poner el pie en el estribo. Luego se encaramó como pudo apoyando el vientre en la silla y finalmente se sentó en ella, un poco tieso y envarado, eso sí.
El caballo giró la cabeza y pensó algo indescriptible.
—Pero, de verdad, ¿sabes montar? —inquirió de nuevo Drake.
—¡Claro que sí! Bueno, un poco —respondió Dario—. Es decir, los últimos días antes de llegar a las montañas tuve que pasarme casi toda la jornada a caballo, de modo que ya sé permanecer encima con cierta soltura. Lo que todavía me cuesta es subir. Estos brutos se empeñan en ponérmelo difícil en cuanto me ven. A veces creo que los caballos tienen malicia.
El caballo relinchó en ese preciso momento y Drake tuvo la impresión de que ese relincho equivalía a una carcajada.
—Vamos a ver —empezó Drake, tratando de poner algo en claro—, ¿eres de familia noble o no? Quiero decir, si te criaste en una gran mansión te habrán enseñado allí a montar, usar las armas y todo eso.
—Pues no.
—Entonces ¿de dónde eres y de dónde has sacado tanto oro?
—Por favor, Peter... —Dario le miraba con expresión lastimera, o más bien de súplica—. No me hagas preguntas de ese tipo, no ahora. Te prometo que cuando pueda te responderé.
—Al menos dime si se trata de dinero robado, para que sepa si puede traernos problemas.
—Te aseguro que no llevo nada robado encima, eso desde luego.
Era evidente que Dario trataba de contar lo menos posible, aunque a Drake le parecía que se moría de ganas de hacerlo. Fuera lo que fuese decidió emprender el camino, confiando en que antes de terminar el viaje el muchacho habría aprendido al menos a mostrar cierta soltura sobre la silla de montar.
Empezaron a bajar la cuesta para llegar al fondo del valle mientras Drake iba dando consejos a Dario sobre qué postura adoptar, cómo gobernar mejor al animal y cosas semejantes. Luego llegaron a la planicie del fondo y siguieron al paso el curso de un riachuelo que se dirigía hacia el bosque, donde estaba la única salida de aquel valle. Dario miraba las montañas por donde había llegado y sentía escalofríos de pensar en lo poco que le faltó para morir en ellas.
La hierba estaba verde y el sol empezaba a calentar de un modo agradable. Las hojas de las plantas lanzaban pequeños destellos de luz desde las gotas de rocío que las cubrían. Las primeras moscas de la mañana acudían a las telarañas para proveer a las hilanderas de los prados de su desayuno. Algún gordo mosquito se empeñó en obtener el suyo a costa de la sangre jugosa de Dario, y tanto insistió que éste terminó por buscar entre sus ropas y sacó un pequeño recipiente. Puso algo viscoso en la palma de su mano y luego se frotó la cara con ello.
—¿Se puede saber qué haces? —Drake observaba meticulosamente el comportamiento del joven, y le extrañó que se untará la cara con esa pringosa poción.
—Es para que no me molesten los mosquitos. ¿Quieres un poco?
—No me gustan esas cosas —gruño Drake—. Y harías bien en dar mejor uso a tu dinero que comprarles ungüentos a las brujas y curanderos de tres al cuarto.
Dario volvió a guardar el recipiente y no dijo nada al respecto, pero a Drake le dio la impresión de que trataba de disimular las ganas de reír.
No tardaron mucho en llegar a los primeros árboles, unas hayas jóvenes cuya altura no podía compararse con la de sus hermanas centenarias del bosque, que apenas dejaban pasar la luz. Dentro de él, una sensación de sosiego e inmovilidad les envolvió. El aire estaba quieto bajo la verde techumbre de hojas nuevas, pocos animales se dejaban ver y sólo el rumor ocasional de algún pequeño salto de agua turbaba la quietud.
Peter Drake silbaba suavemente una canción de taberna aprendida en los muelles de Ulprîven y Dario parecía preocupado con el suelo.
—¿Qué miras con tanto interés? —preguntó al fin Drake.
—Veo que hay algunas huellas de herraduras en ambos sentidos. Parece que por aquí pasa la gente que va al valle.
—¡Toma, claro! Lo más fácil es seguir el curso del riachuelo. ¿Por dónde quieres ir si no?
—Francamente, preferiría alejarme un poco del río.
—Tonterías, por aquí vamos... ¡Eh, tú, espera!
Dario había puesto al trote a su montura para alejarse y no se detuvo hasta media milla después. Peter le alcanzó pocos segundos más tarde y agarró las riendas de su caballo.
—Había olvidado contarte una parte del trato, amigo —dijo Dario sonriendo—. Nada de caminos transitados. Hay que mantenerse lo más lejos posible de cualquiera que recorra estos senderos.
—¡Así que el dinero es robado! —exclamó Drake—. Estás huyendo de sus propietarios o de algún alguacil que sigue tú pista, ¿no es eso?
—¡Pues claro que no! —el muchacho estaba rojo de ira—. ¡Yo no soy ningún ladrón! No es por eso por lo que quiero evitar a la gente.
—Entonces, ¿cuál es el motivo?
Dario tiró de las riendas para recuperarlas y Drake se lo permitió.
—No he hecho nada malo, jamás. No es culpa mía que esté aquí, yo nunca quise venir a este lugar. Me escogieron como a los demás...
—¿Quien te escogió? ¿Para qué?
Dándose cuenta de que cuanto más hablaba más empeoraba la situación, Dario decidió callar y no volver a abrir la boca. Drake sabía darse cuenta de cuándo era mejor tener paciencia y decidió aguardar un momento más propicio. Estaba seguro de que conforme se ganara la confianza del joven éste le contaría más cosas. Sin embargo algo le tenía preocupado, el que temiera encontrarse con alguien. Eso sólo podía significar que había peligro a su alrededor, aunque le costaba imaginarse al muchacho metido en verdaderos problemas. Y a pesar de ello había matado sin dudarlo un instante a aquel hombre en la taberna; bien es cierto que no tenía otra solución, pero no parecía muy preocupado luego. Drake se dio cuenta de que aquel muchacho ya había matado antes, pues sólo eso explicaba que hubiera superado el trauma que para cualquier joven de buena conciencia suponía derramar sangre por vez primera. ¿O acaso se engañaba con respecto a él? Al fin y al cabo, quizá no fuera tan ingenuo y bien intencionado como parecía; podía tratarse de un disfraz. Pero si así era, ¿qué verdadera personalidad escondía?
Al cabo de varias horas desmontaron para descansar un poco y tomar un bocado de las provisiones que Drake había comprado antes de salir. Le ofreció al muchacho una rebanada de pan y un generoso trozo de queso fresco que devoró en un momento.
Drake se sentó sobre una roca y Dario aprovechó para estirar las piernas, visiblemente doloridas por las horas que llevaba a caballo. El joven hablaba de todo lo que veía, como si le sorprendiera cada animal y cada planta. Su acento cantarín y ligero resultaba extraño, pero agradable a los oídos de Drake. Los animales, por su parte, aprovecharon para entregarse a asuntos más serios y se dedicaron a segar cuantas hierbas comestibles tenían a su alcance.
Pensando en lo que había visto en la taberna, Drake aprovechó para pedirle a Dario que le enseñara aquella maniobra con la que había acabado con el cazador.
—Es muy fácil, ahora verás —dijo Dario, desenvainando su florete y adoptando una guardia perfecta con toda naturalidad—. Finge que me atacas con un fondo, tratando de tocarme el corazón.
Así lo hizo Drake, despacio y con su mejor estilo. Vio como el muchacho se abalanzaba hacia delante, al tiempo que bajaba el cuerpo todo lo posible para pasar debajo de su acero y eludir la estocada.
—¿Cómo es posible que aquí no sepáis algo tan simple?
—Pues te aseguro que es la primera vez que lo veo —murmuró Peter Drake, un poco acomplejado.
Pasaron unos minutos practicando y luego Drake desafió a Dario a un duelo para poner a prueba el estilo de cada uno.
Ambos contendientes adoptaron un semblante serio y se saludaron con fintas de cortesía: Drake con el saludo floreado de su noble familia y Dario con una elegante finta de estilo desconocido para su contrincante.
Inmediatamente después Drake fingió atacar por la derecha, fintó de inmediato para eludir la parada de Dario y lanzó una estocada por la izquierda... justo un momento después de que la punta del arma del joven pinchara suavemente su chaleco.
—¡Pero si ni te he visto venir! —exclamó el hombre, enojado—. Bueno, da igual, ahora verás tú lo que es bueno.
De nuevo trató de engañar a Dario con fintas y contrafintas antes de lanzar decididamente el ataque del dragón furioso. Dario paró en cuarta y con un movimiento de muñeca inverosímilmente rápido hizo que su acero tocara el cuello de Drake. Este se enojó ante la facilidad con que estaba siendo derrotado y decidió emplear su arma secreta: el contraataque del mono loco.
Una compleja maniobra de desorientación culminó en un veloz e intrépido ataque que nunca antes le había fallado a ningún miembro de su centenaria familia... hasta el aciago día en que Peter Drake se enfrentó a Dario Ferro.
Drake miraba desolado su bello florete, caído a unos pies de distancia de donde él estaba.
—Eso ha sido interesante —comentaba Dario con una angelical y sincera sonrisa en los labios—. Coge el arma y vuelve a hacerlo; me gustaría ver cómo acaba.
Drake le miró de reojo. ¿Era posible que el muy cabrito no se diera cuenta de cómo le acababa de humillar?
—Venga, Peter, que esto se anima —Dario se había puesto una brizna de hierba en la boca y esperaba como si nada hubiera pasado.
Tratando de mostrarse calmado Drake fue a buscar su arma, la recogió y sonriendo lo mejor que pudo dijo:
—Para hacerlo más interesante, ¿qué te parece si cambiamos de mano y repetimos lo mismo?
Dario no respondió, se limitó a tirar el florete al aire. Describió un arco girando elegantemente sobre sí mismo y cuando llegó de nuevo a la altura del muchacho éste lo recogió con la izquierda y se puso de nuevo en guardia.
Drake no era exactamente ambidextro, pero tenía gran facilidad para aprender a usar la izquierda, aunque sin poder llegar a la perfección que le permitía la mano diestra. Aprovechando esto se había dedicado durante años a entrenar con una y otra mano, a fin de tener alguna ventaja adicional, por ejemplo si era herido en la derecha. Confiaba en que su adversario perdería más que él con el cambio.
Atacó de improviso, pero sin repetir la maniobra de momentos antes, sino con el clásico y temible rayo de acero púrpura, que tan bien le había enseñado su maestro en los años mozos.
Sin moverse de su sitio Dario le paró en sexta y en cuarta repetidas veces y cuando Drake culminó su enrevesada y rápida maniobra con la estocada púrpura, Dario se apartó, la desvió ligeramente y al pasar Drake a su lado sin poder frenar a tiempo le pinchó en la espalda diciendo:
—¡Hop!
Drake se levantó maldiciendo y soltando rayos y centellas. Estaba rojo de ira y vergüenza y no podía ni quería refrenar su mal humor. Se lió a pegarles tajos a los arbustos y hasta los caballos optaron por apartarse ligeramente y vigilarle con atención.
—No entiendo por qué te lo tomas así —decía Dario—. Sólo estábamos practicando un poco, no hay para tanto. Además, lo has hecho muy bien — Aunque ha sido un poco rústico
, pensó.
—Ya hemos perdido demasiado tiempo; monta y vámonos —dijo de repente Drake.