—¿Tan grave es la situación? —se asombraba Graziani, desplazado hasta la Deyanira en visita de cortesía—. Cuando salimos de la Tierra ya existían tensiones, pero no podíamos sospechar que en tan poco tiempo pudiera degenerar tanto.
—Desgraciadamente, así ha sido —respondió el capitán de la patrullera—. Ha transcurrido mucho tiempo desde que la crisis comenzara a gestarse, pero han bastado unos pocos días para que la situación se tornara peligrosa.
—No puedo creerlo. ¿Cómo pueden ser tan cerriles?
—Todo ha influido un poco; desde el temor oculto de buena parte de la población frente a los robots hasta oscuros intereses electoralistas, sin olvidar las presiones de la industria cibernética. Las detenciones masivas ordenadas por las autoridades, que ellos llaman confiscaciones, han degenerado en persecuciones indiscriminadas contra todo tipo de robots, acabando generalmente en destrucciones masivas de los mismos —era evidente que el oficial eludía la palabra matanzas.
—¿Tan caótica es la situación?
—Mal que nos pese reconocerlo, es así. Los disturbios aumentan de día en día, y la peor de todo es que los gobiernos ya no pueden dar marcha atrás. Otra consecuencia grave es que las ventas de nuevos robots han caído en picado a causa de las algaradas, lo que ha provocado un descontento social todavía mayor. Nos encontramos, pues, sumidos en una espiral que no hace sino acrecentar aún más la crisis —concluyó con pesimismo el capitán.
—Mal futuro nos espera.
—Nosotros tan sólo podemos garantizarles protección hasta nuestra base lunar; si insisten en viajar hasta la Tierra tendrán que contar exclusivamente con sus propios medios.
—Pero nosotros queremos ir a la Tierra —insistió Graziani—. Por otro lado, no creo que a los humanos nos hagan nada; esta persecución es contra los robots.
—No se hagan ilusiones. Aun cuando dejaran a su robot en nuestra base, ustedes no se encontrarían mucho más seguros. Si bien la represión se ha desatado fundamentalmente sobre los robots, habiendo afectado a sus propietarios tan sólo en forma de confiscaciones o de multas, su caso es muy distinto. Se les considera instigadores de la rebelión, y como tales serán tratados. Yo que ustedes permanecería en la Luna hasta que los ánimos se hubieran calmado.
—¿Qué ha sido de nuestros compañeros? —preguntó Graziani, súbitamente alarmado.
—Su organización ha quedado prácticamente desmantelada. Los robots han sido incautados por los respectivos gobiernos, y en lo que respecta a las personas los mandos más cualificados por lo general han sido detenidos encontrándose a la espera de juicio.
—Pero esto no habrá ocurrido en todos los países.
—Lamento desilusionarle. Lo cierto es que, de una u otra manera, ustedes no estarían seguros en prácticamente ningún lugar del globo. En la mayoría de los países musulmanes el fanatismo religioso ha atizado aún más el fuego, mientras en numerosas zonas del tercer mundo los dictadores de turno han aprovechado para incrementar sus bienes personales a costa de los escasos propietarios de robots. Esto les deja a ustedes prácticamente sin ningún país al que acudir en demanda de asilo. Créanme; no pasen de la Luna.
—Yo no soy quien para decidir en nombre de todos mis compañeros —respondió Graziani dubitativamente—. Somos doce además de Paco, y debemos ponernos de acuerdo entre todos.
—¿Acaso no han decidido aún qué es lo que van a hacer? No les queda demasiado tiempo.
—No es tan fácil como usted cree. Todos nosotros queremos dirigirnos a nuestra sede central de Ginebra, pero Paco se opone. Dice que no tenemos por qué arriesgarnos por algo que no nos incumbe.
—En esto demuestra ser más juicioso que todos ustedes.
—No lo crea. Quiere que todos nosotros nos quedemos en la Luna mientras él se dirige a la Tierra.
—¿A Ginebra?
—No. A Nueva York. Pretende hablar en la Asamblea General de las Naciones Unidas.