El viaje de retorno de la Walpurgis fue, como cabía esperar, una carrera entre el afán y el peligro. Conscientes sus tripulantes del riesgo en que incurrirían en el caso de caer en manos hostiles, no por ello renunciaron a su propósito de retornar lo más rápidamente posible a su lugar de origen. No ignoraban el peligro que suponía aparecer en Marte, o en la Tierra, acompañados por Paco, quizá el personaje más buscado en todo el Sistema Solar. Desconocían asimismo hasta que punto era importante el poder de esa potencia extranjera aludida por el viejo pirata, potencia que inequívocamente asociaban con los Estados Unidos, si bien estaban convencidos de que sus agentes debían de estar, en todo caso, perfectamente infiltrados. De hecho, ni siquiera sabían si podrían confiar en las fuerzas armadas de las Naciones Unidas, único organismo que les había mostrado su apoyo desde que se iniciara la crisis del Nueva Sión.

No era precisamente cómoda la situación de Paco y sus compañeros. Navegando por rutas ignoradas alentaban en su pecho, ahora más que nunca, el temor de tropezar con algún pirata fugitivo, aun cuando Ron afirmara que no era ése el peligro; algunos capitanes de la Flota eran de nacionalidad estadounidense, y no les sería difícil justificar ante sus superiores la destrucción de la Walpurgis en plena campaña de limpieza de los asteroides. Con la mente puesta en un acontecimiento del que ignoraban cual podría ser su final, veían cómo la meta de su viaje —el planeta Marte, dado que Ron se oponía tajantemente a ir más allá— se aproximaba conforme pasaban los días.

Estaba próximo ya el momento en el que necesariamente tendrían que entrar en contacto con la abigarrada comunidad marciana, e ignoraban totalmente cual podría haber sido la reacción de los distintos estamentos sociales a raíz de la destrucción de la base de los asteroides dado que Graziani se había negado a autorizar la utilización de la radio; no obstante, un elemental sentido de la prudencia les aconsejaba dirigirse directamente a los funcionarios de las Naciones Unidas, únicas personas de las que presumiblemente podrían esperar ayuda.

Quiso el destino que fuera precisamente una astronave de la ONU, la patrullera Deyanira, la primera nave con la que establecieron contacto justo cuando iniciaban las maniobras de acercamiento al planeta. Imbuidos por una ambigua sensación en la que se entremezclaban sentimientos tan dispares como el alivio y el temor, los viajeros de la Walpurgis respondieron a las solicitudes de identificación insistentemente enviadas por la Deyanira. Ocurriera lo que ocurriera, la suerte estaba ya echada.

Al contrario de lo que ocurría en la práctica totalidad de las naves mercantes las patrulleras carecían, por motivos de seguridad, de los tubos de conexión tan utilizados en los abordajes en pleno espacio. Sus tripulantes se veían así obligados a desplazarse de una a otra astronave utilizando unos pequeños botes de desembarco muy similares a los utilizados en casos de emergencia, con la diferencia de que éstos se encontraban artillados. Ahora bien, no era normal que en las rutinarias operaciones de control las patrulleras fueran más allá de una simple comprobación visual, por lo que la decisión del capitán de la Deyanira de enviar a algunos de sus hombres a efectuar una inspección al interior de la Walpurgis bien podía considerarse como una medida cuanto menos poco habitual.

—Algo ocurre —musitó Andrés Huertas con un tono de fatalismo en su voz.

—Esperemos que el capitán no sea norteamericano —gruñó Ron por única respuesta.

Minutos más tarde comprobaban con alivio que la nacionalidad del mismo, desplazado personalmente hasta la Walpurgis, era birmana, lo cual calmaba buena parte, aunque no la totalidad, de sus fundados recelos. Éste se mostró amable y respetuoso y, con gran sorpresa por parte de los fugitivos, puesto que en todo momento habían puesto cuidado en ocultar tanto su verdadera identidad como la naturaleza de su fallido viaje, les comunicó que era conocido su regreso por parte del cuartel general de la Flota. Les estaban, pues, aguardando.

—¿Cómo lo sabían ustedes? —preguntó extrañado Graziani una vez constatada la inutilidad de sus anteriores precauciones.

—Sus compañeros del Nueva Sión nos relataron la naturaleza de su viaje —respondió el capitán—. Calculamos que no llegarían al asteroide hasta pasados dos o tres días desde el ataque, por lo que pensamos que ustedes darían inmediatamente la vuelta. Como ven, acertamos.

© José Carlos Canalda, (726 palabras) Créditos