La forma utilizada habitualmente para tomar contacto entre dos astronaves en vuelo consistía en unir ambas con un tubo flexible una vez situadas una al lado de la otra y sincronizadas sus respectivas velocidades de manera que sus desplazamientos relativos fueran nulos; quedaban así enlazadas de una manera estanca permitiendo el contacto físico entre las dos tripulaciones. El enlace se efectuaba de forma automática y rápida, bastando apenas unos minutos para que se pudiera transitar por el túnel; así lo había hecho la Walpurgis en su anterior contacto con el Nueva Sión, empleando ahora este mismo sistema para su conexión con el navío pirata.
En contra de lo que Graziani esperaba, Ron no se movió de su asiento limitándose a esperar la llegada de los visitantes. Éstos no se hicieron esperar, presentándose en la cabina apenas efectuado el enlace. Eran tres en total, todos ellos fornidos astronautas curtidos por años de dura vida en el espacio. El que parecía ser el jefe, inmediatamente asociado con Hak por Graziani, saludó al viejo astronauta con una familiaridad que no tuvo por menos que sorprender al científico.
—¡Por la gran Galaxia! —gruñó el pirata atenazando a Ron con un fuerte abrazo—. ¿Cuánto de bueno te ha ocurrido desde la última vez que nos vimos? Ha pasado mucho tiempo desde entonces, y veo que has prosperado; cuentas con nuevos tripulantes.
—Así es —respondió con jovialidad el astronauta al tiempo que lanzaba una inquieta mirada a los silenciosos científicos—. La vida es dura y hay que aprovechar las ocasiones. Yang y yo estábamos desbordados por el trabajo, por lo que tuve que contratar a Alberto y a Andrés; son dos astronautas algo novatos, pero muy eficientes.
—Tú sí eres afortunado —rezongó Hak repentinamente sombrío—. Por el contrario yo tengo graves problemas incluso para sobrevivir.
—¿Qué te ocurre? Algo de eso sospeché cuando descubrí a la Aquelarre tan desviada de las rutas de navegación. ¿Tenéis alguna avería? Si es así, contad con nuestra ayuda.
—¡Ojalá fuera tan sólo eso! No, amigo Ron, el problema es mucho más grave. Todo nace y todo muere, y a nosotros ahora nos corresponde desaparecer. Pero ésta es una historia muy larga, y los gaznates se resecan de tanto hablar; saca la ginebra y bebamos juntos. ¡Por el viejo espacio! No todo ha de ser tan fúnebre.
—Todo comenzó hace algunos meses, cuando aparecieron esos malditos agitadores —la generosa ingestión de alcohol parecía haber desatado la locuacidad de Hak.
—¿A quién te refieres? —preguntó Ron.
—Nunca supimos de dónde procedían ni a que país representaban; pusieron mucho cuidado en ocultarlo. Pero realizaron con éxito su labor y ahora nos corresponde a nosotros cargar con las consecuencias.
—¿Tiene esto algo que ver con vuestra presencia en esta zona?
—Los asteroides han dejado de ser un refugio seguro para nosotros —respondió el pirata con tristeza—. Tan sólo nos queda ya el recurso de la huida.
—¿Huir de quién?
—¿De quién va a ser? De las patrulleras de las Naciones Unidas; están dispuestos a limpiar todo el cinturón, y llevan camino de conseguirlo.
—Pero las patrulleras nunca se habían internado en el cinturón; tan sólo se limitaban a proteger las rutas comerciales —arguyó con asombro el astronauta.
—Así era, hasta que atacamos ese maldito asteroide.
—¿Qué asteroide? —intervino por vez primera Graziani, súbitamente alarmado.
—¿Cuál va a ser? —respondió cansinamente el pirata—. Ese maldito guijarro en el que se habían refugiado esos chiflados defensores de los robots.
—¿Los atacasteis? —atajó Ron adelantándose a los cada vez más nerviosos científicos—. ¿por qué lo hicisteis? Poco botín debisteis de obtener.
—¿Poco? Yo diría que nada. Apenas unas toneladas de chatarra calcinada y completamente inservible; pero esos intrusos habían convencido a la mayor parte de nosotros de que los robots escondían toneladas de metales preciosos en su asteroide.
—¿Cómo pudisteis ser tan ingenuos? —Ron seguía impidiendo intervenir a sus abrumados pasajeros.
—Es infinitamente más fácil engañar a muchos que convencer a unos pocos —respondió Hak con fatalismo—. Al principio éramos muchos los que nos oponíamos a un saqueo que nada útil nos podía proporcionar; pero esos agitadores supieron hacer bien su labor. Poco a poco se fue imponiendo entre los independientes la idea de atacar a los robots, convencidos de que ese maldito pedrusco encerraba un eldorado. Hace cinco días que una flota de independientes -así se autodenominaban los piratas- ocupó el planetoide; una vez que descubrieron que, efectivamen-te, nada de valor había en él, arrasaron completamente cuanto de vida, humana o artificial, encontraron en él.