—No sea infantil, Svletjerson —criticaba Graziani cercana ya la meta del largo viaje—. Si damos todo este rodeo es precisamente para evitar cualquier tipo de tropiezo con visitantes indeseables. ¿No es cierto, Andrés?

—Así es —corroboró el ingeniero—. Las posibilidades de encontrarnos con alguna astronave dentro de este plano orbital son ínfimas; por ello elegimos esta ruta.

—Eso está muy bien, pero soy yo quien pilota la nave —rezongó Ron—. Y no son ustedes los que se ven obligados a navegar a tientas y sin cartas estelares.

—Vamos, señor Svletjerson —atajó Graziani—. ¿Por qué cree usted que le elegimos? Para navegar por una ruta comercial nos hubiera servido cualquiera.

—Yo no he dicho que no pueda llevar a la nave hasta su maldito asteroide —Ron vacilaba entre su amor propio herido y su instinto de conservación— tan sólo quiero que sepan que no es nada fácil, ya que al cambiar de plano de navegación hemos perdido todas nuestras referencias.

—Si no confiásemos en su pericia no le hubiéramos contratado para este viaje —interrumpió Andrés—. Por otro lado, la verdad es que no tenemos ninguna prisa por llegar.

Iba Ron a responder cuando un sonido gutural —casi un grito— brotó de la garganta del hasta entonces silencioso Yang. Cuando Graziani volvió su mirada hacia él, convertido ahora en el centro de atención de todos sus compañeros, pudo comprobar con sorpresa cómo el habitualmente inexpresivo rostro del oriental reflejaba ahora una inusitada expresión de alarma.

—¿Qué ocurre, Yang? —le preguntó Ron olvidándose de utilizar el chino.

No fue necesario que el coloso amarillo relatara el motivo de su sorpresa, ni de que Ron tradujera sus atropelladas palabras. Como todos pudieron comprobar, los detectores de la Walpurgis señalaban la presencia de una astronave desconocida que se acercaba con rapidez al carguero.

Fue entonces cuando Svletjerson se reveló como el curtido astronauta que era. Sin perder en ningún momento el control de sus nervios, muy al contrario que sus atemorizados pasajeros, los dos astronautas se dispusieron a verificar la identidad de la nave que, como pudieron comprobar, se dirigía en línea recta hacia ellos.

—¿Es una patrullera? —preguntó tímidamente Graziani.

—No lo creo —respondió Ron—. Nunca suelen internarse por aquí. En realidad, nadie viaja normalmente por esta región del espacio.

—Entonces, ¿son piratas? —la huella del miedo era patente en el lívido rostro de Andrés.

—Es lo más probable —masculló Ron sin mover un solo músculo de su rostro—. Pero no es habitual que se encuentren por aquí en busca de presas; más bien parecen haberse desviado de su ruta, quizá por una avería. Vamos a comprobarlo.

—¿Acaso vamos a acercarnos a esos asesinos? —se escandalizó Andrés—. Alejémonos de ellos ahora que todavía estamos a tiempo.

—Señor Huertas, le ruego que mida mejor sus palabras —recriminó Ron con acritud—. En primer lugar no sabemos de quien se trata, y por otro lado ya dije en una ocasión que las leyes del espacio son muy diferentes a las de la sofisticada Tierra. Los piratas no son ningunos asesinos, pero aunque lo fueran no lo serían más que esos flamantes patrulleros que dicen imponer la ley y el orden en el Sistema Solar. Esa nave puede estar averiada, y es nuestra obligación socorrerla sean quienes sean sus tripulantes.

Uniendo la acción a la palabra Ron conectó el teleobjetivo, convirtiéndose en una nítida imagen lo que hasta entonces fuera tan sólo un punto luminoso.

—¿Es...? —interrogó Graziani con nerviosismo, dando por entendida el resto de la pregunta.

—¡Vaya! Pero si es el viejo Hak —exclamó Ron como única respuesta—. No se alarmen; nada malo nos va a ocurrir, pero es preferible que mantengan la boca cerrada.

Conforme se fueron aproximando ambas naves pudo comprobar Graziani la certeza de la leyenda, nunca confirmada ni desmentida, según la cual Ron Svletjerson gozaba de inmunidad frente a los ataques de los normalmente feroces piratas, inmunidad causada según dichas fuentes por la existencia de una connivencia entre un Ron siempre oscilante entre la legalidad y el delito y todos aquellos proscritos. Porque efectivamente aquel Hak al que hiciera referencia el astronauta con tanta familiaridad debía de ser sin duda un capitán pirata, puesto que pirata era con seguridad la astronave que ahora navegaba a su lado, un antiguo carguero tanto o más viejo que la Walpurgis con el casco surcado por cicatrices de viejas escaramuzas y erizado de todo tipo de heterogéneas armas.

—Aquí la Walpurgis. ¿Me oís, Aquelarre? —sin dar más explicaciones a sus sorprendidos pasajeros Ron intentaba ahora establecer contacto por radio con la astronave pirata.

—¿Walpurgis? Aquí la Aquelarre —se oyó una voz en el receptor—. ¿Eres tú, Ron?

—Sí, soy yo, viejo Hak. ¡Maldita sea! ¿Qué es de tu duro pellejo?

—Todavía sigue entero, aunque algo más agujereado desde la última vez que nos vimos. Pero basta ya de conversación. ¿Preparados para el enlace?

—Preparados. Cuando vosotros queráis.

© José Carlos Canalda, (811 palabras) Créditos