Tal como sospechara Graziani la Walpurgis era un viejo y destartalado navío vestigio de la época heroica del espacio; como apuntara jocosamente Ron, el viejo cascarón estaba a tono con su capitán y propietario. También pudo descubrir el porqué de su extraño y al parecer popular apelativo: A ambos lados de la proa campeaba la sonriente figura de una bruja medieval cabalgando en su inevitable escoba. Encogiéndose de hombros Graziani penetró en el interior de la astronave sin poder evitar un repentino escalofrío.

—Tranquilo... Todavía funciona —saludó Ron adivinándole el pensamiento.

—Así lo espero —respondió Graziani no del todo convencido.

—¿Viene usted solo? —preguntó el astronauta cambiando bruscamente de tema—. ¿Y el cargamento?

—Todo está previsto; el cargamento lo recogeremos una vez que estemos en órbita. Tenemos nuestros motivos para considerar que Marte es un lugar poco seguro.

—Bien... Como quiera; son ustedes los que pagan —respondió Ron rascándose la coronilla en un gesto que quería pasar por indiferencia—. Venga conmigo; le enseñaré la astronave. Como es natural, aquí no hay ningún lujo; la Walpurgis es una nave de carga y no está pensada para transportar pasajeros.

Pisando los talones a su ahora locuaz interlocutor, Graziani se limitaba a asentir en silencio mientras recorría la totalidad de las dependencias del pequeño navío. Como bien hubiera dicho Ron, su diseño se ceñía a unos patrones estrictamente funcionales carentes por completo de lujos y aún de comodidades. Al llegar a la proa, única parte habitada de la nave ya que la zona central y la popa estaban reservadas a los motores y a las bodegas de carga, Ron efectuó el reparto de los dormitorios.

—Tan sólo hay dos camarotes con dos literas cada uno. Yang y yo ocuparemos uno, por lo que ustedes tendrán que instalarse en el otro.

—No se preocupe por nosotros —respondió Graziani—. Tan sólo seremos dos, y mi compañero no subirá a bordo hasta que no hayamos transbordado la mercancía.

—Bien, mejor así —gruñó Ron—. Por cierto; éste es Yang, mi compañero de navegación. No, no se moleste en saludarlo; sólo habla chino.

Cohibido ante el impresionante aspecto del gigantesco Yang, digno émulo de los antiguos héroes asiáticos, Graziani penetró en la angosta cabina de mando situada en el ápice de la astronave, no sin poder evitar un involuntario y desagradable roce con el coloso. Apenas un complicado tablero de mandos, una mesa rodeada de sillas, unos armarios... Se trataba realmente de una astronave antigua, de una auténtica pieza de museo.

—Como es fácil suponer, normalmente pasamos aquí la mayor parte del tiempo —comentaba el locuaz astronauta, ajeno por completo a la desolada expresión de Graziani—. Éste es nuestro comedor y nuestro salón; sólo lo abandonamos para dormir o para inspeccionar la astronave. Así que, acomódese lo mejor que pueda; dentro de unos minutos partiremos.

El despegue de la Walpurgis estuvo revestido de la monotonía que caracterizaba a una actividad que, como ocurría con la navegación espacial, estaba ya convertida en rutinaria. Tanto Ron como el inexpresivo Yang, sentados frente a los mandos, parecían ignorar al silencioso Graziani, absorto por completo en sus pensamientos mientras la Vieja Bruja avanzaba con celeridad por la órbita que le conduciría al encuentro con el carguero de la Hermandad.

Tras unas breves horas de viaje en las que la Walpurgis se situó a setenta grados sobre el plano de la eclíptica, otra precaución que extrañó a Ron puesto que todas las rutas interplanetarias se ceñían exclusivamente a la misma, los detectores localizaron una nave acercándose a gran velocidad hacia un punto situado a proa de la Vieja Bruja.

—Aquí están sus amigos.. —apuntó Ron—. Espero.

—Sí, son ellos —respondió Graziani tras lanzar una rápida mirada al panel de instrumentos—. Ahí está el Nueva Sión.

El resto fue sencillo. Una vez sincronizada la velocidad de ambas astronaves, el Nueva Sión lanzó un tubo de conexión que se adaptó a una de las esclusas de carga de la Walpurgis. Una vez transbordada por este camino una voluminosa caja que al parecer constituía el único flete, y una vez instalado en la Vieja Bruja un técnico encargado de la custodia de la misma, ambas astronaves se separaron siguiendo cada una de ellas su respectiva ruta. No sin muestras de disgusto, Ron se aprestó a encaminarse hacia el asteroide de los robots no siguiendo las rutas normales de navegación, sino dirigiéndose a él por el camino directo desde el lugar en que se encontraban, es decir, alcanzándolo por arriba. Este trayecto les llevaría cerca de una semana de tiempo terrestre, lo que contribuía aún más a acrecentar el malhumor que invadía a Ron. Prácticamente todos los astronautas solían mostrar una irresistible repugnancia a la navegación por lugares desconocidos, y la Walpurgis no sólo se encontraba fuera por completo de las rutas normales, sino que también navegaba por una región del espacio que era de hecho un verdadero desierto estelar.

© José Carlos Canalda, (813 palabras) Créditos