—¿Por qué? —preguntó Graziani sin poder disimular su repentina alarma—. No hay absolutamente nada ilegal en nuestra operación.

—Bien, yo no soy nadie para juzgar su conducta —le tranquilizó el anciano astronauta tras una larga pausa que aprovechó para dar buena cuenta de la ginebra—. El espacio tiene sus propias leyes, y muchas veces la justicia terrestre es incapaz de comprenderlas.

—¿Entonces...?

—Mi querido amigo, hay muchas cosas que sin ser ilegales pueden llegar a ser peligrosas; y usted sabe perfectamente a qué me refiero. Usted forma parte de esa famosa asociación que se dedica a comprar robots viejos para luego enviarlos al asteroide que han elegido como refugio. ¿Me equivoco? Ya veo que no; su cara me lo confirma.

—Pero nuestras actividades...

—Sí, ya lo sé; tan sólo están prohibidas en algunos países. Ustedes operan tan sólo en aquéllos que consideran legal o, que al menos no prohíben, su tráfico de robots. El espacio, además, está bajo la jurisdicción de las Naciones Unidas, y éstas amparan oficialmente sus acciones; pero algunos gobiernos tienen los brazos muy largos, y su influencia puede llegar mucho más allá de los límites de sus fronteras.

—Comprendo sus temores; pero por nuestra parte estamos dispuestos a correr ese riesgo... Y a pagar generosamente a quien lo comparta con nosotros.

—Son muy bellas sus palabras, pero se ajustan muy poco a la realidad. ¿Cree usted que alguien se interesaría por la suerte que pudiera correr la Walpurgis de ser atacada por los piratas fuera de las rutas comerciales? ¿Piensa acaso que se atreverían a acusar como instigadores a los agentes de cualquier potencia terrestre?

—Hemos hecho ya muchos viajes, y en ninguno de ellos hemos sufrido el menor percance.

—En mercantes propios y con escolta de unidades de la flota estelar. Sí, no se extrañe; su aventura es bastante conocida por estos pagos. Pero ahora me proponen que efectúe para ustedes un viaje poco menos que secreto, puesto que recurren a mí en lugar de utilizar sus propias naves; y supongo que sin escolta, ya que no parecen estar interesados en que nadie, ni siquiera las Naciones Unidas, tenga noticias de este viaje. ¿Me equivoco?

—En absoluto —reconoció Graziani con resignación— escuche, señor Svletjerson; no estoy autorizado para revelarle la naturaleza del cargamento que deseamos transportar, pero sí puedo corfirmarle que se trata de algo muy importante para nosotros. Algo por lo que estamos dispuestos a arrostrar cualquier adversidad que se nos presente.

—Son ustedes unos ilusos —respondió Ron—. Los asteroides son un nido de peligros, aún más si se enfrentan a ellos de la manera en que piensan hacerlo. Y aún más, son unos perfectos ingenuos. ¿Qué les hace pensar que pueden confiar en mí? ¿Acaso no temen que los delate?

—No, por dos razones; usted ha dicho que el espacio tiene sus propias leyes, y nos consta que una de ellas es el honor.

—Eso es cierto. ¿Pero cuál es la segunda razón?

—Nos subestima usted si cree que le hemos elegido sin conocerlo previamente; sabemos perfectamente que usted, sin estar en modo alguno al margen de la ley, tampoco se muestra demasiado partidario de confraternizar con ella. Conocemos además ciertos detalles de su vida que a los ojos de las autoridades resultarían algo... digamos turbio.

—¿Es un chantaje? —preguntó Ron sin inmutarse.

—En absoluto. Usted es totalmente libre de aceptar nuestra oferta o bien de rehusarla. No le coaccionaremos en absoluto para obligarle a hacerlo, ni tampoco lo utilizaremos como represalia si usted se niega a secundar nuestros planes. Se trata tan sólo de una simple medida de seguridad; usted conoce nuestros trapos sucios y nosotros lo suyos... Así de fácil —concluyó Graziani esgrimiendo la mejor de sus sonrisas.

—Me gustan los hombres francos —exclamó Ron al cabo de una larga pausa, al parecer necesaria para poder asimilar las palabras de Graziani—. Muchacho, usted sería un buen astronauta. Sí, acepto. ¿Cuándo zarpamos?

© José Carlos Canalda, (651 palabras) Créditos