—Ya está hecho —se lamentó Alberto Graziani desconectando el televisor—. Como siempre, en vez de afrontar el problema han recurrido a la fuerza bruta.
—¿Y qué querías que hicieran? —respondió Arthur a su amigo—. Estaban ante un callejón sin salida y el gobierno no ha tenido más remedio que ceder ante las presiones de la industria; era la propia economía de la nación la que estaba en juego.
—A veces me sorprendes, Arthur. Si no te hubiera visto oponerte con todas tus fuerzas a la publicación de la ley, creería que eres un ferviente adversario de la emancipación de los robots. Me desconciertas.
—También me desconcertaste tú a mí en su día —respondió risueño el abogado—. Sin embargo, ahora tu postura está clara: abandonaste la comisión y te convertiste en defensor de la causa de los robots.
—Rectificar es de sabios, y yo lo descubrí a tiempo. ¿Acaso te está ocurriendo algo parecido?
—¡Oh, no! Ya te dije en otra ocasión que este asunto no me creaba el menor remordimiento de conciencia. Para mí los robots son unos simples artefactos, y pienso que como tales hay que tratarlos.
—Pero tú criticaste la ley...
—Y lo sigo haciendo, porque la encuentro ilógica. Ten en cuenta que están incurriendo en el mismo error tanto los que defienden a los robots como los que se oponen visceralmente a sus actividades; en el fondo ambos grupos dan una importancia al problema que para mí es excesiva. Nadie en su sano juicio intentaría prohibir a los gatos que cazaran ratones, y aunque exagerado ése es para mí el problema que se ha creado con la nueva ley. Hasta ahora no había ninguna normativa que regulara las actividades de los robots porque nunca había hecho falta. Los robots comenzaron a aprovecharse de ese vacío legal y ¿qué ocurrió? Que cundió el pánico y el gobierno comenzó a matar mosquitos a cañonazos.
—Pero esto es una señal de que el movimiento robótico estaba comenzando a cobrar importancia —apuntó Graziani—. En el fondo, no es sino el reconocimiento de que los robots tenían razón.
—No seas ingenuo. Lo único que demuestra es que la sociedad, y con ella el gobierno, se han dejado llevar por el pánico; y esto nunca es bueno.
—Pero el movimiento de integración robótica está decapitado en todas sus vertientes religiosas —replicó con rabia Graziani—. Independientemente del método empleado, los antirrobóticos estaréis satisfechos.
—Te equivocas en dos cosas. Primero, yo no soy antirrobótico aunque tampoco esté a favor suyo. Y segundo, parece mentira que un psicólogo como tú no prevea las consecuencias de esta represión indiscriminada. Los mártires siempre han sido la semilla de las revoluciones, y esto es algo que se sabe desde hace miles de años.
—Puede que tengas razón —reconoció dubitativo Graziani—. Lo cierto es que la sociedad actual está en efervescencia, pero no encuentro ninguna razón por la cual esto tenga que ser necesariamente negativo; al contrario, pienso que se trata de un magnífico signo de vitalidad.
—Mira, Alberto —respondió Arthur conduciendo a su amigo frente a la amplia ventana—. Mira esos transeúntes. Parecen pacíficos ciudadanos y seguramente lo serán en su mayor parte; pero bastaría con que se les estimulara adecuadamente para que se transfiguraran en el animal que todos nosotros llevamos dentro. Están en un error aquellos que subestiman el poder de arrastre del subconsciente colectivo; nuestros instintos son aún lo suficientemente poderosos como para hacernos perder en cualquier momento el control sobre nosotros mismos, ya que están dormidos pero no muertos. Y lo más peligroso, es que pueden aflorar en cualquier momento.
—Sigo pensando que te contradices. Primero quitas importancia a las actividades religiosas de los robots, y luego intentas convencerme de que la situación es muy peligrosa.
—No existe ninguna contradicción en lo que yo digo; lo único que pretendo explicarte es que la situación social de nuestro país es ahora poco menos que explosiva, por lo que la introducción de algún nuevo factor de desestabilización puede dar al traste con el débil equilibrio de que ahora disponemos. Nos encontramos frente a un hecho incontrovertible: Los robots pretenden integrarse en nuestra sociedad reclamando sus derechos como seres racionales. ¿Y qué hacemos? En lugar de asimilarlos, en lugar de neutralizarlos, nos dedicamos a perseguirlos como si de alimañas se tratara poniendo en evidencia nuestro reconocimiento implícito de su importancia y de nuestro temor hacia ellos.
—Sigo pensando, Arthur, que dramatizas demasiado la situación. Hay muchas personas que están a favor de los robots, y su opinión también tendrá que ser tenida en cuenta.
—He aquí el problema: La nueva ley va a conseguir únicamente enfrentar a los partidarios y a los detractores de los robots, y aunque los verdaderos afectados sean unos convidados de piedra en la polémica, los propios humanos van a ser los encargados de sacarse los ojos los unos a los otros. Tú no eres consciente de ello porque estás metido hasta el cuello en el problema, pero yo que mantengo una postura neutral puedo ver con perspectiva el futuro del enfrentamiento; porque lo habrá, de eso estoy completamente seguro.
—Y ganaremos.
—¿Ves cómo tengo razón? El enfrentamiento es el primer paso hacia la discusión, y de aquí a las hostilidades abiertas no hay más que un pequeño salto. No es nada difícil manejar a las masas, y éste ha sido un campo muy poco explotado aún; el día que alguien sea capaz de crear un estado de histeria colectiva, el mundo habrá encontrado por vez primera en su historia a su dueño.
—No exageres. La cuestión se limita tan sólo a un problema religioso.
—Yo que tú no estaría tan seguro. La religión es un fenómeno muy complejo, pero tan sólo es la sublimación de todo el cúmulo de inquietudes y ansiedades que conforman la mentalidad humana. Detrás de un fenómeno religioso siempre hay un fenómeno social, y el problema planteado por los robots va mucho más allá de sus reivindicaciones espirituales aunque quizá ni ellos mismos lo sepan. Hasta ahora la inmensa mayoría de las iglesias se han opuesto con todas sus fuerzas a la integración de los robots, cosa totalmente lógica si tenemos en cuenta su condición de instituciones esencialmente conservadoras. Pero el problema va mucho más allá y hunde sus raíces en cuestiones sociales mucho más trascendentales. Esto lo sabía el gobierno desde el principio, pero su reacción actual me hace suponer que ha perdido por completo el control de la situación.
—Al fin y al cabo, eso era precisamente lo que querían las iglesias y las multinacionales —replicó con rabia Graziani—. No estaría nada mal que sus medidas se volvieran contra ellos mismos.
—Sí, pero esto podría suponer un grave perjuicio para el conjunto de la sociedad, y entonces saldríamos perjudicados todos nosotros. Recuérdalo: todos.