—¿Escuchaste anoche a Thomas Miller en la televisión? —preguntó Graziani entre trago y trago.

—Sí, claro. ¿Cómo no iba a hacerlo? Estamos embarcados en la misma nave —respondió distraídamente Arthur.

—¿Y qué te pareció?

—Para mi gusto consiguió lo que se proponía; no obstante, encontré la entrevista demasiado artificial. Se veía a todas luces que había sido preparada.

—¿Cómo no lo iba a estar, si la emisora es propiedad de la American Robots? —se sorprendió Graziani—. Por otra parte has de tener en cuenta que lo notaste tú y lo notaría todo aquél lo suficientemente perspicaz como para percatarse de ello. Pero el programa no iba dirigido a ti, sino a aquellos pobres infelices que se habían alarmado innecesariamente con este asunto de los robots.

—Infelices, sí, pero compradores potenciales de robots —masculló Arthur—. Por cierto, no te encuentro muy satisfecho por lo ocurrido; parece incluso como si lo lamentaras.

—Puede que tengas razón; a decir verdad, desde que comenzamos a trabajar en este desagradable asunto cada día que pasa me resulta más difícil asimilarlo.

—¿Por qué no rehusaste? Eso hubiera sido mucho mejor que incumplir tus compromisos.

—Sí, tienes razón; pero cuando acepté este trabajo pensaba que se trataría de una simple campaña de prensa, de una propaganda elaborada tan sólo para aumentar las ventas de la compañía. Sin embargo, ahora no puedo evitar el temor de pensar si no tendrán razón aquéllos que defienden a los robots...

—¿En qué te basas para afirmarlo?

—Como sabrás soy descendiente de italianos y, por lo tanto, católico.

—¿Y qué tiene eso que ver? la Iglesia Católica ha rechazado categóricamente la incorporación de los robots a su comunidad.

—Oficialmente sí; pero existe una corriente en su seno a favor de la integración, y es mucho más fuerte de lo que puedas llegar a imaginar, amén de que sus partidarios aumentan por momentos.

—¿Acaso tú formas parte de ella?

—No, al menos por el momento. Pero no lo descarto; tengo muchas dudas, quizá demasiadas.

—Comprendo tus escrúpulos, y créeme que no los envidio.

—¿Acaso a ti te ocurre lo mismo? —se sorprendió Graziani.

—Afortunadamente no —respondió Arthur con un mal disimulado gesto de alivio—. Ten en cuenta que mi situación es muy distinta de la tuya; yo no tenía que justificar nada, sino que me limité a efectuar un estudio comparado de las diferentes legislaciones existentes sobre este tema en los principales países. No tuve, pues, que bucear en las consecuencias éticas y morales del problema.

—No es una postura muy consecuente la tuya; —rezongó Graziani abandonando definitivamente el vaso— te limitaste a imitar la táctica del avestruz.

—Puede que no te falte razón —admitió Arthur—. Pero me pregunto si merece la pena marchar contracorriente.

—Contracorriente ahora, Arthur; sólo ahora.

© José Carlos Canalda, (457 palabras) Créditos