—Entonces, mister Miller, ¿hemos de aceptar la naturaleza puramente material de los cerebros de los robots?

—Así es; a decir verdad, toda polémica sobre este tema resulta totalmente ociosa. Bajo un punto de vista cibernético la cuestión está perfectamente clara: No podemos considerar en modo alguno que los circuitos electrónicos que componen el, llamémosle sistema nervioso de estos artefactos, puedan funcionar de forma similar a la de las neuronas de nuestro sistema nervioso; éstos se limitan a comportarse de acuerdo con una serie de reacciones reflejas que les fueron implantadas cuando los fabricaron, eso es todo.

—¿Podemos deducir, pues, que los robots carecen por completo de inteligencia? —insistió el locutor.

—Antes habría que definir lo que es la inteligencia; no cabe la menor duda de que cualquier animal superior la posee en cierto grado desde el mismo momento en que se enfrenta con éxito a las distintas situaciones en las que se ve involucrado. ¿Acaso usted no ha alabado nunca la inteligencia de un perro o de un gato? Y sin embargo, no se le habrá ocurrido cuestionar la falta de raciocinio del mismo. La diferencia entre los hombres y los animales no estriba en la posesión o no de inteligencia, sino más bien en el uso que éstos hacen de la misma. El cerebro animal reacciona frente a los estímulos externos y esto es ya un acto de inteligencia, pero lo hace guiado por unas pautas de conducta, los instintos, que le han sido implantadas desde el mismo momento de su concepción. Sin embargo, no es capaz de coordinar sus experiencias más allá de ciertos límites, no pudiendo por lo tanto obtener información elaborada por su propia mente, es decir, razonada —hizo una pausa y prosiguió—. Dicho con otras palabras, un animal puede ser capaz de pensar con cierto grado de inteligencia, esto es evidente, pero nunca razonará. Éste es el caso de los robots que, como dije anteriormente, se comportan de acuerdo con las pautas que les han sido implantadas en el momento de su fabricación, reaccionando siempre según les dictan estos instintos artificiales sin que exista la menor posibilidad de que ninguno de ellos se desvíe siquiera un ápice de la senda que le ha sido previamente trazada por sus constructores.

—¿Se puede afirmar entonces que los robots no tienen alma?

—No creo que sea yo la persona más adecuada para responder a su pregunta; tenga en cuenta que soy un ingeniero, no un teólogo. Ahora bien, si admitimos que todos los hombres poseen alma, y que esta condición está irrevocablemente unida a la naturaleza racional de la especie humana, la conclusión no puede ser más obvia: Un ser que no sea racional carecerá de ella, y acabamos de dejar patente que un robot es incapaz por completo de razonar. Creo que con esto queda suficientemente contestada su pregunta.

—Señores espectadores, —concluyó el locutor— ésta ha sido la entrevista que nos ha concedido gentilmente mister Thomas Miller, ingeniero jefe de la American Robots. Lamentablemente no nos ha sido posible contar con la presencia de algún representante de cualquiera de las principales confesiones religiosas directamente afectadas por esta apasionada polémica que tanto interés ha provocado en nuestro país; no obstante, y como todos ustedes han podido comprobar, resultan de todo punto infundados todos los rumores que últimamente han surgido en torno a este tema. Esto es todo por hoy; les dejamos ahora en compañía de nuestro patrocinador, que les comunicará un interesante mensaje.

—¿Lo oyes, Agnes? —gritó el esposo desconectando el televisor—. ¡Tú y tus estúpidas manías! ¡Tan sólo están consiguiendo acostumbrar mal a Saúl!

—¡Tú, Saúl, ven aquí! —vociferó de nuevo tras ingerir un generoso trago de ginebra—. ¿Has oído al ingeniero?

—Necesariamente, señor —respondió el impasible robot con aquella característica flema que tanto irritaba a su dueño—. El volumen del televisor estaba al máximo.

—Entonces metete esto en tu dura cabezota: Te prohíbo terminantemente que sigas adelante con esas tonterías religiosas. ¿Está claro?

—Señor, me permito recordarle que sus órdenes y las de la señora tienen para mí el mismo grado de prioridad, y la señora me autorizó a asistir a los cursos religiosos. Le ruego que no me origine un conflicto de obediencia.

—¡Agnes! —aulló el marido—. ¡Quiero que digas a este energúmeno que no puede asistir a ninguna ceremonia religiosa! ¡Que no quiero que vuelva a hacerlo!

—¡Ya estás borracho otra vez! —respondió ella, también a voz en cuello—. Saúl es mío, y hará lo que yo le ordene. ¿Te enteras, Fred?

—¿Cómo que es tuyo? Aquí mando yo, y se hará lo que yo diga.

—¡Bah! Eres un borracho indecente, y tú lo sabes. Saúl se quedará aquí, o nos iremos los dos. Puedes elegir.

—Mujeres.. —farfulló Fred apurando la ginebra y hundiendo la vista en el periódico deportivo que previamente había desplegado ante sus ojos.

© José Carlos Canalda, (803 palabras) Créditos