—¿Así que usted es la dueña legal del robot Paco?
—En efecto, monseñor. Lo compré hace ya muchos años y siempre me ha servido fielmente. Me recordaba a un viejo sirviente de origen español que tuvieron mis padres a su servicio cuando yo era una niña, y por eso le bauticé con este nombre —Miss Diana hizo una pausa y suspiró—. ¡Pobre Paco! Murió cuando yo tenía doce años. Fue una gran pérdida para mis padres, que no quisieron volver a contratar a ningún otro mayordomo. Claro está que fue entonces cuando comenzaron a aparecer los primeros robots sirvientes.
Sintiendo en su interior el gusanillo de la curiosidad el obispo se preguntó cuanto tiempo debía de haber transcurrido desde que ocurriera el óbito. Miss Diana Woodman era una mujer de edad mediana vestida con unas prendas demasiado extravagantes para su edad, y no costaba demasiado trabajo catalogarla como lo que en realidad era: Una solterona algo excéntrica obsesionada tan sólo por el inexorable avance del calendario.
—El padre O´Hara me informó que usted había emancipado al robot, y eso no es legal.
—Legalmente el robot me pertenece, y no hay nada irregular en mi contrato. Pero personalmente yo puedo tratarlo como mejor crea conveniente, y así lo hago.
—Está bien, prescindamos de tecnicismos. ¿Por qué lo hizo? No es muy frecuente una iniciativa como la suya.
—Monseñor, estoy convencida de que Paco es un ser racional, de que piensa y se comporta como un auténtico ser humano. ¿No cree usted que es ir contra la religión el esclavizar a un ser que piensa y tiene sentimientos como usted y como yo?
—Aun así, miss Diana, sospecho que usted se excedió al incitar a Paco a solicitar el bautismo. Porque usted lo hizo, ¿no es así?
—¡Oh, no! Monseñor, le aseguro que ésta ha sido una decisión que Paco ha tomado por su propia iniciativa. ¿No es maravilloso? Yo tan sólo le proporcioné los medios para que pudiera satisfacer sus inquietudes religiosas.
—Supongo que será consciente de que me ha puesto en un grave compromiso.
—¿Por qué? —se extrañó la mujer—. Yo lo encuentro justo.
—Miss Diana, la Iglesia es una institución seria; tiene que serlo cuando ha conservado sus tradiciones durante más de dos mil años. Lo que pretende Paco, y lo que pretende también usted, —recalcó el obispo— significaría una revolución que podría acarrear una desestabilización de impredecibles y a buen seguro indeseables consecuencias, y esto no podemos en modo alguno consentirlo; nada menos que el prestigio y el futuro de la Iglesia están en juego, y éstos son sagrados.
—¡Pero no puede dar de lado al problema! —exclamó Miss Diana—. Eso es una cobardía, y no contribuiría precisamente a solucionar lo que usted llama un problema.
—¿Por qué no? ¿Quién va a hacer el menor caso a un robot paranoico?
—Es que no se trata de un caso aislado —respondió con suavidad Miss Diana—. Monseñor, le creía mejor informado.
—¿Qué quiere decir con eso?
—Monseñor, los robots no se están quietos. Carecen de motivaciones materiales a excepción de las relativas a su propia supervivencia, pero muestran un inusitado interés por la totalidad de las manifestaciones culturales de nuestra sociedad—. Aman la música y las bellas artes, y discuten entre ellos sobre las distintas corrientes filosóficas. No es extraño que fijaran su atención en la religión.
—Pero yo no sé de ningún robot que haya sido bautizado, y en este punto sí puedo opinar con pleno conocimiento de causa.
—Cierto, monseñor, pero no olvide que la religión no se limita únicamente a la Iglesia Católica. Existen actualmente asociaciones religiosas integradas exclusivamente por robots que no están adscritas a ninguna religión o secta, aunque desean estarlo. Y lo que es más importante, creen en Dios con una fe mucho más sólida y sincera que la de cualquier católico practicante. Según he oído, algunas sectas poco importantes han comenzado a admitir en sus filas a los robots.
—Eso es grave —musitó el obispo.
—¿Grave? Yo diría que es maravilloso. La Iglesia tiene ante sí una ocasión verdaderamente histórica. Sería un grave error ignorarla y dejar que otros se aprovecharan de ella.
—Miss Diana, vuelvo a repetirle que carezco de la suficiente autoridad para llevar adelante este asunto; no obstante, ordenaré que se efectúe en mi diócesis una investigación, y le aseguro que informaré de los resultados de ésta al Santo Padre. Otra cosa no puedo hacer.
—Gracias, monseñor. Sabía que usted lo haría —Respondió radiante miss Diana al tiempo que besaba la mano que le extendía el obispo.