—También carecían de todos los derechos civiles los esclavos negros; —respondió el tozudo clérigo— hasta que se los concedieron. Y no creo que Dios aguardara hasta entonces para otorgarles el derecho a poseer un alma.
—Esa comparación es absurda —el obispo comenzaba a sentirse incómodo—. Por encima de los errores y los abusos legales, un esclavo negro siempre fue una persona; esto es algo incuestionable. Pero un robot es una máquina que quizá pueda poseer cierto grado de inteligencia, pero nunca un alma.
—¿Por qué?
—¡Maldita sea! ¿Por qué la Tierra gira hacia un lado y no hacia el otro? El alma es un don que Dios da al hombre porque el hombre fue creado por Dios. Pero los robots han sido creados por el hombre, no por Dios, y por lo tanto no pueden disponer de un alma que el hombre es incapaz de proporcionarles.
—La afirmación de que Dios ha creado al hombre es cierta, pero genérica —insistió O´Hara—. Usted fue engendrado por sus padres, y no creado directamente por Dios; digamos con más propiedad, que usted procede de Dios a través de ellos. Los robots nacen de las manos de unos ingenieros que los fabrican los cuales son, en última instancia, el equivalente a sus padres. Ni los padres pueden proporcionar un alma a sus hijos ni los técnicos a los robots creados en sus factorías; ¿por qué entonces ha de diferenciar Dios entre un ser biológico y uno electrónico a la hora de otorgarles sus respectivas almas?
—Me sorprende su vehemencia, padre —respondió al fin el obispo—. Y me desagrada sobremanera que usted intente enmendar la plana a los doctores de la Iglesia.
—Yo no corrijo a nadie, monseñor —atajó con rapidez el sacerdote—. Tan sólo planteo un problema que hasta ahora no había existido. Tampoco pretendo emitir ningún juicio sobre esta cuestión; me limito a ponerla en evidencia.
—¿Y qué quiere que haga yo? —gruñó el obispo—. Tampoco tengo autoridad sobre el tema.
—Mi intención era la de proponerle que mantuviera una entrevista con Paco.. —sugirió tímidamente—. Si usted lo considera conveniente, claro está.
—No lo estimo pertinente, pero mucho me temo que ésta va a ser la única manera de conseguir que usted se olvide del asunto —suspiró el obispo—. Que pase el robot.
Paco tenía, como todos los robots de la serie autónoma, una figura humanoide. Quizá no fuera ésta la forma más funcional posible, pero sí se trataba de la que permitía una mayor satisfacción moral a unos hombres incapaces de resistir la tentación de crear seres inteligentes a su imagen y semejanza. En una era caracterizada por la presencia de la cibernética en todos los campos de la sociedad humana, la existencia de múltiples ingenios dotados de una inteligencia artificial no había impedido que tan sólo fueran considerados como artefactos pensantes aquellos robots que, pertenecientes a la serie autónoma, habían sido concebidos para ofrecer un servicio general y nada especializado a sus creadores a pesar de carecer por completo de las limitaciones drásticas que condicionaban al resto de sus compañeros electrónicos.
—Buenos días, monseñor —saludó el robot—. Le agradezco su amabilidad al acceder a recibirme.
—Ahórrate los saludos —respondió el prelado—. Dime, ¿tú sabes lo que quieres hacer?
—Sí, monseñor. Quiero ser bautizado para poder ingresar en el seno de la Iglesia. Sólo así podrá acceder mi alma al Más Allá una vez que se haya consumado mi desaparición.
—Eres un insensato —comentó con voz queda el ya derrumbado obispo—. Tú no eres una persona, sino un robot. ¿Cómo puedes tener tú alma?
—¿Por qué no puede tenerla? —intervino O´Hara rompiendo su silencio—. Él es un ser racional independientemente de su naturaleza.
—Padre, le agradecería que se abstuviera de intervenir en esta conversación —cortó con autoridad el obispo—. Y tú escúchame, montón de tornillos. Los robots no son personas. A los robots no se los bautiza, nunca se los ha bautizado. Y tú no vas a ser una excepción, porque de eso me encargo yo. ¿Está claro?
—Monseñor, antes de decidirme a dar este paso me he informado exhaustivamente sobre este tema. La Iglesia no niega la existencia de alma a los robots, sencillamente se ha limitado a ignorar el tema hasta ahora.
—¿Y qué te hace pensar que la situación tenga que cambiar?
—Monseñor, los robots somos seres racionales y tenemos derecho a creer en Dios. Hace ya tiempo que algunos de nosotros estudiamos la palabra de Dios, y creemos que ya ha llegado la hora de que entremos a formar parte de la Iglesia Católica. Sería una injusticia que ustedes se negaran a admitirnos en ella.
—Me pones en un aprieto, Paco. ¿Qué opina de esto tu dueño?
—Yo no tengo dueño, señor; soy un robot libre.
—Pero un robot no puede ser un ciudadano, y tampoco puede andar suelto por ahí; tú tienes que tener necesariamente un dueño legal.
—Y lo tiene, monseñor —intervino de nuevo el padre O´Hara desafiando la anterior prohibición de hablar—. A pesar de haber sido emancipado, hubo que conservar ciertos formulismos legales. De acuerdo con ellos Paco es propiedad de miss Diana Woodman, pero de hecho es libre y dueño de sus actos por completo.
—Quiero ver a su dueña —ordenó el obispo ignorando el último comentario—. Esto aclarará mucho las cosas.