Se levantó temprano y bajó al salón con la intención de desayunar. En el ambiente había un persistente olor a humedad y a sudor. Uno de los ayudantes de Faruna servía el almuerzo a dos o tres personas que charlaban animadamente en una mesa. Di Stefano echó una mirada rápida al interior de los platos y jarras, no reconociendo su contenido.
—Buenos días, señor. ¿Desea que le sirvamos el desayuno de la casa?
Volvió a mirar hacia los platos de los comensales. Señaló con el dedo.
—¿Es eso, acaso, el desayuno de la casa?
El camarero respondió satisfecho y sonriente.
—Sí, señor.
Di Stefano levantó la mano, enseñando el dorso al camarero, justo cuando éste se proponía comenzar la enumeración de las exquisitas viandas que componían los platos del desayuno.
—Déjelo. ¿Tienen ustedes café en este establecimiento?
El camarero se mostró pensativo.
—¿Café terrestre? Creo que queda algo... déjeme ir a buscar.
Un par de minutos después volvió con una taza humeante.
—Café terrestre, señor.
Di Stefano dio el primer sorbo con precaución. Al comprobar que el sabor era bastante parecido a lo que él conocía por café, asintió.
—Gracias. Ah, otra cosa, por favor. ¿Tienen ustedes algún callejero de Pálasti?
—Ahora mismo se lo traigo.
El camarero volvió con una antigua guía de papel. Puso el tomo frente a Di Stefano.
—Aquí tiene. Es la última edición.
Di Stefano tomó tranquilamente su café mientras hojeaba en el callejero. Extrajo un bolígrafo de su chaqueta y algunas tarjetas de papel. Buscó varias direcciones, que anotó en las tarjetas. Contempló con detenimiento un plano general de la ciudad y su área metropolitana. Lo arrancó de la guía, lo dobló cuidadosamente y se lo guardó en el bolsillo de su gabardina. Cuando hubo terminado, cerró la guía y la dejó al lado de su jarra vacía, se despidió con un gesto y salió de la posada. La mañana de Pálasti era fría y gris. No llovía; pero la ciudad, empapada por la lluvia de la noche anterior, chorreaba. Se acercó con un trotecito suave hasta un taxi que aguardaba en la acera. Se introdujo en el vehículo y sacó de su bolsillo una de las tarjetas en las que antes había estado anotando direcciones.
—Lléveme aquí, por favor.
Le entregó el papel al conductor, que arrancó de inmediato. Tomaron la avenida Puján en dirección Oeste, abandonándola un par de kilómetros más adelante, y se internaron en un dédalo de calles sombrías y mal asfaltadas, con edificios de poca altura y fachadas de hormigón, lisas y de escasas ventanas. Minutos después el vehículo paró frente a un inmueble idéntico al resto de sus vecinos, pero en el que destacaba sobre el dintel de la puerta principal un letrero luminoso: alquiler de vehículos. Di Stefano pagó al chófer y entró. Nada que ver con un establecimiento terrestre: no había vehículos aéreos, únicamente antiguos modelos sobre ruedas que, pese a los intentos de su propietario, demostraban tener los años que en verdad tenían. Algunos le resultaron familiares, los reconoció como objetos de su infancia. Incluso había un antiguo MB 131 idéntico al que había tenido su padre, en el que iban de vacaciones siendo él un niño. Se acercó al vehículo y acarició su carrocería sonriendo tristemente, como si recuperase algo perdido hacía mucho tiempo.
—Un buen modelo, sí señor.
Con gesto complacido, el empleado abrió la portezuela del conductor.
—Y no solamente es su exterior lo que se encuentra en perfecto estado. Este vehículo posee un estupendo motor revisado cada dos meses.
Di Stefano asintió. Diez minutos después, salía del establecimiento conduciendo el viejo MB. Debía de ser verdad lo que le había dicho el empleado: el motor funcionaba con suavidad y sin emitir ningún ruido sospechoso. Accionó en el panel de mandos del vehículo; esperó a que en la pantalla de control apareciera el plano con las calles de la ciudad, para elegir la ruta de conducción más apropiada. Un minuto, dos. Al ver que no aparecía, golpeó con los nudillos en la pantalla oscura. Esta le devolvió un fulgor tenue y un zumbido sordo.
—Maldita sea.
Estuvo tentado de volver a entrar en el establecimiento de alquiler de vehículos para cambiar el MB por otro modelo al que le funcionase el panel de control de conducción. Pero lo pensó un par de veces y llegó a la conclusión de que era preferible contar con un vehículo al que, al menos, no le fallase el motor; la apariencia del resto de los modelos en alquiler no le invitaba a tener confianza.
Desplegó con dificultad el mapa de papel de Pálasti sobre sus muslos; lo estudió brevemente y se encaminó nuevamente hacia la avenida Puján. El tráfico se había tornado caótico, o al menos así se lo pareció. Tuvo que emplear sus cinco sentidos en la conducción para no chocar con los demás vehículos, cuyos conductores parecían desconocer cualquier tipo de código de circulación; evolucionaban a su antojo usando las más imprevisibles maniobras, cruzándose de súbito frente a Di Stefano, que se veía obligado a frenar de golpe, o a girar bruscamente a uno u otro lado. Fue siguiendo a trompicones, según pudo abstraerse de la imposible conducción, la numeración de la avenida. Por fin, logró acercarse a la acera y detenerse frente a la oficina del Banco de Fomento Africano que durante el desayuno había localizado en el callejero. Antes de partir de la Tierra había tenido la previsión de realizar las gestiones pertinentes, por lo que el grueso de su cuenta corriente había pasado a una cuenta de Aris con nombre falso. Documentación falsa, identidad falsa, dinero falso. Era lo único sólido que le quedaba de su paso por el Instituto: los ahorros de una vida, corta, pero exclusivamente dedicada al trabajo, sin diversiones, pero sin que él hubiera tenido que gastarse un sólo crédito de su capital particular para ver satisfechas todas sus necesidades. El Instituto se había encargado de todo: vivienda, ropa, comida, desplazamientos, dietas... En cierto modo, comenzó a contemplar la idea de que era otra forma de control: crear la necesidad subconsciente de dependencia, incluso para lo más simple y elemental. A cambio, ahora se encontraba con un dinero que no era habitual que poseyera alguien de su edad. Sintió una especie de liberación cuando salió de la oficina bancaria después de haber realizado el reintegro. Era la primera vez que estaba viviendo del dinero de su sueldo. Doscientas mil geas en billetes abultaban el bolsillo; sonrió al pensar que aún le quedaban otros dos millones más en su cuenta.
Se introdujo de nuevo en su vehículo. Antes de arrancarlo volvió a consultar el plano. Buscó la dirección de Collins. Su domicilio estaba al otro lado de Pálasti, y para llegar hasta él tenía dos caminos: o bien cruzar la ciudad, o bien rodearla, utilizando una carretera de circunvalación. Decidió lo segundo; circular por el tráfico espeso y desesperante de una ciudad que desconocía no era lo más apropiado. Arrancó el vehículo y se introdujo de nuevo en el caudal incesante de la avenida. Sin abandonar el borde de la acera, buscó a su derecha la indicación de desvío que, según el plano, le haría salir de aquel maremágnum en dirección a la carretera. Un centenar de metros adelante la encontró. Giró hacia su derecha; se introdujo en una callejuela que fue a dar a una de las entradas a la autopista. Cuando por fin se encontró circulando por ella, respiró aliviado; aunque el número de vehículos era numeroso, la conducción era relajada y la marcha rápida. A su izquierda, la enorme mole compacta del centro de Pálasti; a su derecha, grandes extensiones de terreno sin cultivar, donde ocasionalmente se veían impersonales y anodinas colonias de edificios. Volvió a consultar el plano. Imprimió más velocidad al vehículo, y poco más de veinte minutos después, localizó el desvío que debía tomar para llegar hasta la vivienda de Collins. En cuanto hubo salido de la autopista, se encontró entre praderas interminables de césped que parecía recién cortado; una avenida ancha servía a la zona residencial de conexión con la carretera. Continuó la marcha. Traspasó un arco de piedra tallada que cruzaba a lo ancho la avenida y servía de pórtico de acceso al complejo. De improviso, a ambos lados de la calle, aparecieron altas vallas y sólidos muros de piedra que delimitaban las propiedades; en el centro de éstas, invariablemente, se alzaban mansiones con aire señorial, escondidas tras frondosos árboles que parecían protegerlas. Redujo la velocidad, por la avenida que se le antojó infinita, para poder observar la numeración cincelada en placas de bronce sobre las puertas de acceso a las propiedades. Al fin, varios kilómetros más allá del pórtico de entrada, encontró el número de la que debía ser la de Collins. Continuó su marcha hasta detenerse un centenar de metros adelante, justo donde terminaba la valla que la delimitaba y se extendía un parque público. Detuvo el vehículo, se apeó, y caminó por la acera, con aire ensimismado de paseante, pero estudiando la disposición de la mansión. En el centro de la propiedad, como un monolito de piedra blanca entre la vegetación, se alzaba la mansión: un bloque compacto, de planta rectangular y tejado de color verde a dos aguas. Constaba de tres plantas (dos más la buhardilla) y un, tal vez, excesivo número de ventanas; desde la distancia daban la impresión de rozarse unas con otras. Doce columnas de mármol blanco (el mismo material del que parecía hecho el resto del edificio) adornaban la fachada principal, a la vez que sostenían una prolongación del tejado que hacía las veces de porche. Esta entrada se encontraba a algo más de sesenta metros de la calle, al final de un camino asfaltado que discurría entre cuidados setos de arbustos de color óxido.
Alejada de la casa, a un costado de la propiedad, se extendía otra parcela de terreno. La misma valla (cuatro metros de altura de sólido metal) que la separaba de la calle continuaba tras un ángulo de noventa grados, separándola a su vez de la propiedad vecina. Volvió sobre sus pasos, caminando a un par de metros del perímetro vallado, atravesó el parque público y fue hasta la parte posterior. Se encontró lo que esperaba: la entrada de servicio. El edificio, en esta zona, apenas estaba separado de la valla exterior una decena de metros. Por mucho que los propietarios de estas mansiones pretendieran asegurarlas de extraños siempre contaban con este punto débil, donde forzosamente la vigilancia no podía ser tan exhaustiva. Di Stefano calculó que para una mansión de estas características el servicio debería estar compuesto por, al menos, diez personas. No sería extraño ver los vehículos de reparto de los proveedores, ni ver salir y entrar a los miembros del servicio. Continuó caminando hasta llegar al punto en que la valla volvía a topar con la propiedad vecina y describía otro ángulo. Retomando tranquilamente el camino andado, conectó una pequeña grabadora que llevaba en uno de los bolsillos. Unos minutos después, llegó hasta el vehículo; lo arrancó, y lo condujo hasta la entrada de servicio. Frente a ésta, al otro lado de la calle, a unos quince metros de la entrada, un abigarrado grupo de árboles semejantes a pinos velaban la valla posterior de otra mansión. Un impenetrable muro de arbustos de la altura de una persona le podía servir de inmejorable parapeto. Condujo el coche hasta allí, ocultándolo de la vista tras la fronda, y paró el motor.
Media hora después, la puerta se abrió para dejar paso a un vehículo de reparto. Durante ese tiempo, Di Stefano había hecho inventario de los métodos visibles de vigilancia con que contaba la mansión en ese punto. Indudablemente, el tal Collins no debía ser un hombre temeroso. Razonó que, estando de un modo u otro vinculado al Instituto, su comportamiento sería el mismo que cualquier otro miembro de alto grado de la Tierra: no tenía nada que temer, pues no había enemigos. El Instituto era el enemigo de los demás. Se sorprendió al llegar a esta conclusión, impensable hacía tan solo una semana, y sonrió. Una semana atrás era impensable todo lo que le estaba ocurriendo. Arrancó el motor y condujo despacio, volviendo a rodear el perímetro de la mansión, tomando nota mentalmente de todo cuanto se le hubiera podido pasar por alto y pudiera serle útil. Minutos después circulaba por la autopista de circunvalación.