Cuéntame algo
por Francisco José Súñer Iglesias

Las IAs están cada vez más presentes en el ámbito creativo, no solo como meros asistentes y correctores, sino como creadores netos de obras literarias. El asunto llega hasta tal extremo que los editores ya exponen que deben tener sumo cuidado con las obras que se les presentan para publicar. Pero por mucho que esto parezca una revolución inimaginable solo hace una década (qué digo, un quinquenio), es un concepto viejo: George Orwell ya lo adelantó en 1984, con las máquinas de escribir novelas, y qué quieren que les diga, escritores axlotl han producido desde hace décadas best-sellers clónicos, novelas basadas en plantillas de probada eficacia. ¿Qué diferencia hay entre esa literatura comercial y la que puede generar una máquina?

El caso es que la irrupción de IAs capaces de generar textos, imágenes, música y vídeos se consolida como uno de los cambios tecnológicos más profundos del siglo XXI. Lo que hace poco parecía ciencia-ficción es hoy una herramienta cotidiana que transforma el trabajo de los creadores. A diferencia de innovaciones previas como la imprenta, la fotografía o el procesador de textos, la IA ya no es una simple herramienta, sino que es parte activa del proceso creativo, generando contenidos difícilmente distinguibles de la creación humana.

En la literatura, la IA se utiliza masivamente en las tareas pesadas y repetitivas: como la documentación, la generación de borradores y la corrección. Yo mismo llevo utilizando desde hace un tiempo las IAs para corregir mis textos. No siempre, porque para convertirlos a HTML tengo unas cuantas macros y marcados propios que convierten los archivos, y estoy acostumbrado a dar formato según escribo, pero el caso es que, cuando me acuerdo, le paso el corrector IA, pero con mucho cuidado: hay que darles instrucciones muy estrictas para que no se inventen cosas e incorporen sus propias morcillas, o pretendan mejorar el estilo. Eso no.

Pero hablamos de otra cosa: al ser capaz de redactar obras completas de forma casi inmediata, surge el problema de cómo distinguirlas de las de un escritor humano. La diferencia no radica en la correcta gramática, que probablemente será incluso mejor, sino en la experiencia vital, la sensibilidad y la profundidad emocional. Pero incluso esto está siendo mejorado: se le puede indicar a la IA que se recree en ciertos aspectos de la vida del protagonista, dándole el tono que el director del proyecto crea conveniente.

Yéndonos al mundo de las artes plásticas, estas herramientas han llevado el diseño hasta las manos de cualquiera, permitiendo que personas sin formación artística plasmen sus ideas mediante descripciones de texto. Igualmente, si se han fijado, las ilustraciones de los últimos relatos publicados en el Sitio están generadas mediante IA. Otro caso interesante ha sido el de la serie El eternauta; en ella, ciertas escenas fueron generadas directamente mediante IA, a una velocidad y con un costo muy inferior a las técnicas CGI tradicionales, y con unos resultados más que suficientes.

Toda esta aceleración de los procesos creativos abarata los costes de producción, afectando de manera directa a varios gremios, como ilustradores, locutores, músicos y hasta traductores. Para muchos profesionales es una amenaza real a sus ingresos; por ejemplo, en el mundo de la locución publicitaria se describen pérdidas de hasta el 80 % de los ingresos. No obstante, también abren paso a nuevas especialidades como la definición de descripciones (los famosos prompts), la supervisión de contenidos y la edición posterior del material.

Los peligros reales vienen por otro lado (¿alguien sabe lo que es un almocrebe? Pues eso). La creación de contenidos con la churrera de la IA genera una sobreabundancia de material que dificulta la visibilidad de proyectos genuinamente originales. Hace dos o tres años, empezaron a aparecer en espacios como Youtube una serie de nuevos canales generados exclusivamente mediante IA. La calidad inicial era lamentable, y aportaban un molesto ruido que hacía difícil detectar el contenido de calidad. Poco a poco han mejorado, hasta convertir a youtubers virtuales en auténticas estrellas, difíciles de distinguir de personas reales. Sería anecdótico, a la par que molesto, si no fuera porque las intenciones de sus responsables son más bien opacas (o no: quieren tu dinero).

Además, como todo en la vida, la creación automatizada de contenidos requiere un aprendizaje previo. ¿Dónde obtienen las IAs esos conocimientos? Efectivamente, de obras ya publicadas, y ese uso, a menudo sin consentimiento ni compensación, ha abierto un debate legal en todo el mundo que busca un equilibrio entre los derechos de autor y la innovación tecnológica.

Históricamente, amenazas como la fotografía o el sintetizador no destruyeron la pintura ni la música, sino que enriquecieron la forma de expresarse de los artistas; la televisión no acabó con la radio, ahora reconvertida en podcast. Tampoco las plataformas de vídeo con el cine, y hoy día se ruedan más películas que nunca debido a la alta demanda de sus suscriptores. Por tanto, no tenemos que ver a las IAs como el enemigo, solo como una nueva herramienta a la que habrá que adaptarse. Y no está escrito que las adaptaciones sean fáciles ni indoloras.

En cuanto a la propia creatividad, la IA genera una paradoja similar: cuanta más capacidad de automatización existe, más se revaloriza lo puramente humano: la intuición, el juicio estético y la mirada personal. No hace falta recordar que la artesanía siempre tiene demanda y está bien valorada. Está claro que vamos hacia un uso intensivo de esas herramientas, donde el valor de los creadores residirá en identificar las apetencias de los consumidores, formular las instrucciones correctas a las IAs, depurar el material y dotarlo de personalidad.

Incluso cuando hasta esas tareas sean progresivamente automatizadas.


Notas
© Francisco José Súñer Iglesias
(964 palabras) Créditos