Uno de los aspectos más fascinantes de la ciencia-ficción es la cantidad de sociedades que los autores han imaginado. Cada cual con sus propias características y matices, pero con enorme diversidad de enfoques. Ya sea inspiradas en los insectos terrestres, donde manda la mente colmena, hasta el extremo opuesto en el que naves dispersas conforman un extenso mosaico estelar. Incluso aquellas heterogéneas donde cada planeta se rige por unos modos y costumbres apenas relacionados entre si por algún astropuerto comercial. Igualmente, reflejan las particulares preferencias en lo que respecta a la política, economía, religión y filosofía de sus respectivos autores, que se afanan tanto en crear distopías como utopías, dependiendo de lo que quieran criticar o ensalzar.
Por ejemplo, La Cultura>, de Iain M. Banks, es una civilización donde el desarrollo tecnológico ha eliminado casi todas las limitaciones materiales. La abundancia es generalizada; todo puede producirse sin grandes costes gracias a tecnologías avanzadas hasta lo inimaginable, por tanto cuestiones como la pobreza, la propiedad privada o el trabajo han dejado de ser relevantes. Pero eso no es lo más interesante: su estructura política y moral también es notable. La sociedad funciona de manera anárquica, sin gobiernos ni jerarquías fuertes. Las inteligencias artificiales, entidades de intelecto superlativo, rigen los destinos de esta sociedad. Estas mentes
se comportan como vigilantes serviciales del colectivo. Mientras los ciudadanos viven dedicados a sus aficiones particulares, las máquinas gestionan el aburrido día a día. Eso no significa que La Cultura sea una sociedad neutra, dedicada a sus asuntos. Su influencia sobre sus vecinos es notable, a base de intervenciones más o menos turbias, lo que dice mucho de la catadura moral de los que se creen éticamente superiores, convencidos de estar en su derecho de dirigir los destinos ajenos.
Otro ejemplo interesante es el propuesto por H. G. Wells en LA MÁQUINA DEL TIEMPO, donde Eloi y los Morlocks, ramas separadas de la humanidad, conviven en un lejano futuro. Los Eloi viven en la superficie, en una aparente Arcadia feliz. Son bellos, sensibles y viven sin preocupaciones ni la menor inquietud intelectual. Su existencia transcurre en una infancia perpetua. Pero bajo tierra habitan los Morlocks, deformes y adaptados a la oscuridad. Mantienen los mecanismos que permiten a los Eloi llevar su vida despreocupada. En un principio podría parecer que la relación de Morlocks y Eloi es una deriva degenerada de la dominación de los segundos sobre los primeros, hasta que se descubre quien cría a quién para alimentarse. Wells creó una fábula sobre las condiciones sociales e industriales de finales del siglo XIX, donde las clases sociales, perfectamente diferenciadas, acaban convertidas en especies distintas, cada una marcada por los supuestos valores éticos y morales que las caracterizaban. En todo caso, una estampa de la decadencia de la humanidad.
Para concebir la Instrumentalidad, Cordwainer Smith se inspira en tradiciones chinas (recordemos sus fuertes vínculos con este país), psicología y misticismo. Se trata de una vasta civilización que abarca innumerables mundos, gobernada por los Señores de la Instrumentalidad, una élite con la misión de preservar la civilización humana a lo largo del tiempo. Como peaje ante la estabilidad, la previsibilidad y la protección ante casi todo sufrimiento, las emociones y la espontaneidad han quedado relegadas a un segundo plano. Smith concibe además los subpueblos
, animales modificados genéticamente destinados a realizar los trabajos más pesados y repetitivos. No obstante, no son meras herramientas: tienen conciencia propia y mediante ellos se vehiculan cuestiones relacionadas con la esclavitud y la dignidad.
Un precedente muy similar ya lo estableció Aldous Huxley en UN MUNDO FELIZ con el Estado Mundial. La estabilidad social es el valor supremo y la humanidad vive organizada bajo un sistema donde la reproducción natural ha sido sustituida por ingeniería biológica y condicionamiento psicológico. Desde su nacimiento, cada individuo pertenece a una casta —Alfas, Betas, Gammas, Deltas y Epsilons— diseñada para cumplir funciones concretas dentro de la sociedad. Todo sufrimiento, tanto físico como psicológico, ha sido eliminado, y gracias a entretenimientos superficiales y el soma, una droga diseñada para la evasión total, la felicidad
está garantizada. Cualquier clase de iniciativa particular y el compromiso con nada que no sea el estado se consideran amenazas para la sociedad. Lo siniestro del Estado Mundial es que no necesita reprimir a sus ciudadanos: aman su sumisión porque han sido condicionados para ello, y se plantean los riesgos de sacrificar la libertad por la seguridad.
Como último ejemplo pondré a los Dorsai de Gordon R. Dickson, que en este ciclo plantea una organización interestelar basada en la especialización cultural. La humanidad ha colonizado distintos planetas, orientando cada uno en un área específica. Los Dorsai se convierten en una sociedad militar que cultiva el desarrollo filosófico y espiritual, mientras otros mundos se especializan en comercio, religión o diplomacia. Los Dorsai son austeros y disciplinados, con el honor siempre por delante, y para los que la responsabilidad y la destreza son determinantes. Su economía depende de la contratación por parte de otras sociedades de sus ejércitos, pero Dickson evita convertirlos en simples mercenarios sin escrúpulos; para ellos, la guerra es una actividad sujeta a códigos éticos estrictos. Dickson imagina un futuro donde la diversidad cultural extrema se convierte en un mecanismo de supervivencia. Cada planeta desarrolla un aspecto concreto del potencial humano, aunque esa especialización también limita la visión global de sus habitantes.
Por supuesto, me dejo muchas en el tintero, como la fascinante sociedad Hani de La saga de Chanur, las enrevesadas relaciones entre alienígenas del planeta Tschai, o los aún más enmarañados conspiradores de Dune. Un formidable mosaico de perspectivas de donde podría llegar la humanidad.