Rentables herencias
por Francisco José Súñer Iglesias

Es común escandalizarse porque los descendientes de un autor explotan su obra hasta el agotamiento.

Tengamos en cuenta que los derechos de autor son una herencia que tiene fecha de caducidad. Como cualquier otro bien, si este no se trabaja y se cuida, su rendimiento decrece hasta desaparecer. Hay un dicho por ahí que viene a decir que el abuelo creó el imperio, el hijo lo hizo crecer y los nietos lo hundieron. No son pocas las herencias millonarias que, al cabo de las décadas, han quedado reducidas a la nada ante la dejadez de los descendientes del fundador, con herederos arruinados y bienes malvendidos.

Por tanto, que estos descendientes aprovechen el tirón de la herencia del abuelo para crear, a su vez, su propio patrimonio no solo no es malo, sino conveniente. Sobre todo para ellos, obviamente. Si Brian Herbert hubiera decidido vivir solo de los derechos de las novelas de su padre, probablemente lo habría hecho desahogadamente hasta 2060, que es cuando caducan estos, aunque cada vez con menos holgura debido a la pérdida progresiva de interés sobre un clásico ya muy sobado.

Para evitarlo, en primer lugar la familia Herbert se constituyó en empresa, la Herbert Limited Partnership, y registró Dune como marca comercial. De este modo, la protección de la marca para productos literarios y audiovisuales queda prácticamente garantizada a perpetuidad, al menos mientras la Herbert Limited Partnership o sus sucesores no la dejen caducar y sigan usándola para estos fines. Por otro lado, el propio Brian ha seguido añadiendo productos a la saga, alargando con ello la persistencia tanto de la marca como de la serie, que ya a estas alturas se va a bien entrado el siglo XXII.

Otro célebre autor que ha mantenido a su descendencia después de muerto es J. R. R. Tolkien. Su familia ha gestionado su legado principalmente a través del Tolkien Estate y del Tolkien Trust, entidades que administran derechos de autor, licencias y publicaciones póstumas. Christopher Tolkien fue la figura clave durante décadas: editó y publicó textos inacabados de su padre, como EL SILMARILLION, y mantuvo una vigilancia muy estricta sobre adaptaciones y usos comerciales.

Ese control tuvo una doble cara. Por un lado, preservó la integridad literaria de la obra y evitó modificaciones que la familia, bastante conservadora, consideraba poco adecuadas. Por otro, convirtió el legado en un activo económico muy valioso, con ingresos procedentes de ediciones, licencias y acuerdos audiovisuales, aunque los derechos cinematográficos principales ya habían sido vendidos por Tolkien en vida.

En la práctica, la familia ha intentado equilibrar protección y rentabilidad. Aun cuando el control ha ido pasando de generación en generación, el Estate sigue siendo conservador, pero comenzó a mostrarse algo más abierto a nuevas negociaciones, como las relacionadas con series ambientadas en la Tierra Media, como Los anillos del poder.

Otra explotación diligente ha sido la de los herederos de Philip K. Dick, que la gestionan a través de The Philip K. Dick Estate y de la empresa Electric Shepherd Productions, cuya administración recae en sus hijos, Isa, Laura­ y Christopher, principalmente esta primera. Empezando por BLADE RUNNER y acabando por El hombre en el castillo, al menos una docena de obras de Dick han sido adaptadas al cine con un éxito medio bastante notable.

Sin embargo, la obra de Asimov no ha corrido igual suerte. Al parecer, hay cierta fragmentación sobre los derechos de su obra, lo que hace que las adaptaciones se vean abocadas a una recurrente parálisis burocrática. Esto ha supuesto que, aun siendo un autor mucho más popular que Dick, no haya sido adaptado con más frecuencia al cine, destacando solo YO, ROBOT y EL HOMBRE BICENTENARIO, e incluso la reciente serie sobre la Fundación no ha satisfecho del todo a los aficionados a causa de las innumerables (e inexplicables) licencias narrativas sobre el texto original, por lo que más bien habría que hablar, en la mayoría de los casos, de inspirado en más que adaptación de.

En España, la ciencia-ficción o la fantasía no han dado tanto de si como para que los herederos tuvieran la oportunidad de beneficiarse y ampliar la obra del abuelo, pero el género hermano de las novelas del Oeste si que tuvo un fenómeno similar a los descritos: el de Marcial Lafuente Estefanía. Autor especializado en westerns de estilo directo, llenos de acción y diálogos chispeantes, colmaba los expositores de los kioskos de prensa con un enorme éxito de ventas. Tal es así, que ya desde 1958 sus hijos colaboraban con él para sostener la demanda, a lo que se sumó más tarde su nieto, prolongando la obra de Marcial Lafuente Estefanía más allá de su muerte, en 1984. Sin embargo, a partir de los años 1990 el cambio de hábitos culturales y la llegada de otros medios de entretenimiento acabó con el negocio editorial de los bolsilibros, y con ellos, la producción de la empresa Estefanía.

A los puristas literarios todo esto les sentará a cuerno quemado: ¿qué es eso de andar haciendo dinero con la literatura? Pues sí, mire, fue así toda la vida hasta el romanticismo. Quien contaba bien buenas historias se ganaba holgadamente la vida con ello, ya fuera como autónomo o bajo las alas de un mecenas, y nunca nadie vio algún mal en ello. De alguna forma extraña, a partir del siglo XIX eso de la creación artística trascendió a su fin original, ya sabe, eso de transmitir conocimiento, entretener o simplemente colmar apetencias estéticas, para convertirse en un evanescente ejercicio de ombliguismo creativo, ajeno a las deseos o necesidades de sus potenciales receptores.

Pues mire, no. No solo no es malo vivir de la inventiva y creatividad propia, sino que tampoco lo es agrandar el legado de los antepasados. Incluso ganando dinero con ello.

© Francisco José Súñer Iglesias
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