En estos tiempos modernos llenos de maldiciones tecnológicas una que se sufre más en silencio es la de las claves de acceso.
Hace tiempo hablé de la esclavitud de las apps, que a su vez ha traído la maldición de las claves. No es que en los tiempos pre-apps esto no sucediera, la maldición nació propiamente con la informática, pero últimamente se ha recrudecido e incluido capas y capas de submaldiciones cada vez más molestas y engorrosas.
En el principio de los tiempos bastaba un nombre de usuario y una clave que incluso podía estar vacía: recuerden, en muchos sistemas bastaba dejar en blanco el campo correspondiente para que en sucesivos accesos se entrara validando la nada más absoluta. Nada que recordar...
Pero claro, aquello era el paraíso de los malandrines que inventaron mecanismos relativamente sencillos para colarse en sistemas débilmente protegidos, lo que llevó al siguiente paso: complicar las claves, ya fuera alargándolas o complicando su construcción, ya saben: al menos una mayúscula, al menos una minúscula, al menos un signo de puntuación, al menos una cifra... bien. Empezaba la pesadilla. Muchos sistemas no eran tan exigentes, o eran exigentes de más, obligando a una longitud mínima de clave. ¿Solución? Como los sistemas empezaban a proliferar no bastaba una única clave así que se apuntaban en un papelito amarillo que, si se era prudente, se pegaba bajo el teclado, pero no era raro verlos presidiendo los monitores de los usuarios.
Esa inconsistencia hizo que los administradores inventaran el siguiente incordio: la caducidad de las claves. Al mes o tres meses la clave caducaba y había que poner una nueva. Los usuarios más avispados simplemente la cambiaban a petición del sistema para a continuación volver a cambiarla por la de toda la vida, dejando las cosas como estaban, pero los administradores, más avispados aún, obligaron a no repetir ninguna de las diez últimas claves. Eso no arreglaba el asunto de los papelitos amarillos, pero sulfuraba a todo el mundo.
Entonces a alguien se le ocurrió la doble verificación: ya no hacía falta cambiar la clave porque el sistema enviaba un SMS o un correo con un código adicional de un único uso para abrir *esa* sesión. Ergo, imposible entrar en el sistema en caso de urgencia si no se tenía el móvil a mano o no se podía entrar en el correo electrónico... porque no se tenía a mano el papelito amarillo donde estaba apuntada su clave de acceso.
Entre tanto, se habían introducido métodos más sofisticados, como la identificación biométrica, una llave USB codificada para sistemas más delicados o un lector de tarjetas, que añadían una capa física de seguridad porque, en teoría, solo los usuarios autorizados tendrían en su poder los objetos que permitieran abrir las puertas del paraíso.
Así pues, la proliferación de sistemas, cada cual con su clave distinta y métodos diversos llevó a que se tuviera que manejar un número poco razonable de claves. Yo tengo al menos 100 registradas, algunas ya obsoletas al cabo del tiempo, pero imposibles de recordar una a una, y eso que utilizo un método mnemónico para crearlas... que tengo que modificar según los requerimientos del sistema, y ya he dicho que cada cual tiene sus matices que no hacen más que incordiar.
Pero entonces surgieron los grandes de la tecnología en nuestra ayuda. Google permite que se pueda validar a los usuarios conectándose con sus propios servicios de acceso... lo que le permite cotillear por donde van y vienen sus usuarios. No me esperen ahí.
Tampoco dejando que mi navegador favorito gestione las claves. Fue una facilidad introducida hace tiempo y realmente simplifica mucho las cosas. Con el gestor integrado no hace falta ni teclear usuario y clave, pero en cuanto tenemos dos o tres navegadores sincronizar las claves entre unos y otros se convierte en una tarea pesada, por no hablar de que se da acceso casi libre a cualquiera que nos ocupe
el ordenador, y que muchas webs hacen lo imposible para que esa función funcione a medias.
Una opción mucho más interesante son los certificados electrónicos. Esto ya es cosa entre usted, su navegador y el sistema. Ya sea DNI electrónico, ya sea mediante certificado emitido por una entidad fiable, en muchos sitios se permite identificarse por estos métodos. Lamentablemente no en todos es posible. Sin embargo, poquísimas webs comerciales, por no decir ninguna, dan esa opción; sin embargo, en las institucionales es moneda común. Al parecer, técnicamente tiene su complejidad y económicamente no es rentable.
Últimamente se está intentando extender sistemas basados en criptografía y claves de un solo uso. Con esto se puede reducir el número de claves a recordar, pero aun así, y como no hay un estándar industrial (aunque la W3C ha propuesto WebAuthn como tal), dependiendo de qué sistema escoja cada web, tendremos varios sistemas distintos que, a su manera, habrá que gestionar y también nos desesperarán.
Y todo este maremagnum viene a cuento de que en el fondo nos tratan como a críos pequeños, sin criterio ni responsabilidad. Quizá falta concienciación por parte de los usuarios; no se presta la misma atención a las claves de acceso que a las llaves de casa, siendo ambas igual de importantes: falta conciencia, formación o costumbre. Esto es más o menos normal; lo que ya no es tan normal es que se responsabilice a los gestores de webs y aplicaciones de accesos no autorizados por parte de terceros que han logrado hacerse con las claves de esos usuarios, llegando incluso a tener que asumir el coste económico de la negligencia de sus clientes. No hablo de ataques directos a la infraestructura informática de la empresa, hablo de claves débiles rotas mediante métodos sencillos.
Eso ha llevado a políticos y entidades a complicar la vida del usuario de forma despiadada. Ya que se les hace responsables de la inoperancia de un tercero, pastorean al tercero a su conveniencia. Sin embargo, hay a quien ese pastoreo le incordia e irrita. Si le da la gana tener una clave con una sola letra no molesten, es su problema; se le hace firmar una descarga de responsabilidad si, dado el caso, algún malandrín entra en la web del banco y le despluma, pero dejen la posibilidad de que cada cual gestione su vida como le apetezca.
Me acuerdo de las tres o cuatro más habituales, para el resto hay infinidad de herramientas que permiten tenerlas apuntadas, seguras y a mano. Por si tienen curiosidad, yo uso KeePass y KeePassDX para el móvil, sincronizándolas nube mediante, además de múltiples copias de seguridad redundantes.
Yo ahora tengo abiertos cinco distintos, y pueden llegar a ser ocho. En cierto modo los uso para tratar la webs como aplicaciones diferenciadas, y no volverme loco con una miriada de pestañas abiertas (que también). Por ejemplo, el Firefox para navegación general, Brave para noticias y medios, LibreWolf para streaming, Floorp para las IAs, Opera para aprovechar la VPN integrada, ocasionalmente abro Edge, para la nube
, SeaMonkey para ciertos pings, y de cuando en cuando PaleMoon, Vivaldi y otros más exóticos aún como Basilisk. No, no uso Chrome porque ¿qué necesidad tenía Google de lanzar su propio navegador? Efectivamente, espiar donde navega el personal cuando no lo hace desde su buscador e influir activamente, y en beneficio propio, por supuesto, en los estándares web.