Seudónimos
por Francisco José Súñer Iglesias

Una constante en la literatura, ha sido hurtar al lector el verdadero nombre del autor, recurriendo a seudónimos más o menos creativos, ya impuestos, ya elegidos libremente, que ocultan la autoría real de las obras. Desde sobrenombres periodísticos, como Clarín (Leopoldo Alas) o Azorín (José Martínez Ruiz), que acaban añadidos al nombre del autor como un apellido más, hasta los usados para evitar el recelo de editores y lectores, como Fernán Caballero (Cecilia Böhl de Faber) son muchos los motivos por los que los autores prefieren esconder, de inicio, su identidad. Las causas son variadas.

1.- En la España todavía empobrecida del desarrollismo, en los tiempos de las novelas de a duro, no resultaba creíble que un autor autóctono fuera capaz de hablar de asuntos solo al alcance de escritores nacidos y crecidos en un entorno científico y tecnológico sobresaliente, como era el estadounidense, así que las editoriales les hacía tomar un nombre artístico anglosajón a modo de primitiva técnica de marketing. Pascual Enguídanos con su George H. White y Ángel Torres Quesada con su A. Thorkent son los más representativos, pero los ejemplos son innumerables. Incluso se daban casos de seudónimos usados por varios autores, como Lynn Merchang, el oficial de Filomena Merchán también usado en ocasiones por su marido, José León Domínguez, o Lucky Marty compartido por Jesús Rodríguez Lázaro y Enrique Martínez Fariña. Los orígenes de estos alias eran de lo más variopinto, desde homenajes a autores consagrados, como George H. White a H. G. Wells, a simples adaptaciones del nombre de pila del autor: Alex Towers por Ángel Torres, o Louis G. Milk por Luis García Lecha,

2.- En otros casos el problema era que la ciencia-ficción, el pulp en general, no era algo bien visto, sino cosa de raritos y gentes inmaduras, de modo que era necesario ocultarse tras un seudónimo para evitar la vergüenza y el escarnio. Cordwainer Smith (Paul Linebarger) es el caso más paradigmático, ya que el señor Linebarger era un respetado funcionario del servicio de inteligencia de Estados Unidos, y tanto por prestigio como por obvia discreción no debía hacer pública su identidad. Algo similar a lo que pensaría José de Elola y Gutiérrez, ingeniero militar y general del Estado Mayor del Ejército Español, que firmaba su obra como El Coronel Ignotus

3.- También existieron los techos de cristal, hubo un tiempo en el que no se consideraba que una mujer pudiera dedicarse a temas tan poco femeninos, y pocas se podían permitir firmar su obra con su propio nombre, como Thea von Harbou, de modo que se vieron obligadas a buscarse un seudónimo masculino, o al menos ambiguos, para ser tomadas en serio por los editores. James Tiptree, Jr. ocultaba a Alice B. Sheldon, D. C. Fontana, más que un seudónimo era un acrónimo de Dorothy Catherine Fontana que para el caso funcionaba igual, y Andre Norton era el de Alice Mary Norton. A mitad de camino con el marketing editorial están las autoras que publicaron en las colecciones de bolsilibros, las más relevantes fueron María Victoria Rodoreda aka. Marcus Sidéreo y Vic Logan, Àngels Gimeno como Ralph Barby y María Luisa Vidal como J. Chandley. Caso extremo fue el de Mary Shelley, que simplemente publicó como anónima (algo que tampoco era infrecuente por la época) la primera edición de FRANKENSTEIN (1818), aunque si firmó las posteriores, una vez consolidado el éxito de la novela.

4.- La coautoría es también un factor importante, en vez de llenar las portadas con una lista más o menos nutrida de nombres los co-autores optan por inventarse uno y firmar con el las obras James S. A. Corey (Daniel Abraham y Ty Franck) es de los más conocidos, Rob Grant y Doug Naylor, guionistas de la serie Enano Rojo, usaron en las sucesivas novelizaciones de los episodios el de Grant Naylor. Ralph Barby, de hecho, fue el seudónimo que usó el matrimonio compuesto por Àngels Gimeno y Rafael Barberán para firmar su extensa producción de bolsilibros escritos alalimón. En el ámbito del policiaco español, la reciente Carmen Mola arropa a Jorge Díaz, Agustín Martínez y Antonio Mercero (hijo de Antonio Mercero), es un caso especial que combina el marketing, las dudas de los autores y una evidente mala leche a la hora de elegirlo.

5.- Por su parte están los máquinas, escritores tan productivos que son capaces de generar múltiples obras de varios géneros en poco tiempo, por lo que convenía repartir semejante torrente entre varios autores. Jack Vance es un caso bastante paradigmático: dependiendo de la época o género usaba, además de su propio nombre, los de Peter Held, John van See, Alan Wade, o Ellery Queen. Murray Leinster, que a su vez era el nombre de guerra de William Fitzgerald Jenkins, se vio obligado a emplear los seudónimos de Louisa Carter Lee, Fitzgerald Jenkins, William Fitzgerald y Will F. Jenkins, estos tres variaciones de su nombre real, para no parecer ubicuo. Tampoco era extraño en el ámbito de las novelas de a duro: Pedro Guirao, aka. Peter Kapra, utilizó los de Walt G. Dovan y Mike Adams en su propio sello editorial donde reedito parte de su obra anterior, y la propia María Victoria Rodoreda que empleó cerca de una veintena en diversas colecciones y géneros (como Marcus Sidéreo en Toray, Ralph Benchmark en Producciones Editoriales y Robert Delaine en R. O.), en una práctica habitual para sortear imposiciones contractuales o reeditar sus propias novelas con otro título y nombre.

6.- Seudónimos que no lo son. En ocasiones los autores prefieren no encasillarse en un género y usan diversas firmas en diversos ámbitos para compartimentar su producción. No lo ocultan e incluso usan simplemente variaciones de su nombre para esa diferenciación. Jack Vance firmaba como John Holbrook Vance sus novelas de misterio, Iain M. Banks omitía la M. en sus novelas ajenas a la ciencia-ficción, o Víctor Conde, que usa su nombre de pila: Alfredo Moreno Santana, igualmente en su producción fuera del género.

7.- Existe otro tipo de seudónimo que tampoco es un seudónimo pero solo tiene relación comercial con la autoría del libro. Llegado a un punto la escritura de las novelas se hace tan compleja, o el mero nombre del autor sirve como reclamo publicitario, que este se convierte en marca comercial. Isaac Asimov y Arthur C. Clarke se prestaron a que su nombre figurara en portadas de novelas ambientadas en los universos que habían creado y de las que se duda escribieran una línea. Ya fuera del ámbito de la ciencia-ficción, Tom Clancy ha puesto su nombre en todas las portadas de la novelas de Jack Ryan. Mary Higgins Clark acabó convertida en empresa familiar, al igual que Marcial La fuente Estefanía, donde los descendientes de los autores continuaron su obra en, y con, su nombre. Caso curioso es el del ya mencionado Ellery Queen, creado por Frederick Dannay y Manfred Bennington Lee en 1929, firmaba las novelas policíacas de las que era protagonista, en un a modo de relatos autobiográficos, y más tarde fue cedido a otros autores para firmar novelas de misterio.

8.- Vagos. Con tal de no escribir su nombre completo lo reducen al mínimo reconocible: J. R. R. Tolkien, H. G. Wells, H. P. Lovecraft, J. K. Rowling. Es broma, no deja de ser una práctica habitual en el mundo anglosajón (O. J. Simpson, ¡JFK!), que los autores, o editores avispados, simplemente extendieron a su actividad profesional. Hay casos en los que esta práctica venía muy bien, como le sucedía a D. C. Fontana,

Como se ve la casuística es enorme y se podría añadir aún más autores, seudónimos, variantes exóticas y matices (como el de Vernon Sullivan, usado por Boris Vian para eludir la censura), y más a día de hoy, que con la proliferación de las RR. SS. en las que hasta el más pintado cede a la tentación de ponerse un nombre de guerra.


Notas

Algo que por lo demás no parecía ser un secreto de estado, puesto que en sus obituarios se hacía clara mención a su actividad como autor de novela fantástico-científica: https://hemerotecadigital.b[...]ewer?oid=0029950166&page=20

Para el lector no avisado: Además de su sentido coloquial más evidente en español de España, esto es, que Carmen es una persona que gusta y resulta agradable (que eso significa molar), Mola remite directamente al general Emilio Mola, cerebro del golpe de estado de 1936 que devino en la Guerra Civil Española, y ya puestos a ser retorcidos, Carmen era el nombre de pila de Carmen Polo y Martínez-Valdés, esposa de Francisco Franco, alias El Caudillo, alias El Generalísimo.

© Francisco José Súñer Iglesias
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