¿Por qué un escritor escribe sobre otros escritores?
por Francisco José Súñer Iglesias

Un reproche que se hace habitualmente al reseñador justiciero es que, si tan listo es y tanto sabe, ¿por qué no escribe él mismo novelas magistrales?

Pues eso ocurre con muchos escritores que, además de escribir sus propias cosillas, se dedican a comentar las de sus colegas. Algo que parece un ejercicio de arrogancia y poco respeto por la obra ajena tiene su lógica, nadie mejor que un cocinero para juzgar las bondades de los guisos de otro cocinero. Las auditorias de contabilidad las hacen contables, en general, las empresas están fundadas y dirigidas por profesionales, al menos en su arranque, evalúan a otros profesionales de su sector para contratarlos.

En resumen, nadie mejor que alguien que conoce un oficio para determinar la calidad de los trabajos de sus colegas.

Naturalmente, no necesariamente quien evalúa un trabajo debe ser un experto en su elaboración. Sin ser Dabiz Muñoz, cualquiera con las papilas gustativas en forma es capaz de dar una opinión clara sobre la calidad de una comida, ni hace falta ser carpintero para saber cuando una silla está desencolada. No obstante, hay cuestiones en las que la subjetividad es determinante, la conveniencia de los sabores va mucho en gustos, una silla flaneante es indiscutible.

Volvemos a los escritores metidos a críticos. No es una actividad para nada reciente, quien quizá desarrolló esta doble faceta con más contundencia fue Edgar Allan Poe (1809-1849), que fue tan respetado como temido en su labor de crítico literario, al atacar duramente la mediocridad de sus contemporáneos. Émile Zola (1840-1902), además de su conocida actividad como novelista, fue un respetado teórico que desarrolló las bases del naturalismo y analizó la literatura desde el punto de vista social. Virginia Woolf (1882-1941) también fue una reconocida teórica literaria abordando principalmente el papel de las mujeres en la literatura.

Ya dentro de nuestro ámbito de interés J. G. Ballard (1930-2009) fue una figura clave de la New Wave británica, desarrolló una importante labor crítica y ensayística sobre cultura, ciencia-ficción y medios de masas, algo que por lo demás fue una constante en su obra literaria. Samuel R. Delany (1942) es uno de los teóricos más influyentes del género, analizando la ciencia-ficción desde la teoría literaria, la semiótica y la política, además de reseñar a otros autores. Frederik Pohl (1919-2013) fue, además de novelista y editor (el terror de los escritores), crítico literario y también teorizó sobre la función social de la ciencia-ficción.

En España también tenemos autores que combinan ambas facetas, como Domingo Santos, en su ¡cuádruple! labor como editor, traductor, crítico, además de escritor, dejó una impronta más que notable en la ciencia-ficción española. Sergio Mars, que además de regalarnos con magníficos relatos desarrolla una importante labor crítica desde su blog Rescepto. Lola Robles también es conocida por su labor crítica que desarrolla sobre todo en su blog, Fantástika, y que también ha plasmado en libros de ensayo como EN REGIONES EXTRAÑAS.

Con estos avales en su poder, es natural que un escritor decida valorar la obra de otro escritor ¿qué lleva a un escritor a escribir sobre otros escritores? Pienso que el escritor debe conocer su herramienta de trabajo a la perfección, y no hablo del Worperfe hablo del lenguaje. La sintaxis y ortografía de un idioma como el español está más que documentada y reglada, pero no es eso lo más importante, lo realmente fundamental es como se usa el lenguaje, darle ritmo, construir relatos coherentes, dotar de profundidad a los personajes, y para eso no vale manual alguno. Aparte de talento, lo mejor es leer y leer y leer a clásicos y contemporáneos, y comprender por qué las obras maestras lo son.

Ese análisis, que originalmente se hace de forma inconsciente, llegado a un punto se convierte en un ejercicio paralelo al disfrute, o no, de la obra, así pues ¿Por qué no poner por escrito esas percepciones?

En el caso particular de la ciencia-ficción, existe además el problema de ser un ámbito reducido, muy especializado, y a menudo olvidado por el mundo de la cultura. Ante ese ninguneo surge de forma casi natural una crítica endógena capaz de comprender los intereses, tropos y, en general, el marco conceptual en que se mueve el género.

Bien, ya tenemos al escritor metido a crítico.

También puede ocurrir, como es mi caso, que llegado a un punto se llegue a la comprensión de que, como escritor, no hay demasiado futuro. En mi juventud incluso gane algo de dinero escribiendo guiones de cómics para Toutain, pero cuanto más leía, más y mejor comprendía que mis esfuerzos no daban la talla, y un par de rechazos editoriales me lo dejaron claro.

¿Llegué entonces al ejercicio opinativo por el camino de la frustración? No, simplemente por mantener el hábito de la escritura. En cierto momento apenas me quedó tiempo para seguir insistiendo en mis pinitos literarios, que requieren una cierta constancia y concentración, así que pensé que escribir pequeñas piezas hablando de lo que leía, y que apenas me llevarían media hora, me mantendría en forma. Y aquí estamos.

Que un escritor escriba sobre otros escritores no es nada que deba extrañar, no es un ejercicio de arrogancia o envidia. Cualquier escritor debería ser más capaz que nadie de detectar las fortalezas y debilidades de una obra literaria, y por una simple cuestión de honestidad comprender que solo así puede mejorar su propia producción, convirtiéndose en su crítico más despiadado y no ofrecer al público escritos que sabe que no darán un mínimo nivel, aunque sin convertir eso en algo patológico que únicamente llevaría a la parálisis. Poner eso en blanco sobre negro ayuda a fijar conceptos y a fortalecer conocimientos. Nada más.


Notas

Al que, además de a Antonio Santos, tengo que agradecer los comentarios y aportaciones al borrador de éste artículo.

En España, Worperfe, tal cual, se ha convertido en sinónimo de nepotismo y corrupción política: https://okdiario.com/andalu[...]-usaba-word-perfect-7774010

© Francisco José Súñer Iglesias
(997 palabras) Créditos