Las películas de ciencia-ficción son tan viejas como el cine. Si el 28 de diciembre de 1895 Louis y Auguste Lumière organizaron su primer espectáculo cinematográfico, uno de los espectadores, Georges Méliès, a la sazón mago e ilusionista, presentó en 1902 su VIAJE A LA LUNA y anteriormente, en 1899, una cinta de tres minutos de duración, LA LUNA A UN METRO, que constituye el primer filme de ciencia-ficción del que se tiene noticia.
Desde entonces el séptimo arte ha abordado el género de la ficción científica de la forma más variada. Por un lado con seriedad y brillantez, sirviendo como ejemplo paradigmático la epopeya espacial de 2001, UNA ODISEA DEL ESPACIO. En esta obra Kubrick eludió con elegancia todos los clisés del género que, hasta entonces, estaban establecidos aportando, además, una dimensión humanista y épica. Ver esta película es asistir a una experiencia no verbal que se dirige más a los sentidos que a la inteligencia. En el polo opuesto también el género cinematográfico ha apostado por otras obras que podrían calificarse como decepcionantes, estrafalarias o incluso esperpénticas. Así tenemos, por ejemplo, THE DAY THE WORLD ENDED de 1956 dirigida por Roger Corman, en la que un grupo de supervivientes de una guerra atómica deben enfrentarse a un horroroso humanoide mutante conocido como la criatura pepino
. Sin duda alguna una película entrañable. De puro mala.
Más allá de las grandes producciones norteamericanas y de aquellas otras cercanas a Hollywood como la británica, surge en Europa entre 1960 y 1990 una serie de cineastas que llegan a abordar el género que nos ocupa de una manera muy novedosa. Cabe citar a Chris Marker y su extraordinaria obra LA JETTEÉ de 1962, así como a Jean-Luc Godard con su clásica ALPHAVILLE de 1966. Películas todas ellas con planteamientos algo enrevesados o sutiles, complejas de ver y de muy difícil explotación comercial que se justifican por el indudable cuidado que se presta a la puesta en escena y, en general, a los planteamientos estéticos y plásticos implícitos.
Es precisamente en estos años y completamente alejado de la industria capitalizada por los Estados Unidos, cuando llega una figura singular en la forma de abordar el género de la ciencia-ficción en la gran pantalla. El cine soviético, conocido irregularmente en Occidente en aquellos años por razones obvias, da a conocer algunos directores entre los que destaca de forma singular Andrei Tarkovski que realizó tres películas míticas en las que destacará brillantemente, por encima de todo, una fotografía cuidadísima.
En 1972 se estrena SOLARIS_2, adaptación de la hermosísima y, a la vez claustrofóbica, novela del polaco Stanislaw Lem. Con un guion del propio Tarkovski y de Frederich Gorenstein, plantea una reflexión sobre la naturaleza humana que, para algunos, ofrece réplicas a la película de Kubrick y se apoya en la capacidad que tiene la imagen para sugerir reflexiones de gran complejidad. Kelvin, el protagonista, desarrolla un sentimiento ambivalente hacia una cierta obtención milagrosa de lo deseado, rechazando la presencia de su mujer muerta en la estación espacial, en un intento desesperado de escapar de la locura que se ha apoderado de los ocupantes de ésta, víctimas todos de un extraño fenómeno en el que los recuerdos aparecen de forma física.
Del año 1979 y estrenada en España en 1984 es STALKER. En ella tres personajes en un futuro incierto emprenden un extraño viaje por tierras prohibidas en busca de un cuarto secreto que cumple los deseos. Con guion de Arkadi y Boris Strugatski, basado en su relato PARTIDA DE RECREO EN EL CAMPO/PÍCNIC JUNTO AL CAMINO, los tres expedicionarios recorren un territorio fantasmagórico llamado la zona
, donde al franquear una habitación un hombre puede ver realizado aquello que más desea; sin embargo, ninguno de ellos se atreverá a atravesar el umbral de la cámara. Es de destacar que la información que se le proporciona al espectador sobre las condiciones reales del viaje que emprenden los tres protagonistas (el lugar donde ha caído el meteorito, la zona
y la cámara de los deseos que se halla en ésta) es mínima.
Con idéntico desapego hacia los elementos que contribuyen a crear una situación dramática tenemos SACRIFICIO. Estrenada en 1986 y con guion del propio director, el protagonista, el periodista Alexander, se siente angustiado por la desoladora falta de espiritualidad. Durante su fiesta de cumpleaños llega la noticia de un inminente conflicto nuclear: la Tercera Guerra Mundial. La inclusión de música japonesa y otros elementos orientales ayudan a comprender el carácter ritual de los actos de Alexander, ritual que nos hace recordar el Bushido. Que el protagonista renuncie a sus posesiones materiales (simbolizadas en su casa) puede parecer algo nimio al espectador si se confronta con la magnitud de lo que se desea obtener a cambio (que el tiempo retroceda y así desaparezca la ominosa presencia de la guerra). Tal sacrificio no es pequeño a los ojos de Alexander, sino que representa una renuncia a los recuerdos, y, por tanto, una renuncia a la misma existencia.
En estas tres obras maestras, con un empleo significativo de la luz y el color, un tiempo largo, majestuoso en los planos y elaboradas bandas sonoras, Tarkovski deja ver la plasmación en imágenes de un estilo propio que esconde una honda reflexión sobre el arte cinematográfico. Tres películas que deslumbran porque abren caminos nuevos a la expresión cinematográfica de la ciencia-ficción y porque, en definitiva, constituyen un esfuerzo por agrandar los límites del lenguaje fílmico.
