Especial vigesimonoveno aniversario, 3
No todo vale en ciencia-ficción
por Eduardo Delgado Zahino

En mi caso, la ciencia-ficción entró en mi vida por este orden: primero la televisión, luego el cine y finalmente la literatura. Fue gracias a esta última que empecé a discernir entre lo que considero buena y mala ciencia-ficción. Por supuesto, lo que yo considere bueno o malo no implica que tenga que serlo para todo el mundo, pero poco a poco fui tomando consciencia de que, en algunos aspectos, como los viajes espaciales o la física aplicada a la trama, no valía todo. Una buena historia podía ser manchada por un viaje demasiado rápido o por una utilización excesivamente libre de las leyes físicas.

Cuando un autor ignora que la comunicación entre la Tierra y Marte no puede ser instantánea sin al menos una excusa tecnológica, como el clásico ansible, demuestra que ha elegido un formato sin comprender que la ciencia-ficción necesita un contexto lógico. Esa falta de respeto por la coherencia es lo que diferencia una buena obra de un producto no tan bueno.

Con esa idea me acerqué a Avenue 5. La serie plantea un crucero espacial que, por un fallo con la gravedad artificial, ve alterado su rumbo de regreso a la Tierra y convierte un viaje de semanas en uno de años. Hasta ahí, todo bien. Se usa una excusa manida, la gravedad artificial, para justificar que los personajes caminen por la nave y para desencadenar el conflicto.

El problema llega cuando la trama se contradice a sí misma. La nave no puede regresar a la Tierra porque se ha desviado de la órbita, pero resulta que sí puede atracar en una estación espacial, así, por las buenas. Esa incoherencia rompe la suspensión de incredulidad. El humor escatológico y tontorrón termina cansando pronto y en mi caso me llevó a abandonar la serie.

Este ejemplo muestra cómo algunos medios utilizan la ciencia-ficción como simple decorado para contar otra cosa, en este caso una crítica a la sociedad actual, sin preocuparse por la lógica interna que el género exige.

Algo parecido me ocurrió con EL ASTRONAUTA­, una película de Netflix protagonizada por Adam Sandler. La historia pretende hablar de la soledad, el abandono y el desprendimiento, usando como metáfora un viaje por el sistema solar. Hasta ahí, bien.

El problema es que la película introduce un ansible para justificar que la comunicación con la Tierra sea instantánea. Y claro, si puedes hablar en tiempo real con tu familia y amigos, no estás solo. El tema central se diluye. La película hubiera sido mucho más potente si la comunicación tardase horas en llegar o incluso que no pudiera producirse por algún fallo o avería.

Aquí se nota demasiado que el guion fue escrito, o corregido, por personas que no aman la ciencia-ficción y solo la ven como un recurso atractivo para contar otra cosa. Y no hay problema en usar el género como metáfora, yo también lo hago, pero al menos hay que intentar hacerlo bien.

Por suerte, también hay ejemplos recientes que integran la física en la trama con respeto. POLIZÓN (2021) es uno de ellos. La película narra un viaje a Marte en una nave que genera gravedad mediante rotación. El viaje está ajustado al milímetro: oxígeno, alimentos y agua solo para tres personas. El drama surge cuando descubren a un polizón involuntario, un técnico atrapado en un conducto.

La tensión se construye respetando las limitaciones físicas: la fuerza centrífuga, el esfuerzo de subir y bajar entre módulos, la escasez de recursos. El drama humano se potencia gracias a la integración de la física espacial en la trama, en lugar de ignorarla o inventarla fuera de contexto.

Y por encima de todo sigue brillando 2001, UNA ODISEA DEL ESPACIO. Kubrick trató la física espacial con un mimo inigualable, combinándola con lo fantástico sin concesiones al espectador impaciente. La escena en la que el astronauta de rojo sale a buscar al de amarillo, alejándose con el EVA de la Discovery­ hasta perderla de vista, sin sonidos absurdos en el vacío ni música estruendosa, sigue siendo para mí la más emocionante jamás rodada.

Kubrick y Clarke demostraron que se puede respetar la física y al mismo tiempo abrir la puerta a lo desconocido. Esa mezcla de rigor y misterio es lo que convierte a 2001 en la gran obra maestra del género.

La ciencia-ficción puede ser factible, puede parecerlo o puede resultar de una improbabilidad astronómica. Pero lo esencial es la coherencia. Si se consigue que el espectador no desvíe la atención hacia lo que no tiene sentido, la obra ya ha cumplido su cometido.

El trato que los medios dan a la ciencia-ficción varía. Algunos la usan como excusa superficial, otros como metáfora mal construida, y unos pocos la respetan como género en sí mismo. La diferencia está en el respeto por el contexto lógico.

Lejos quedó el niño que no se preguntaba cómo era posible que la Luna viajase a otros sistemas solares en tiempos récord, o cómo las naves de Star Wars podían recorrer de punta a punta una galaxia a la velocidad de la luz. El adolescente que leyó a Asimov, Clarke y Varley ya no pudo librarse de ese conocimiento básico de cómo debían ser las cosas en un contexto de ciencia-ficción.

Hoy, como adulto, sigo creyendo que el género alcanza su grandeza cuando se trata con respeto. No importa si la historia es factible, improbable o fantástica, lo bonito es que la coherencia interna no se rompa. Porque ahí, en ese equilibrio entre lo posible y lo narrativo, es donde la ciencia-ficción se convierte en algo más que simple entretenimiento.

© Eduardo Delgado Zahino
(941 palabras) Créditos
Eduardo Delgado Zahíno es escritor