Multiverso de referencias
por Francisco José Súñer Iglesias

Con relativa frecuencia alguien comenta que en tal o cual artículo no se ha mencionado entre los ejemplos alguna referencia más o menos conocida. Es más que probable que el autor no se haya olvidado de ella, sino que simplemente no la haya tenido en cuenta una vez enumerados los ejemplos necesarios. De hecho, no se debe ser exhaustivo so pena de rondar el fárrago, se trata de transmitir una idea, y dar unos cuantos modelos ilustrativos.

Tampoco es improbable que simplemente no la recuerde. Cuando la mochila está bien cargada no siempre es posible tener en mente todas esas referencias, es más, puede que esa referencia esté presente pero solo se recuerden detalles, pero no el título y menos aún el autor. Discretamente se deja de lado y a seguir escribiendo.

Pero también puede ocurrir que el articulista desconozca por completo la referencia faltante, y no tanto por ignorancia, sino porque su universo de referencias es solo un subconjunto de todo el saber al respecto que, por pura lógica, no intersecta con el universo de referencias del avispado comentarista. Debemos tener en cuenta que el universo de referencias de cada cual es muy particular, y lo que a unos les parece obvio a otros no les es ni remotamene conocido.

Las causas son múltiples, empezando por algo tan evidente como la economía. No siempre es posible estar al día de las novedades, ni siquiera ser un asiduo de la segunda mano, aunque las actividades piratescas han convertido este inconveniente en algo cosa del pasado. Si, prácticamente cualquier obra de cualquier autor en cualquier época está disponible para su descarga en Internet. Basta rebuscar un poco para encontrarla, y los esfuerzos de autores y editores para evitarlo suelen ser estériles. No obstante, para los que ya presumimos de cierta edad era un imponderable bastante usual en nuestra juventud, cuando la única forma de acceder a libros y películas era previo pago.

Una grandísima solución eran esos libros de segunda mano, o directamente restos de tiradas, que se podían obtener ocasionalmente en saldos, ferias y puestos callejeros, sin contar las reediciones baratas. Hace años que no veo esos interminables tenderetes llenos de libros de ocasión a precios irresistibles, por cien, doscientas, quinientas pesetas (tres euros actuales) se conseguían los incunables faltantes de la colección de Ultramar, e incluso series enteras empaquetadas en retractilado. Orbis hizo un enorme bien a la humanidad con su Biblioteca de Ciencia-ficción (aquellos libros azules), como la mentada Ultramar, y que decir de Libro Amigo de Bruguera. Buenos, bonitos, baratos y a la vuelta de la esquina porque se encontraban en todos los kioskos de prensa. Por pura accesibilidad, todos los que nos iniciamos en los años 1980 partimos de esas referencias.

Obviamente el préstamo de amigos y las bibliotecas eran la solución al problema de la escasez de efectivo, pero hablamos de tiempos donde, excepto los clásicos de Orwell y Huxley, la ciencia-ficción literaria era cosa de cuatro raritos aislados que raramente coincidían, aunque mercado había, vista la buena salud de las colecciones comentadas. La bibliotecas tampoco tenía gran fondo de armario aparte de los mencionados, y algo de Asimov. Y por supuesto no me olvido de la distribución, en las grandes ciudades era fácil encotrar las novedades, pero según iba disminuyendo la población, y lógicamente el número de librerías, la ciencia-ficción no era lo más demandado. Tampoco me olvido de Hispanoamérica, en los primeros tiempos de Internet eran frecuentes las quejas y frustración al tener noticias de primera mano de la publicación de novedades en España que raramente llegarían allí.

Además tenemos el aspecto generacional. Cada época tiene sus referentes culturales y si bien los saltos atrás en el tiempo son el pan nuestro de cada día, saborear las obras en el momento de su estreno no es igual que descubrirlas veinte años después. Esto en la literatura no es tan evidente como en el cine. Novelas de hace setenta años como las Fundaciones (originales) casi se pueden disfrutar igual hoy que en el momento de su publicación. Más allá de que la tecnología descrita haya quedado lamentablemente obsoleta, por estilo y temática todavía entran dentro de lo que podemos llamar literatura contemporánea. En el cine y la televisión la cosa cambia. Tanto escenarios como formas de actuar y tratar los temas han evolucionado de forma más radical que en la literatura. Series como Perdidos en el espacio, Galáctica o el Star Trek original (y hasta La nueva generación) tienen un innegable aire añejo que resulta más patente cuando se las compara son sus versiones actualizadas. Ese cambio estético y en el lenguaje hace que las referencias que a los comentaristas más viejunos, habiéndolas disfrutado en su juventud, les parezcan formidables, las generaciones más jóvenes las releguen por toscas y hasta ridículas, ignorándolas, cuando no despreciándolas.

También tenemos el gusto. Eso es algo inevitable, yo aborrezco en ciberpunk cuando hay quien lo considera un punto de inflexión definitivo dentro del panorama de la ciencia-ficción. A mi no me pregunten por eso más allá de NEUROMANTE y si hablo de ella es para demostrar mi desagrado. Esto es, mis referencias respecto al ciberpunk son escasas y las miro con cierto desprecio. Algo similar le ocurre a mucha gente con la space-opera, el hard, el soft o la ciencia-ficción en general. Esto es de por si limitante, puesto que pueden ser referencias perfectamente válidas por cuanto cada obra particular tiene virtudes más allá de la etiqueta que se le ha impuesto, de modo que es ignorada más por voluntad del articulista que por demérito propio.

Últimamente también está la habilidad a la hora de buscar información. En los tiempos heroicos había que leerse cuanta revista y fanzine fuera posible para conocer las novedades y los sesudos comentarios de los críticos para tener, además de las lecturas propias, referencias de terceros de tal o cual obra. Era posible entonces citarlas sin conocerlas en profundidad, bastaba saber que tocaban tal o cual tema para incluirlas discretamente, sin que se notara que se hablaba de ellas de oídas. A día de hoy, gracias a Internet, basta una búsqueda rápida para saber de media docena de obras ajustadas a las necesidades del momento. Con las IAs (más bien deberíamos hablar de buscadores avanzados) no es ni necesario separar a mano el grano de la paja, puesto que devuelven los resultados ya masticados, aunque conviene contrastar los datos devueltos so pena de caer en graves imprecisiones interpuestas.

También es posible distinguir a los referenciadores. Están los que tienen un bagaje más o menos amplio pero clásico. Las obras que citen serán bastante conocidas y fáciles de encontrar, pero también tenemos al reseñador rebuscado que sacará de no se sabe muy bien donde títulos poco accesibles (incluso acudiendo a los canales piratescos) de autores más bien oscuros para dejar claro lo mucho que conoce el tema que trata.

Está claro que no hay un Universo de Referencias, hay un Multiverso de referencias con múltiples intersecciones entre sus distintos planos, que nunca llegan a coincidir del todo, pero tampoco divergen hasta el punto de ser irreconocibles.

© Francisco José Súñer Iglesias
(1.188 palabras) Créditos