¿Haría usted responsable al kioskero de la esquina (especie en peligro de extinción) del contenido de los periódicos (otro objeto convertido en curiosidad) que vende en su negocio? No. Es más, dirá que esa idea le parece absurda y que el tendero no tiene la menor responsabilidad sobre el contenido de las publicaciones que vende. Ya sea un tibio reproche sobre las tendencias de estilo de la celebrity del momento, ya sea una descripción pormenorizada de cómo fabricar una bomba de hidrógeno.
De hecho, la autoridad competente secuestrará y prohibirá la publicación de las cuestiones más escabrosas pero nunca, en ningún momento, cerrará el kiosko donde se venden. Por supuesto que si el kioskero trapichea con sustancias y/o es el cerebro de una red de pervertidos se le meterá preso, y el kiosko permanecerá un tiempo cerrado hasta que otro kioskero lo reabra por supuesto manteniendo un recto comportamiento.
Partiendo de estas premisas, si se separa claramente quien vende qué, y quien genera qué, ¿por qué ese empeño de las autoridades competentes en que las redes sociales se hagan responsables de lo que sus usuarios piensan y publican?
No hay duda de que la digitalización ha borrado muchas líneas que antes estaban perfectamente definidas. En los tiempos analógicos, en el ámbito del papel, estaba clara la separación entre redactor, editor, impresor, distribuidor y vendedor. Quien redactaba el texto buscaba un editor que considerara la obra interesante y desencadenara el proceso por el cual el impresor creaba el objeto físico libro, periódico o revista, que se entregaba al distribuidor para que finalmente el vendedor, ya fuera librero o kiosquero, lo pusiera a disposición del respetable.
El proceso era largo y tedioso, se podían hacer desaparecer muchos pasos si el redactor tenía acceso a un ciclostil, o tiempo más tarde, a una fotocopiadora, e imprimir unas cuantas copias y distribuirlas a mano personalmente. Pero el impacto, tanto por calidad, cantidad y extensión era muy limitado.
En el audiovisual era aún más difícil hacerse ver oír, si ya de por si el proceso de publicar un escrito era tedioso, una película o un simple programa de radio tenía que sortear toda una serie de obstáculos financieros y regulatorios bastante fastidiosos. Igualmente, emisoras piratas y aficionados haciendo películas para los amiguetes han existido siempre, pero volvía el problema de su limitado impacto.
Entonces llegó Internet. Rápidamente se convirtió en un recurso formidable para generar, publicar y llegar a millones de potenciales clientes
en un tiempo brevísimo. Ya no se dependía de que un editor diera el nihil obstat, o esperar a que impresor y distribuidor hicieran llegar al kiosquero el producto. En cuestión de segundos y tras una revisión rápida todo queda expuesto a la mirada universal. El audiovisual sigue teniendo el problema de la producción, si se quiere hacer bien, claro está, pero de igual modo la puesta a disposición es instantánea.
Como era de esperar millones de personas pudiendo decir lo que les diera la gana y llegando a cualquier rincón del planeta supuso que la cantidad de inconveniencias que se exponían al público eran cada vez más numerosas. Que alguien pueda anónimamente decir esto o aquello da pie a que la calidad, y la verdad, quede oculta bajo una impresionante montaña de basura. Si al menos ese público tuviera un criterio razonable y constante no habría problema porque la basura se vería relegada, pero como de todo tiene que haber en la viña del señor, siempre hay alguien que se cree la primera barbaridad que se encuentra, ¿y que pretenden hacer las autoridades competentes respecto a eso? ¿Educar a la masa para fomentar la formación de un sólido espíritu crítico? Pues no, como ya es conocido optaron por la opción fácil: matar al mensajero.
En este caso el mensajero son las redes sociales, las plataformas donde es posible hacer esas publicaciones de forma cómoda y sencilla. El Sitio es una rareza superviviente de los tiempos épicos donde además de gracia a la hora de escribir había que tener un cierto bagaje técnico para hacer públicos los textos. Saber los rudimentos del HTML, comprender someramente la estructura de la red, contratar un alojamiento para la web, darse a conocer entre las aún limitadas listas de correo... Laborioso, entretenido y hasta divertido. Aquello no duró mucho. Al poco, avispados programadores comprendieron que había un nicho de mercado y crearon plataformas para, por un lado publicar con facilidad, bastaba escribir y publicar sin más enredos técnicos, y por otro contactar con medio mundo sin tener que buscar a los interlocutores uno a uno. Nacieron las redes sociales.
Vemos que hay una evidente desconexión entre el origen del contenido y las herramientas con las que se difunde, que por su propia naturaleza son neutras y universales, convirtiéndolas en un vehículo de difusión fuera del control, siempre interesado, de la autoridad competente, donde es posible expresarse con toda libertad.
Las redes sociales, abreviémoslo así, no crean contenido, y sin entrar en las sutilezas de la mercadotecnia ni siquiera lo difunden en el sentido de publicitarlo, simplemente lo ponen a disposición, así pues ¿Por qué la autoridad competente debería hacerles responsables de lo que publican en sus plataformas? Es como pedir al kiosquero que antes de vender una publicación debe leerla de cabo a rabo para detectar posibles ilegalidades.
Este estado de cosas ha llevado a las redes sociales a practicar la autocensura, es decir, antes de que la autoridad competente se les eche encima, cortan por lo sano y evitan que ciertos contenidos se difundan o, deforma subrepticia, dejan fuera del radar
de los usuarios aquellos más conflictivos no recomendándolos en ningún momento. Esto da lugar a una serie de abusos que van desde la censura de contenidos perfectamente legítimos solo por usar esta o aquella expresión en un contexto que no ha lugar a ambigüedad, o bien romper el pacto de neutralidad haciendo que la propia red social tome partido en uno u otro sentido.
No hay solución a esto ya que es inherente a la naturaleza humana: usar los mecanismos de poder en beneficio propio. La tentación de usar las herramientas, sean de la naturaleza que sean, de forma parcial e interesada está ahí, y es poderosa. Hay que tener altos valores éticos para mantenerse firme y no caer en ella, y ya sabemos que ni la autoridad competente ni los gurus tecnológicos son especialmente fuertes en ese aspecto.
Un kiosco (o quiosco, según la RAE) es un techado sostenido por pilares, y sin paredes que se suele usar para celebrar diversos actos al aire libre protegiendo del sol, por extensión también se llaman así a las casetas ubicadas en la vía pública donde se vende prensa, flores, comida, etc. En España, se llama kiosquero a quien regenta o despacha en uno kiosko. Al contrario del tenderete, el kiosco es de carácter permanente. La digitalización de la prensa ha hecho que muchos, sobre todo en los barrios, hayan desaparecido.
o mimeografo.
Vaaale, ahí están los algoritmos para contradecirme, pero téngase en cuenta que básicamente se trata de mecanismos con intenciones publicitarias y dinerarias, que dirigen al usuario hacia los conteniddos que a) ha demostrado interesarle y b) aquellos que en términos de visitas son más rentables para la propia plataforma. Obviamente, si se puede encaminar al usuario con ese objetivo también se puede usar con fines más oscuros, y se de sobra que hay ejemplos de todos los colores,.