Un día usted descubre que le es imposible establecer contacto con su banco si no es a través de la app, la aplicación móvil. Al día siguiente la compañía eléctrica se desentiende de todo lo que no sea interaccionar con usted mediante la app. El club de petanca se ha desprendido de los toscos estadillos colgados del tablón de anuncios del Hogar del Jubilado y ahora ya todo lo publica a través de una app. Echar la quiniela es una tarea solo disponible mediante una app, el billete de autobús solo es posible adquirirlo mediante una app, solo puede pedir cita con el médico mediante una app, y a mayores, si acaba en urgencias no se libra de tener que mostrar la app con la tarjeta sanitaria, tienda en la que entra tienda que quiere instalarle una app. Hasta Hacienda le cobra los impuestos vía app. Qué decir de su compañía de telecomunicaciones.
Un día pierde el móvil y no es que haya perdido los contactos y alguna que otra foto simpática con sus primos. Es que se ha quedado completamente aislado de todo.
Aunque el escenario descrito está aun lejos de ser tan apocalíptico se muestra claramente en el horizonte. El móvil, o celular, se ha convertido en una herramienta casi imprescindible en nuestra relación con instituciones, comercios y empresas, y eso no es malo per se, lo malo empieza cuando se convierte en la única forma de interactuar con ellos, y además se introduce el perverso mecanismo de asociar la app con el dispositivo físico.
¿Qué significa eso? Pues que usted no podrá operar si no es desde el número de teléfono y aparato donde se ha dado de alta, da igual que tenga a mano su usuario y clave perfectamente anotados en lugar seguro y a buen recaudo, en caso de pérdida, robo o avería, se queda literalmente desatendido.
No he pasado nunca por ese trance porque tengo la precaución de evitar en lo posible ese vínculo lúbricamente íntimo entre programa y máquina, pero entiendo que los responsables de la app tendrán articulados mecanismos adecuados para salvar esos inconvenientes, pero no siempre es posible.
Un caso simple es el acceso a la web (vía ordenador clásico y navegador tradicional) del banco. A veces se entra sin más, pero a poco que la web no le guste el origen de la petición se pone en modo alarma y o bien envía un SMS con una clave para confirmar la identidad del cliente o bien hace una pillería técnicamente injustificable para que... se identifique vía app. Esto es, queramos o no el banco nos ha ligado al dispositivo de modo que no tenerlo a mano nos deja completamente desvalidos.
Tampoco me ha ocurrido nunca, y de nuevo entiendo que habrá mecanismos para soslayar ese inconveniente, quizá una pregunta de control (¿En qué ciudad naciste? ¿Cuál es el nombre de tu mascota? ¿Cuál es tu comida favorita...?) quizá una llamada al número de atención al cliente... que, de nuevo, se puede complicar si el teléfono desde el que llamas, porque obviamente no puede ser desde el propio, no está registrado en el servidor telefónico de la empresa.
Si, todo por nuestra seguridad, pero principalmente por evitar responsabilizar al banco de hurtos y estafas electrónicas. Todo porque idiotas varios consiguieron en su momento trasladar a la entidad correspondiente la responsabilidad sobre su propia torpeza a la hora de dejarse engañar, así que ahora son las entidades las que devuelven la pelota con un implícito: si pierdes tu teléfono no es nuestro problema, es el tuyo
.
Más allá de estos inconvenientes menores
la realidad es que cada vez se nos hace más dependientes del móvil para cualquier transacción comercial o institucional, algo que, más allá de los problemas de vinculación y dependencia del aparato, lleva a mucha gente a sentirse desvalida ante esa imposición. Es lo que se ha llamado en llamar brecha digital
, potenciada por empresas e instituciones que no tienen para nada en cuenta que no todo el mundo, ya sea por edad o por interés, es hábil en el manejo de diminutas pantallas, claves imposibles y aplicaciones para nada intuitivas.
Por que de este último aspecto tampoco se habla demasiado. Las aplicaciones móviles son una nefasta ventana a lo digital. El usuario debe apañárselas en la pequeña pantalla de su teléfono para intentar operar con una interfaz tan minimalista como indescifrable. Hace mucho que las modernas
tendencias de diseño desterraron cierto estilo de etiquetado e iconografía que podría parecer naïf, pero resultaba perfectamente identificable porque asemejaba a lo que cualquier usuario tiene a su alrededor (un botón es un botón) Por no se sabe muy bien que economía
de presentación, una cantidad no desdeñable de apps convierten sus pantallas en una pesadilla en la que es imposible distinguir a la primera una etiqueta de un campo de datos de un botón de acción, cuando no están discretamente camuflados en alguna esquina.
La más típica y hasta en la yo, con una enorme experiencia en uso y desarrollo de aplicaciones, caigo habitualmente, es el los campos de introducción de datos donde ya aparecen anotados ¡datos! En realidad un aviso de que ahí es donde se debe escribir, pero con una diferenciación mínima, si es que existe, respecto a las etiquetas que describen el dato a anotar. Si yo, con mi experiencia, me desespero, ¿Qué no ocurre a quien estos artefactos les resultan totalmente alienígenas?
Las gestiones ante empresas e instituciones se agilizan enormemente mediante la digitalización, eso es irrebatible, pero igualmente es intolerable que esa sea la única vía que se pretenda implantar, todo lo más cuando la interacción con esas app es mediante un jeroglífico casi indescifrable.