Distopías
por Francisco José Súñer Iglesias

En mi anterior artículo sobre las ucronías señalaba algunos de los principles problemas que las caracterizan: las filias, las fobias y los conocimientos históricos del autor que pueden hacer de las ucronías verdaderos despropósitos lógicos. Las distopías, subgénero relacionado con ellas, también pecan en gran medida de problemas similares que en ocasiones hacen difícil conectar en ellas.

Las distopías comparten en gran medida con las ucronías la existencia de un punto de ruptura en el continuo temporal que las aparta, para peor, del normar transcurrir de las cosas. Aunque no necesariamente tiene que ser así, las distopías se pueden proyectar en el futuro o recurrir a los siempre socorridos universos paralelos.

No obstante, y aunque también comparten muchos puntos en común, habría que diferenciar a su vez distopías del género post apocalíptico. En este último lo que se proyecta es un futuro radicalmente alterado por una mega catástrofe que ha reducido la civilización a cenizas y, lo que queda de ella, sobrevive malamente. El desarrollo de las cosas debe necesariamente ser distópico, vistas las condiciones en las que queda la civilización. Por diferenciarlas de alguna forma, en las distopías la transición se ha producido de forma gradual e imperceptible, mientras que en las pos-apocalípticas no hay transición que valga, sino un desastre de dimensiones colosales.

En una distopía se describe como la civilización ha degenerado hasta tal punto que las condiciones de sus protagonistas distan mucho del ideal, y éste es su principal problema ¿de qué ideal hablamos? De nuevo la ideología del autor marca la obra de la primera a la última página. También están las modas. Dependiendo de la época podemos encontrarnos distopías donde el ambientalismo marca la pauta, o es la economía la que sirve de catalizador, e incluso todo gira alrededor del fundamentalismo religioso.

Por lo pronto voy a citar la santísima trinidad de las distopías: 1984, UN MUNDO FELIZ y FAHRENHEIT 451. Cada una nos lleva por un camino diferente.

Orwell, tras su experiencia en la retaguardia republicana durante la Guerra Civil Española, donde vivió el ambiente violento y opresivo de los enfrentamientos entre comunistas y anarquistas, e incluso él mismo estuvo amenazado de muerte por su adscripción al POUM, escribió una crítica a la totalidad contra las dictaduras totalitarias en general y las colectivistas en particular.

Por su parte, Huxley nos presenta una sociedad ciertamente utópica, la gente goza de buena salud, no hay guerras, ni pobreza, todo el mundo es feliz con el lugar que le ha tocado vivir en la sociedad y la tecnología es muy avanzada, de hecho es gracias a la tecnología como se ha llegado a ese estado de perfección aunque a costa de destruir la esencia humana. La sociedad se ha dividido en castas cuyos individuos son concebidos y gestados de forma artificial y posteriormente controlados mediante drogas (el soma) para que todo funcione a la perfección.

Por último, Bradbury nos describe el Estado censor. Un cuerpo de bomberos especializados queman hasta el último libro que encuentran con la clara finalidad de que el conocimiento divulgado sea solo el que decida en Estado.

Para que las distopías, como género, funcionen tiene que haber un personaje que se enfrente al sistema y sea triturado por él. Winston, El Salvaje y Montag cumplen el papel de poner en relieve las terribles condiciones de las sociedades que se retratan, siendo víctimas en todos los casos de su falta de amor por el régimen.

Como forma de destacar las miserias de nuestro tiempo las distopía es una herramienta ampliamente usada, y no precisamente en tiempos recientes. Jonathan Swift ya se sirvió de las caricaturas de sociedades extremas en LOS VIAJES DE GULLIVER. Quien haya tenido la oportunidad de leer la versión original, no las múltiples recortadas e infantilizadas que corren por ahí, habrá comprobado que muchas de las cuestiones que trata Swift son directamente espeluznantes, atacando directamente muchos de los males de la sociedad inglesa de inicios del siglo XVIII.

Otro ilustre que también se valió de las utopías fue Julio Verne, aunque las dos obras más destacables en este aspecto no son de las más populares, en PARÍS EN EL SIGLO XX, obra por lo demás mediocre, que solo se publicó a modo de curiosidad en 1994 (si 1994, no 1894), hace una caricatura exagerada de la situación social y económica de su época. El capitalismo salvaje, la ciencia y la tecnología instaladas ya en un ritmo constante de progreso, las nuevas corrientes sociales que sin sacar de la miseria a los explotados, si propugnaban mejores sueldos (para el que trabajaba), y mejores servicios (si se podían pagar). Por otro lado en LOS QUINIENTOS MILLONES DE LA BEGUN intuye y advierte acerca de los peligros de la Alemania Nazi, de la burocratización y centralización excesivas, de los colapsos bursátiles y de la militarización de la vida social, todo ello, representado por la imponente fortaleza de Stahlstadt

Los estados policiales también son retratados, aunque quien se lleva la palma al respecto es Philip K. Dick con EL INFORME DE LA MINORÍA describa como podría ser una sociedad en la que el crimen se combate a golpe de pura videncia. Aunque se trata de un relato no muy largo, avanza como los sistemas predictivos en la lucha contra el crimen se pueden volver en contra del ciudadano de a pie a poco que éste deje de comportarse de una forma predecible, y es para preocuparse porque las cabezas pensantes llevan tiempo investigando al respecto y con el advenimiento de esta nueva generación de IAs, el asunto promete.

Las distopías tecnológicas también son del gusto de los autores, tanto que hasta tienen su propio subgénero, el ciberpunk con NEUROMANTE a la cabeza, donde la tecnología se ha adueñado de todos los aspectos de la vida de los ciudadanos llevando la burocracia a otro nivel, consolidando el dominio de las megamulticorporaciones y creando un nuevo héroe moderno: el hacker. Pero no son cosa de hace dos días, el mal uso de la tecnología viene siendo advertido de lejos, y ya en la propia METRÓPOLIS encontramos una sociedad alienada al servicio de La Máquina,

La más reciente de las modas distópicas tiene que ver con el ambientalismo, aunque de nuevo. el hecho de que esté de actualidad no lo hace original. La preocupación por la degradación del medio ambiente por parte de los humanos viene de lejos, tanto como desde LA GUERRA DE LAS SALAMANDRAS, de Karel Capek (si, el de los Robots) donde el mundo queda transformado al permitir la propagación de una curiosa especie de salamandras inteligentes, o TODOS SOBRE ZANZIBAR, alegato contra la superpoblación en la que cualquier método para controlar la población es tenido en cuenta. Abundando en el tema climático, SEÑALES DE LLUVIA, de Kim Stanley Robinson ya advierte de lo malo que va a ser el cambio climático, aunque George Turner se le adelantó, tanto en el tiempo como en la resolución de la historia, con LAS TORRES DEL OLVIDO.

Por supuesto, en el campo de las distopías económicas no hay que olvidar la desternillante MERCADERES DEL ESPACIO, ataque furibundo al consumismo y la publicidad desaforada.

En éste repaso me he limitado a las distopías literarias más conocidas y reconocibles, pero como subgénero siempre ha gozado de una buena salud, más allá del estado del mercado editorial, de hecho casi se pueden identificar épocas en la que la distopía, con mayor o menor intensidad, era el leitmotiv favorito de los autores, y tanto en la literatura como en el audiovisual los ejemplos son interminables.

Otro tema recurrente es si no estaremos viviendo ya en una distopía, embrutecidos como en un MUNDO FELIZ, desinformados como en FAHRENHEIT 451, controlados al milímetro como en 1984, dirigidos como en MERCADERES DEL ESPACIO­, y al borde del desastre climático como en LAS TORRES DEL OLVIDO.

Elija usted su propio conjunto de paranoias.

© Francisco José Súñer Iglesias
(1.311 palabras) Créditos