Ucronías
por Francisco José Súñer Iglesias

El principal problema del que adolecen las ucronías es el empeño del propio ucronista por construir un mundo alineado con sus prejuicios y anhelos. El hecho de cambiar un hecho histórico no implica que los acontecimientos posteriores varíen demasiado, o que varíen en el sentido que el ucronista pretende.

De hecho, proponer un cambio de gran calado implica que a su vez se producen otros cambios no menos importantes. Imaginemos que Carlos I hubiera mantenido el Sacro Imperio Germánico y la monarquía hispánica bajo un mismo titular, esto es Felipe II, y el matrimonio entre Felipe II y María Tudor hubiera prosperado y la unificación con Portugal se hubiera consolidado. El descendiente de Felipe II y María Tudor habría heredado una cantidad inmensa de territorio, tendría súbditos de la más variada procedencia, y lo equilibrios de poder habrían sido muy distintos, ya que la Francia de Francisco II, Carlos IX y Enrique III habría estado literalmente rodeada por un los señoríos de ese emperador Habsburgo-Tudor que nunca hemos conocido.

Pero también sabemos que esta hipótesis, que sería del gusto de tanto imperiófilo es tan lejos de haber sucedido que ni merece la pena pensar en ella. Carlos I cedió a su hermano el Sacro Imperio porque a él mismo ya le había supuesto una pesadilla gestionar territorios tan dispares, y comprendía el peligro de tal monstruo administrativo, al igual que en su momento hizo Diocleciano con el Imperio Romano. Sencillamente, los medios de la época no daban de si para administrar con garantías semejante dominio.

Algo, aunque con unas premisas un tanto diferentes, intentó Harry Turtledove en BRITANIA CONQUISTADA donde el punto de inflexión fue el triunfo de la Grande y Felicísima Armada enviada a dar p´al pelo al díscolo inglés.

Muchos ucronistas pecan de no comprender bien los porqués de los sucesos históricos, suponen que se pueden alterar alegremente sin tener en cuenta las causas que originalmente los desencadenaron, que son a su vez consecuencia de otros muchos sucesos y decisiones, que también habría que alterar para que ese punto concreto sucediera como se propone, lo que alteraría otras circunstancias en apariencia disociadas del asunto que se pretende tratar, pero que también tienen su influencia en el transcurso de los acontecimientos.

Otro suceso muy querido es la victoria nazi en la Segunda Guerra Mundial, que el propio Turtledove también tocó en EN PRESENCIA DE MIS ENEMIGOS y, por supuesto, Philip K. Dick en EL HOMBRE EN EL CASTILLO. A poco que se tenga un conocimiento somero de las causas y desarrollo de la guerra, y se van conociendo detalles de la misma, se llega a la conclusión de que Alemania jamás la podría haber ganado, y menos aún invadido Estados Unidos. La Alemania Nazi era una potencia enclavada en el centro de Europa, con amplios recursos naturales, pero con una salida al mar muy restringida y rodeada de seculares enemigos, lo que le suponía un delicado equilibrio en sus importaciones.

Una de las muchas causas de la guerra, y no la menor, fue precisamente expandir ese espacio para lograr vías de suministros menos comprometidas y el acceso sin limitaciones a recursos naturales básicos en una sociedad industrializada como es el petróleo.

Aunque en los primeros compases de la guerra sus enemigos demostraron no estar a la altura de las circunstancias, en cuanto el conflicto se atascó y empezó a alargarse introduciendo nuevos actores, se demostró que el potencial industrial de Estados Unidos era formidable, mientras que el alemán sufría de unos suministros limitados, que además los bombardeos aliados iban menguando sin descanso.

Las premisas para que Alemania hubiera ganado esa guerra son tantas y tan difícil de haberse dado simultáneamente, que forzarlas para imaginar el mundo de haberse producido tal suceso necesita saltarse mucho la lógica de los acontecimientos.

Algo similar ocurre en las ucronías ambientadas en la Guerra Civil estadounidense, con LO QUE EL TIEMPO SE LLEVÓ, de Ward Moore a la cabeza. No tienen en cuenta que el potencial industrial del Norte, que además usó con inteligencia ventajas tecnológicas tan novedosas como el telégrafo y el ferrocarril, le daba una ventaja a largo plazo que el Sur no podía, no pudo, superar. Por no hablar de que el mando centralizado del ejército del Norte era un factor clave respecto a más anárquico del Sur.

Otro clásico es la Guerra Civil española, con ejemplos como la ganadora del Planeta­, EN EL DÍA DE HOY, de Jesús Torbado, o EL DESFILE DE LA VICTORIA, de Fernándo Díaz-Plaja. Igualmente tienden a olvidar factores fundamentales como el hecho de que el gobierno de la República ignoró los recurrentes avisos, ni siquiera rumores, de que se estaba preparando un alzamiento militar, que tras el alzamiento, casi cada partido y cada sindicato organizaron sus propias milicias retrasando el afianzamiento del ejército republicano, lo que facilitó la consolidación de las posiciones sublevadas en los primeros compases de la guerra. En el transcurso de la guerra otro factor importante fue que las potencias occidentales temían más la posibilidad de que España acabara convertida en una república soviética que en una fascista, por lo que el apoyo al gobierno fue más que tibio. Es muy aburrido hablar sobre la gestión económica del recién formado gobierno nacional, muy superior al de la República, con lo que la financiación de las acciones de guerra fue más consistente. Por no hablar de las rivalidades y finalmente Guerra Civil dentro de la propia República entre comunistas y anarquistas que, de nuevo, restó durante mucho tiempo esfuerzos y recursos vitales en el frente. Como se ve, muchos factores a corregir para lograr un resultado distinto al que todos conocemos.

Eso si, las ucronías como pasatiempo son entretenidas y, sobre todo, un estupendo motivo de debate, ya que mientras el ucronista tiene sus propias ideas acerca de cómo habría evolucionado el mundo, los lectores para nada tienen porque estar de acuerdo con esas premisas, e incluso considerarlas disparatadas y para nada plausibles.

© Francisco José Súñer Iglesias
(994 palabras) Créditos