Por mucho que lo intente, e incluso a veces parece que lo consiga, la ciencia-ficción tiene problemas para adelantarse a la realidad.
En RUNAWAY ya vimos proyectiles inteligentes
capaces de seguir su blanco incluso si éste se había puesto fuera de su trayectoria original. Tampoco era un dechado de originalidad por cuanto los misiles aire-aire AIM-7 Sparrow y AIM-9 Sidewinder llevan en servicio desde 1956.
Una de las consecuencias de la guerra de Ucrania es la cantidad de sorpresas que nos estamos llevando casi a diario. Por lo pronto, el que parecía omnipotente ejército ruso ha demostrado tales carencias materiales, logísticas y de dirección que el que se suponía segundo (tras los yankis, of course) ejército del mundo ahora está en puestos de descenso a segunda división, de la que solo se salva por la abrumadora cantidad de material bélico que posee, aunque de calidad y mantenimiento cuestionables, pero aún así abundante, sin olvidarnos de su arsenal nuclear, que a estas alturas igualmente genera serias dudas sobre su disponibilidad... aunque basta con que un solo misil funcione en condiciones para desencadenar todos los infiernos.
Además de esto, también se han mostrado las vergüenzas de los ejércitos europeos que, tras años de dejadez, su capacidad y operatividad no parecen estar a la altura de una invasión como la sufrida por Ucrania. Pero si el ejército ucraniano era un pozo de incompetencia y corrupción
dirá alguno. Si, hasta 2014, año de la anexión de Crimea por parte de Rusia, a partir de entonces, al parecer fue lo suficientemente expurgado y potenciado como para ser capaz primero, de parar la ofensiva inicial, y meses más tarde, y con la inestimable ayuda de los yankis, mantener el tipo.
La tercera sorpresa es el papel estelar que han tenido los drones y las bombas inteligentes en el desarrollo de la guerra. No tanto los de fabricación rusa o yanki, a los que ya se les suponía notables capacidades en cuanto a precisión y capacidad destructiva, como a los drones turcos e iraníes. Quien haya seguido las noticias del conflicto sabrá del papel destacado de los Bayraktar turcos en la parte ucraniana y los Shahed-136 iranies en la rusa.
Bien, el problema de la ciencia-ficción es que muchos escritores se lanzan a escribir sobre temas que no conocen o sobre los que se han documentado de forma somera. Si bien pensadores y científicos hablan doctamente de los temas de los que si saben, incluso con prolijidad, no ocurre así con otras cuestiones que simplemente les quedan lejanas, y el tema militar es una de ellas.
Aunque la ciencia-ficción bélica es un subgénero recurrente, y las grandes batallas son poco menos que un lugar común, el efecto pistola del oeste
es demasiado frecuente, esto es, naves y armas de disparan y disparan ajenas a la lógica del consumo de munición. Igualmente, las grandes flotas se desplazan por el espacio sin que el asunto de la logística, esto es, reparaciones, combustible y comida para la tripulación sea algo digno de mención.
Al respecto, el tiempo es una gran ayuda. Cuando una serie se alarga años en antena los guionistas acaban por necesitar relleno para completar el minutaje y extenderse sobre anécdotas sobre el modo de vida de la tripulación es un recurso muy socorrido. En Star Trek, las naves exploradoras como la Enterprise albergan gran cantidad de civiles, familiares de la tripulación, que les hacen más llevaderas las largas misiones y dan para contar muchos sucedidos. Por no hablar del cuerpo de ingenieros con los míticos Scotty y La Forge manejando complicados aparatos y saliendo con éxito de enrevesadas reparaciones.
Por supuesto, hay novelas que si están muy bien documentadas, como EL MERCENARIO, de Jerry Pournelle. En ella se extrapolan las experiencias en batalla del Teniente Zeneke Asfaw, de la Guardia Imperial Etíope, durante la guerra de Corea. Gracias a ello Pournelle logra escribir pasajes realmente brillantes y realistas.
Otra serie donde se describe de forma igualmente realista como sobreviviría una flota perdida en espacio enemigo es la serie La Flota Perdida, de Jack Campbell, pseudónimo de John G. Hemry, que aún sin ser un autor especialmente dotado si que es muy capaz de trasladar su experiencia como antiguo oficial de la Armada de Estados Unidos, introduciendo como fundamentales en la trama conceptos como naves de apoyo y suministro.
En muchas ocasiones los autores de ciencia-ficción son capaces de adelantarse a los acontecimientos y la tecnología, lo que es ampliamente celebrado, pero en otras muchas, no siempre ni siquiera llegan a extrapolar su propio presente con la verosimilitud deseable.