Especial Vigesimoséptimo Aniversario, 11
Has perdido
por Eduardo Delgado Zahino

Existe una entrada en Wikipedia que habla de El Juego­. Si no sabéis qué es El Juego­ y esta es la primera noticia que tenéis de ello, habéis perdido. Si sabéis lo que es El Juego­ y lo habíais olvidado, os lo acabo de recordar, así que habéis perdido.

Pero tranquilos, yo también he perdido, he hablado de El Juego­.

Una de las cosas que he temido siempre del futuro, de este futuro en el que ya vivimos y que avanza hacia una curiosa oscuridad, han sido los juegos. La vuelta a los juegos sangrientos, más allá del divertimento que a algunos les supone ver a un palurdo pinchando a un animal hasta que muere desangrado. A ver, me refiero a la vuelta a los juegos en los que dos tipos se enfrentan a muerte. Algo en plan gladiadores. Entramos de lleno en una era libertaria, nótese el entrecomillado, y de todos es sabido que el máximo nivel de libertad alcanzable es aquel en el que uno puede decidir entre morirse de hambre o trabajar dieciséis horas por 600 euros, o elegir entre trabajar dieciséis horas por 600 euros o tener que destripar a otro tipo tan libre como tú en un concurso televisado.

No es muy difícil imaginar a diez personas con problemas financieros profundos aceptando participar en un Gran Hermano, en una casa cerrada a cal y canto, completamente a oscuras, con comida para ocho y un solo cuchillo. Las cámaras serían de visión nocturna y habría más de una en cada habitación... Bueno, puedo imaginar muchos concursos a cada cual más demencial, pero creo que ya me entendéis. Además, esto solo sería un ejercicio de exageración, porque el concurso televisivo y macabro por excelencia ya se escribió allá por 1966 de la mano de un jovencísimo Stephen King. LA LARGA MARCHA es una novela ¿juvenil? en la que se plantea un futuro, o presente alternativo, tal vez, con unos Estados Unidos muy, o más, fascistoides de lo que son actualmente, con un caudillo al que llaman El Comandante y esas cosas que no pueden ocurrir en la realidad porque son novelas... El caso es que el deporte nacional ha dejado de ser el baseball para dejar paso a un divertido concurso televisivo en el que 100 muchachos, varones y muy jóvenes, se presentan voluntariamente, haciendo valer sus libertarios derechos con comillas, y así participar en La larga marcha. La larga marcha tiene algunas reglas sencillas que deben ser seguidas con rectitud: caminar constantemente a una velocidad igual o superior a 6, 5 kilómetros por hora y no detenerse por nada del mundo, ni para cagar. Bueno, cagar tienen que cagar y deben detenerse para ello, pero se les permite hacerlo durante unos segundos en los que solo reciben una amonestación, un aviso por parte de unos soldados que avanzan con ellos subidos en un camión militar. Si después de la detención momentánea siguen caminando durante una hora la amonestación desaparece, pero si durante el transcurso de esa hora se detienen otra vez, y otra más, es decir, si durante el transcurso de esa hora uno se detiene o baja la velocidad tres veces, por lo que sea, de los ya mencionados kilómetros por hora, el muchacho de marras recibirá un simpático disparo en la cabeza. Te pasas la vida pensándolo y llegas a la conclusión, una y otra, y otra vez, de que algo así no puede ocurrir, que una sociedad no puede llegar a esos extremos de crueldad en base al divertimento, pero resulta que a poco que pretendas conocer la verdadera naturaleza humana, aquella naturaleza humana que nos ayudó a sobrevivir, como especie ante la Naturaleza y ante otros individuos o sociedades humanas, resulta que sí, que tal vez, al pensarlo nuevamente descubras que, tal vez, los seres humanos necesitemos, puede que no todos, pero sí muchos, vivir en un estado de violencia que de no ser satisfecha por la realidad, es decir, que de no ser satisfecha por una guerra, tengamos que recrearla a modo de juego.

El Juego­.

Has pensado en El Juego­. Has perdido.

Estamos sufriendo un proceso de deshumanización, algo de lo que avisaron hace tiempo algunos escritores de ciencia-ficción. Tanto sacar por la tele a niños desnutridos nos acaba inmunizando de tener que sentir algo, pero eso no es lo peor. Lo peor es que para librarnos del sentimiento de culpa que intentan endosarnos, acabamos por aceptar que es normal ver a niños desnutridos y reventados en bombardeos. Niñas prostituidas en algún país de mierda de por ahí mientras nos autoconvencemos de que es mejor que estén trabajando doce horas en alguna fábrica de ropa, alquilada por un occidental, que chupando pollas en un tugurio de un barrio rojo para turistas occidentales. Otra vez la Libertad, con mayúsculas, de poder elegir entre algo malo y algo mucho peor.

Llamadme alarmista, pero creo que eso es exactamente lo que está pasando. Lo que ha pasado. Nos hemos inmunizado ante el horror.

Y algunos están empezando a pensar en que incluso el horror es divertido. ¿Por qué no? ¿No se ha mandado desde siempre a jóvenes a guerras de las que se sabía que no iban a volver? ¿Por qué no hacerles caminar hasta que revienten y así echamos unas risas? Después de todo, el premio para el ganador es una vida resuelta. Y eso está bien.

Bueno, para ser justos, creo que no es algo que esté ocurriendo de nuevas, lo que creo es que estamos regresando a ello. A los tiempos en los que los niños eran sacrificables. Había tantos... Una familia, desde la más pobre hasta la misma realeza, tenía que conseguir que al menos un par de pequeños sobrevivieran a los primeros días, semanas y meses. Unos para tener asegurados cuidados en la vejez a los 50, otros para pasar el relevo monárquico y que sus genes siguieran reinando a pesar de la hemofilia y trastornos cognitivos... La cosa es que tenían que conseguir que sobrevivieran algunos hijos para que pudieran seguir jugando al juego de la vida.

¿Estás pensando en El Juego­? Has perdido. Otra vez.

La diferencia de aquellos tiempos a los de ahora es que, ahora, sobreviven todos los vástagos. Y, bueno, también es cierto que la tendencia es la de tener menos hijos, pero como resulta que somos muchos más que hace cien años, la progresión geométrica hace el resto.

Vamos a ver, ni todos los hijos pueden ser futbolistas, ni triunfar en La Voz. Y la robótica va a destruir muchos puestos de trabajo, así que, ¿cómo hacemos para asegurar un futuro magnifico a los hijos? ¿O un futuro a secas?

¿Cuánto tiempo tendrá que pasar hasta que se permitan los concursos a cada cual más retorcido? Tal vez solo necesitemos el permiso de una autoridad superior. Alguien al que admiremos. Un político, un militar, incluso un periodista...

Ya lo comprobó Milgram con su famoso experimento. Si alguien con autoridad y una bata blanca, un uniforme o una sotana te da permiso para comportarte como un cabrón, es posible que le encuentres el gusto a ser un cabrón.

Hasta ahora, el fútbol había servido para enfrentar en un remedo de combate los distintos sentires patrios. Era una catarsis social que evitaba que nos asesinásemos los unos los otros en un eterno combate fratricida. Pero al futbol le falta algo. Le falta sangre. Le falta la satisfacción de ver retorcerse de dolor y miedo al adversario. La humillación de perder no es suficiente, debe sufrir, el adversario debe sufrir, debe caer al suelo con las rodillas rotas, la cabeza sangrando, la desesperanza reflejada en sus ojos...

ROLLERBALL es una buena película distópica. La antigua, claro, el remaque de hace unos años es... Da igual, la antigua mola. Trata de un deporte futuro, bastante rebuscado en sus reglas, y de cómo se lo monta el estado corporativo para conseguir convertir el juego, violento de por sí, en una carnicería. En esa película se relata el paso necesario para mantener a una sociedad, hastiada de no poder luchar, de no tener a un héroe que los guíe, un caudillo que los acaudille, en un perpetuo estado de sometimiento. El Rolleball los mantiene más o menos tranquilos, pero eso no puede funcionar siempre, así que se empiezan a alterar las reglas para que los jugadores se maten entre sí. Para que El Juego­ tenga sentido. Para que vayan hasta el final.

El final de El Juego­.

¿Has pensado en El Juego­...?

© Eduardo Delgado Zahino
(1.425 palabras) Créditos
Eduardo Delgado Zahíno es escritor