Especial Vigesimoséptimo Aniversario, 10
Competitividad
por José Carlos Canalda

Voy a empezar con una reflexión llamémosla sesuda: tanto los animales como la humanidad durante la mayor parte de su historia se han desenvuelto en un entorno marcado por una escasez crónica de recursos, en especial los alimenticios aunque también otros como el territorio, el poder o las hembras, que acarreaba inevitablemente una lucha por el poder que permitiera acapararlos. Así pues la competición por ellos, al nivel para el que cada cual estuviera capacitado, era algo consustancial en la vida humana. Ahora, por el contrario, esta feroz competición por la supervivencia, al menos en los países desarrollados, no debería ser relevante para el común de los mortales salvo, claro está, en casos muy concretos como pueden ser unas oposiciones.

¿Quiere decir esto que la competitividad ha desaparecido o se ha vuelto residual? En absoluto, puesto que la evolución la ha marcado a fuego en nuestros genes. Así pues, cuando no existe una necesidad imperiosa de competir ésta se sublima como ocurrió en el pasado con los combates de gladiadores romanos, las carreras de carros bizantinas o las justas medievales y ahora con el fútbol, donde los jugadores de tu equipo se convierten en los campeones que luchan por el honor de tu tribu de forma no muy diferente a los combates singulares de LA ILÍADA.

Lo cual no impide que estas competiciones ritualizadas puedan llegar a ser tan encarnizadas o más que las de verdad, como ocurre con las absurdas peleas entre los aficionados ultras de diferentes equipos o ya, en plan chusco, en las peleas de los múltiples Villarribas y Villabajos de nuestra piel de toro por ser más chulos que los del pueblo de al lado montando unas fiestas de navidad con más luces, con el árbol o la noria más altos que los suyos, o con cualquier otro rasgo diferencial.

Es aquí donde entroncamos con la ciencia-ficción, pero no con las apocalípticas batallas estelares típicas de la space ópera, sino con los análisis más profundos de hasta donde puede llegar la manipulación de la sociedad para conducirla hacia donde desean los que mueven los hilos. Entramos pues en el ámbito de las distopías, aunque ciñéndome al tema de este año dejaré fuera clásicos como UN MUNDO FELIZ, 1984 o FAHRENHEIT 451 entre otros que siguen otros derroteros.

Así, lo primero que me vienen a la mente son películas como EL SHOW DE TRUMAN o THE RUNNING (PERSEGUIDO). La primera es una extrapolación crítica de lo que podríamos considerar una telerrealidad llevada al último extremo, con el protagonista Truman­ convertido en actor principal de una vida artificial, algo que él desconoce, retransmitida por televisión desde su nacimiento hasta que accidentalmente descubre que se trata tan sólo de un sofisticado simulacro... argumento similar, por cierto, al que utilizara siglos atrás Calderón de la Barca en LA VIDA ES SUEÑO.

THE RUNNING está ambientada en un estado policial en el que a los delincuentes convictos se les ofrece la opción de participar en un concurso de televisión consistente en una cacería en la que ellos serán las presas de unos cazadores cuyo propósito no es otro que matarlos. El riesgo de perder la vida es muy elevado, pero quienes consigan ganar el concurso no sólo serán indultados, sino que se embolsarán un lucrativo premio... en teoría, puesto que como se sabrá en su momento éstos son en realidad asesinados. El inevitable final feliz no oculta, para quien quiera leer entre líneas, una ácida crítica de la falta de escrúpulos de los concursos televisivos... de 1987, fecha del estreno de la película, ya que de haberse rodado ahora es probable que no resultara tan distópica como entonces.

En la más reciente LOS JUEGOS DEL HAMBRE —la novela fue publicada en 2008 y la película estrenada en 2012— nos encontramos con un futuro post apocalíptico en el que los distritos pertenecientes a una de las nuevas naciones surgidas del fraccionamiento de los Estados Unidos —el ombliguismo anglosajón siempre acaba asomando la patita— se ven obligados a competir entre ellos de una manera ritual, pero no por ello menos sanguinaria, enviando cada uno dos campeones —chico y chica, para que no se diga que no se cumple la paridad— que combatirán a muerte hasta quedar un único superviviente, con todo el proceso seguido ávidamente por televisión.

O también la serie de televisión coreana El juego del calamar (2021), donde varios centenares de jugadores compiten por un importante premio económico en una serie de juegos en la que los perdedores pagan con su propia vida.

Existen evidentemente muchos ejemplos más, pero como no pretendo ser exhaustivo lo voy a dejar aquí aunque no puedo evitar hacerme algo de autopromoción —espero que a Francisco José no le importe demasiado— con un relatillo mío que también aborda, dentro de su modestia, este tema: EL CONCURSO DEFINITIVO

Volviendo a la realidad, comprobamos que ésta puede llegar a rebasar a la ficción si es que no la ha rebasado ya. Porque son muchos los cantos de sirena que buscan excitar nuestro ancestral instinto combativo, dormido en unos más y en otros menos pero siempre al acecho, para manejarnos a su antojo buscando obtener beneficios a nuestra costa que pueden variar desde sacarnos el dinero, que no es poco, hasta lograr que nos juguemos la vida, que es mucho. Y lo más preocupante es que sus métodos son cada vez más sofisticados y cada vez más tentadores, y por lo tanto cada vez más eficaces.


Notas
© José Carlos Canalda
(917 palabras) Créditos
José Carlos Canalda es colaborador habitual del Sitio