Decrecionismo
por Álvaro Carrión de Lezama

Hace algún tiempo leí la crítica que se publicó en el Sitio sobre la película MUNDO EXTRAÑO, y me dejó un poco alarmado la advertencia que hacía el crítico sobre la ideología decrecionista que acababa evidenciando la película.

A principios del verano tuve oportunidad de verla, y constaté que, la película era un canto a esta ideología tan desconcertante como peligrosa.

Se trata de una idea vieja. Ya en 1798 Thomas Malthus razonaba que la población tiende a crecer en progresión geométrica mientras que la producción de alimentos lo hace en progresión aritmética

Sabiendo lo que sabía, Malthus tenía razón, puesto que los medios de producción agrícola de la época no diferían mucho de los usados por los romanos, pero siendo contemporáneo a ella, no fue capaz de comprender que la Revolución Industrial afectaría a todas las áreas de la actividad humana multiplicando, mediante la mecanización, la producción agrícola conjurando así sus negras predicciones. De hecho las primeras segadoras mecánicas, aunque aún tiradas por caballerías, se inventaron en vida del propio Malthus.

El movimiento actual tiene sus raíces en viejos pensadores del siglo XIX, como el propio León Tolstoi, anti-industriales, anti-liberales, anti-productivistas, en resumen, anti todo que no fuera el canto bucólico de los pajaritos en un prado con ovejitas, espantados ante el rápido desarrollo (y creciente prosperidad, aspecto que siempre se olvida) que proporcionó la Revolución Industrial.

Las bases ideológicas del decrecionismo moderno se fundamentan en un informe del Club de Roma, nada menos que de 1968, titulado Los límites del crecimiento , y las ideas de Nicholas Georgescu-Roegen sobre la bioeconomía y los límites del crecimiento. La literatura al respecto es inmensa y fácil de encontrar.

Nos encontramos entonces ante un movimiento que ha infiltrado el ideario político del siglo XXI y que pretende hacernos a todos más pobres para evitar el colapso de la sociedad. Tal cual, sin paños calientes. Su plasmación más obvia, por pública y publicitada, es la Agenda 2030 con todas sus buenas intenciones y medidas agroecológias, sostenibles, ecoresilientes y cháchara asimilable.

Pero ya sabemos donde llevan las buenas intenciones, de cabeza al infierno. Lo que se vislumbraba al final de MUNDO EXTRAÑO era una civilización que había renunciado a su única fuente de energía ¡limpia! y vuelto de un día para otro a su siglo XIX, es decir, usar de forma ineficiente la energía térmica producida por la combustión ¡generadora de CO2! depender del tiro animal para sus desplazamientos y renunciar a una serie de tecnologías que ni la leña ardiendo ni los caballos tirando harían funcionar.

Estamos en pleno proceso de pasar por algo parecido, aunque quizá no tan radical. El empeño por eliminar de raíz las energías de origen fósil supone un cambio drástico en nuestra forma de desplazarnos, cambio que para más inri afecta sobre todo a las clases más desfavorecidas, que ni tienen el dinero para comprarse uno de esos caros vehículos eléctricos ni un lugar donde dejarlo a buen recaudo mientras se carga.

Otro ejemplo de inteligencia social es que a esas mismas clases más desfavorecidas se les va a obligar a cambiar sus calderas de gas, para agua caliente y calefacción, por bombas de calor y artefactos similares. A no más tardar en 2045. De nuevo, un oneroso cambio de infraestructuras domésticas que penalizará las economías más débiles.

No hace mucho hemos visto como la Unión Europea con su Ley de Restauración de la Naturaleza ha puesto un palo más en las ruedas del la ya muy castigada por normativas y regulaciones producción agrícola en Europa

Y así con todo. Un cúmulo de medidas forjadas desde los más altos ideales pero que llevan al empobrecimiento de la población por querer establecer unas condiciones para las que la tecnología actual no está preparada, lo que viene a significar que aquello que se elimina o prohíbe no tendrá reemplazos asequibles a tiempo, y eso ya sabemos que provoca: escasez y pobreza.

Las consecuencias de forzar el desarrollo tecnológico más allá del actual estado del arte son casi por definición funestas. Forzar la solución de los problemas por arte de magia mediante medidas ideológicas es comprar todas las papeletas para el fracaso. Más inteligente es fomentar las condiciones para que la tecnología acabe por convertir en obsoletas las viejas invenciones que los provocaban, pero ¿quién dijo que haya inteligencia en la política?

Un suceso histórico que ilustra lo que digo: la crisis del estiércol de caballo.

Hoy en día parece que la contaminación en las ciudades es un problema de una gravedad extrema, pero es un chiste comparado con el problema logístico y sanitario que se planteó a finales del siglo XIX en las grandes ciudades de Europa y América las calles estaban colmadas de bosta de caballos, mulas y burros.

La tracción animal era la única disponible y el crecimiento de las ciudades y, por tanto, de las mercancías a transportar hacía del tráfico cuadrúpedo un problema por los residuos que dejaban por el camino, que los ayuntamientos no daban abasto para retirar.

Se cuenta que en 1894 The Times publicó un artículo que vaticinaba que en 50 años Londres estaría sepultada bajo una capa de metro y medio de estiércol. ¿A que les suena a ciertas predicciones apocalípticas con las que nos bombardean los medios a día de hoy?

Pero la tecnología acudió al rescate, como casi siempre, sin proponérselo.

¿Cómo? No se inventaron máquinas de recolección de estiércol, ni se generalizaron las prohibiciones y las restricciones, se impuso con rapidez el motor de explosión, inventado y perfeccionado durante la segunda mitad del siglo XIX, y que impulsando vehículos de todo tipo en pocos años arrinconó la fuerza animal a la categoría de anécdota histórica.

Trajo consigo otros problemas, pero conjuró uno que en su momento parecía apocalíptico. ¿Estaríamos dispuestos a volver, como en MUNDO EXTRAÑO, a aquellas calles donde todo era limpieza y glamour? Yo, por supuesto, no.

Y para acabar La fábula de la isla:

Una isla de los mares del sur, coronada por un volcán durmiente, estaba poblada por una tribu de diestros navegantes, hábiles pescadores y expertos carpinteros. Construían cómodas cabañas, primorosos muebles y barcos marineros que, sin llevarlos a los confines del horizonte, les transportaban con seguridad a alta mar donde los peces abundaban.

La pesca, el buen tiempo y la ausencia de amenazas reales hacía que la población creciera y creciera, hasta que llegó el punto en el que el exceso se hizo evidente, menos peces y bosques menguantes.

Los primeros en advertirlo fueron pescadores y carpinteros, los pescadores vieron como disminuían las capturas, y pidieron a los segundos mejores barcos para adentrarse más en el mar. Los carpinteros viendo como el bosque se reducía, pensaron en como aprovechar mejor la madera y con qué sustituirla cuando fuera posible, e iniciaron el cultivo de árboles para reponer los talados.

Pero un tercer e influyente grupo pensó que el problema se solucionaría prohibiendo la carpintería y la pesca en barco. Reducir el consumo de recursos haría que estos se regeneraran por si mismos, y todo volvería a la normalidad.

El tercer grupo prevaleció, la tala de árboles se prohibió y el arte de la carpintería y la idea del cultivo de árboles se dejó de lado.

Con los años los árboles se recuperaron, si, pero con lentitud, mucho más que si se hubieran cultivado. La población también se redujo, si, pero gracias al hambre, porque solo se pescaba desde las playas y acantilados, de forma que las capturas disminuyeron aún más. La miseria también creció, ya que solo se vivía al raso porque nadie sabía reparar, y menos aún construir, las cabañas.

Y un día, el volcán despertó.

Lava y ceniza arrasaban las laderas, quemaban los bosques y anegaban los arroyos, los isleños quisieron huir en los barcos, que, podridos, descansaban en el fondo de las calas, y se vieron rodeados de llamas y cenizas.

Cuando el volcán colapsó en su última y más formidable explosión, ya no quedaba nadie para sobrecogerse con el espectáculo.


Notas

Addenda 26/10/2023: En el camino del decrecionismo los políticos progresistas de España (recuerden progresista es a progreso lo que carterista a cartera, y para nada sinónimo de prosperidad), y siguiendo la senda francesa, han pactado ponerse manos a la obra para eliminar los vuelos domésticos a favor del tren.

Se ha dicho mucho y muy interesante al respecto, desmontando los efectos prácticos de semejante majadería y señalando como apuntalaría la cada vez mayor desigualdad entre la privilegiada castuza política, que ya ha dicho que volará siempre que le salga de las narices, y el resto de la chusma que tendrá que conformarse con un ferrocarril cada vez más maltrecho (Todos somos iguales, pero algunos más iguales que otros).

El tren es un medio de transporte puerta a puerta cómodo y bien probado, siempre que funcione como debe, y el avión una alternativa rápida y técnicamente depurada. Lo ideal es que cada cual se gane su sitio según sus virtudes y utilidad, no imponerlo a la fuerza ideologías desquiciadas mediante. Puede que finalmente todo se quede en agua de borrajas, pero han vuelto a sacar la patita indicando la dirección que quieren seguir.

© Álvaro Carrión de Lezama
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