Especial Vigesimosexto Aniversario, 12
Una utopía literaria llamada Colombia
por Dixon Acosta

La literatura de ciencia-ficción en Colombia, no abunda en la temática de la utopía, incluso no abunda la literatura de ciencia-ficción en mi país, pero en los pocos títulos se decanta más por la distopía, como es el caso de ANGOSTA, novela del gran escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, su única obra en el género de anticipación, la cual refleja una sociedad fragmentada y dividida en tres diferentes estratos, separados por los pisos térmicos y barreras artificiales que ha creado la élite gobernante.

Sin embargo, resulta muy interesante que lo que podríamos llamar el relato fundacional de Colombia, tuvo un espíritu inspirado en la utopía, hablaré del texto literario que inspiró la fundación de Colombia, pues quizás no muchos de los lectores conozcan que Colombia, el maravilloso país en donde nació quien esto escribe, fue antes de su concreción política una ficción literaria, por lo cual aquí contaremos su historia.

El origen de Colombia es reivindicatorio, pues en la mente de pensadores tanto americanos como europeos, quedó la idea de hacer un acto de justicia para nombrar al llamado Nuevo Mundo o parte de él, con una referencia directa a Cristóbal Colón, lo que se había frustrado cuando unos cartógrafos decidieron que el continente descubierto se llamaría América y no Colombia. Ese espíritu reivindicativo se dio tanto en la parte anglosajona como en la hispanoamericana. Son numerosos los lugares de América del Norte con el nombre Columbia, que suele generar confusión con la denominación del país sudamericano.

Fray Bartolomé de las Casas en su obra HISTORIA DE LAS INDIAS había propuesto el nombre de Columba, para designar los territorios descubiertos por Colón. Pero sería el precursor de la independencia latinoamericana, Francisco de Miranda, quien comenzó a utilizar el nombre Colombia, para referirse a la América Española y pensando en una gran nación que pudiera aglomerar a las colonias españolas.

Miranda también diseñó la bandera colombiana, tomando los colores del escudo de armas de Cristóbal Colón, oro, azul y rojo, homenaje adicional al navegante genovés. Los mismos colores que hoy lucen las banderas de Colombia, Ecuador y Venezuela, países que compartieron la misma utopía, gracias a un hombre que resultó tan diestro con la pluma que con la espada y del cual hablaremos más adelante.

Pero vamos al origen de todo. El imaginario europeo ansiaba encontrar un territorio que pudiera hacer realidad los mejores sueños. Lo interesante de la historia es que, en efecto, el territorio estaba allí desde hacía mucho, en donde mujeres y hombres construían sus propios modelos de convivencia y confrontación. Para ilustrar la importancia americana como referente utópico para muchos europeos, podemos pedir ayuda a algunos de los pensadores americanos más importantes. Por ejemplo, Alfonso Reyes, el polígrafo mexicano, quien insiste en la invención de América, como la construcción cultural que se ha venido realizando, en contraste y complemento al prodigio marítimo o el accidente geográfico, que supone un descubrimiento.

Uno de los textos que recoge la visión de Alfonso Reyes sobre el fenómeno americano es ULTIMA TULE, nombre que ya Séneca le había dado a una utópica y profética isla y precisamente hacia allí enfoca la atención el autor mexicano, observando que el primer descubrimiento de América, no fue obra precisamente de navegantes sino de literatos y pensadores. América más que descubierta parece haber sido inventada, creada por la pluma de un escritor, porque antes y después de su hallazgo físico ha existido en la mente de muchos hombres como un escenario ideal, en el sentido de esplendor natural y de posibilidad de justicia y bienestar social.

Este carácter utópico de América también ha sido resaltado por otro ilustre contemporáneo —condiscípulo y amigo— de Reyes, el dominicano Pedro Henríquez Ureña. América ya había recibido otros nombres, era aquella misteriosa parte de occidente en donde, según la tradición egipcia, Anubis presidía a los muertos, o era la Atlántida perdida de Platón, o la esperada Ultima Tule de Séneca, o la isla de San Balandrán, o la Antilla o Brasil.

El arribo de Colón confirma lo que ya había sido presentido, cuando la quimera se vuelve realidad no por ello pierde su sentido utópico, las primeras descripciones del navegante, logra pequeñas joyas poéticas como árboles que dejaban de ser verdes y se tornaban negros de tanta verdura, lo que para Méndez y Pelayo es la espontánea elocuencia de un alma inculta a quien grandes cosas dictan grandes palabras, como lo refiere Henríquez Ureña.

Estos primeros relatos, que en el caso de Américo Vespucio le valieron, a consideración de los eruditos —geógrafos, frailes y poetas— que se reunieron en la ciudad alemana de Sant-Die, el nombre del continente, despertaron el interés de los europeos, pero no los despertó de un viejo sueño, por el contrario, reavivó la idea de encontrar un espacio propicio para la felicidad de ser humano, más completa y mejor repartida; un estímulo para el perfeccionamiento político de los pueblos, que se constituye en la verdadera tradición del continente y, en la que se debe insistir.

No es extraño entonces que surjan nuevas utopías, como la que Moro ubica en una isla incierta, o la Ciudad del Sol edificada por Campanella, o el descubrimiento de una Nueva Atlántida por Francis Bacon, donde curiosamente los habitantes hablan español.

Retomando lo que Alfonso Reyes destaca en ULTIMA TULE, sobre la utopía americana, debe decirse que esta no se dio únicamente en las altas esferas de la abstracción teórica. Está el ejemplo de las comunidades jesuitas en Paraguay y Brasil, allí hubo hombres que intentaron hacer realidad el viejo anhelo; las actividades de la Compañía de Jesús se extendieron de tal forma hasta constituirse en un verdadero estado utópico, conformado por las fundaciones que daban albergue a viviendas, talleres, escuelas, la infaltable Casa de Dios y un simple pero eficaz sistema de comunicaciones, todo en función de la comunidad, en su mayoría indígenas, cuya población ascendía a 30.000 personas. Era una república utópica cristiana, hasta que sobrevino la expulsión de la Compañía.

Otro ejemplo, es el del Obispo de Michoacán (México), don Vasco de Quiroga, quien aparte de intentar realizar la utopía entre los aborígenes, puede representar para los ojos y necesidades del presente, la figura paradigmática en la planeación y ejecución de una política social, sería un ejemplo de lo que podría y debería hacerse en este momento de la historia. Quiroga diseña un plan sobre la creación de poblaciones agrícolas (en contra de la tendencia minera de la época, hablamos de 1.530), aprovechando lo que llamaba la sustancia candorosa del indio, para modelar una sociedad mejor. En este sentido creó todo un sistema de pueblos (hospitales) que intercambiaban entre sí sus productos, la propiedad predominante era comunal.

Lo que nos interesa resaltar con estas referencias, es la importancia que tuvo para los europeos nuestro continente; América fue vista como un territorio de libertad, interpretación expuesta por ese infatigable historiador y escritor colombiano Germán Arciniegas, no solo como espacio de libertinaje, abuso y expoliación. Esto lleva a otro aspecto, una revaloración del proceso de descubrimiento y conquista que aparte de ser por un lado una cruzada religiosa (exitosa en relación con sus antecesores) y por otro, una empresa comercial, con alta participación de la iniciativa privada, adquiere la importancia de ser redención de muchos hombres.

América se convierte en el refugio ideal para los perseguidos por la religión, la política o la miseria, porque indudablemente la ambición de riqueza, que tanto daño causó a las civilizaciones existentes, era el reflejo de miles de seres que deseaban cambiar su situación con un golpe de la diosa fortuna, un destino marcado por la intolerancia y las diferencias sociales.

La conquista tuvo una cualidad humana única, los españoles y portugueses, trataran a los indígenas como amigos o enemigos, los veían como hombres y se unieron con ellos; hubo todo una polémica previa, desatada por fray Antón de Montesinos quien en plena homilía de una calurosa mañana dominguera en la Hispaniola, preguntaba a sus sorprendidos y ofendidos compatriotas: ¿Estos no son hombres? ¿No tienen almas racionales? ¿No soís obligados a amarlos como a vosotros mismos? Estas simples preguntas dieron origen a las Leyes de Burgos (1512), destinadas, así fuera en el mundo de la teoría y las buenas intenciones, a mejorar las condiciones de los aborígenes.

Lo interesante es la conclusión a la que llega Henríquez Ureña: Por primera vez en la historia, los hombres de una poderosa nación conquistadora se ponían a discutir los derechos de conquista. Reyes destaca este elemento de igualdad presente en los corderos de corazón de león (los misioneros), y en algunos conquistadores. Podría ser un rasgo característico de la tan discutida ética católica, que sin promover el desarrollo del capitalismo como la facilitó la ética protestante puede estar más cercana a la caridad y al elemento humano. El debate lo dejo en mano de los historiadores y sociólogos de la religión.

La utopía no se da únicamente en el ámbito de las ciencias humanas (ya sea en su creación o en su estudio), no es extraña a las ciencias naturales. América contribuyó con sus ilimitados y desconocidos recursos naturales, a incrementar la sabiduría, el conocimiento de los hombres de ciencia. Desde el campo de los alimentos, con el caso de la papa o el cacao, o la gran variedad en especies tanto de flora como de fauna, que impulsaron una nueva empresa de descubrimiento, esta vez de carácter científico.

Podemos citar el caso de Alejandro Von Humboldt, sabio alemán que después de convivir cinco años en nuestras tierras, difundió sus descubrimientos en Europa, atrayendo la atención de otros hombres del saber, como del genio alemán Goethe, de quien era amigo. Simón Bolívar en su viaje pedagógico por Europa en compañía de su maestro Simón Rodríguez quien pretendía hacer del joven un nuevo Emilio, inspirado en el personaje de Rousseau, conoció a Humboldt; podría especularse sobre la influencia que el breve trato pudo traer al pensamiento y espíritu del futuro presidente fundador de Colombia.

Cristóbal Colón buscaba su propia utopía, independientemente de si encontraba nuevos territorios o una forma diferente para llegar a las legendarias tierras de Catay y Cipango. Se trataba de la promesa de un país que lo rescatara de la pobreza, que le diera además de riquezas materiales el reconocimiento y la gloria, luego de soportar desplantes y humillaciones. Sin embargo, su utopía personal fue lograda sólo a medias, su hazaña no le dio en vida toda la grandeza que habría ambicionado y luego de su muerte, ni siquiera aquellos nuevos territorios llevaron su nombre. Otro quijote intentaría desfacer tal entuerto, bautizando ese nuevo país como Colombia.

Colombia antes de serlo, fue territorio del Virreinato de la Nueva Granada, preciada posesión de la Corona, en donde habitaban antes de la llegada de los españoles, multitud de grupos indígenas, algunos de los cuales alcanzaron un desarrollo cultural y artístico impresionante, como los trabajos realizados en oro, que les dieron un ganado prestigio y alimentaron los sueños utópicos de los europeos, en un tejido de relatos y leyendas. Colombia desde entonces ha sido la tierra de El Dorado, los mismos indígenas asombrados por la ambición de los conquistadores, inventaron más relatos, hablando sobre una maravillosa ciudad construida de oro, situada en los confines de la comarca, con el fin que los españoles se internaran en la manigua espesa de lo que hoy se llama Amazonas, otro terreno quimérico. La imaginación, entonces no sólo alimentó los sueños, sino fue estrategia de supervivencia de los muiscas, familia chibcha que poblaba la fértil sabana que hoy alberga una megaciudad llamada Bogotá.

Aunque muchos españoles murieran en la empresa de encontrar la fabulosa ciudad dorada, oro había mucho, así como una gema verde de infinita belleza, la esmeralda. Oro y esmeraldas, emprendieron un largo viaje desde las montañas de los Andes al Caribe, saliendo por el puerto de Cartagena de Indias. Cartagena, cerco amurallado que se iba convirtiendo en sinónimo de riqueza, lugar ambicionado por otros utópicos anómicos, piratas y corsarios. Las Indias, refugio y amparo de los desesperados de España, dice Miguel de Cervantes en su novela EL CELOSO EXTREMEÑO, cuyo argumento se desarrolla en Cartagena de Indias, ciudad a la que aspiraba viajar el escritor, quien solicitó un cargo expreso allí.

La Nueva Granada, fue el espacio propicio donde se desarrolló una importante empresa del saber para la época, la llamada Expedición Botánica, cuya cabeza visible fue don José Celestino Mutis, religioso y médico español, quien desatara la misma polémica que Copérnico había protagonizado doscientos años atrás, con su teoría sobre el movimiento de la Tierra alrededor del Sol, lo que también le valió tener problemas con la Santa Inquisición. La Expedición Botánica no solo hizo posible descubrir nuevas especies y la aplicación medicinal de otras, sino que también fue el laboratorio donde se formaron nuestros primeros hombres de ciencia, como el sabio Francisco José de Caldas, de quien Henríquez Ureña menciona su estudio DEL INFLUJO DEL CLIMA SOBRE LOS SERES ORGANIZADOS.

Años más tarde, otro europeo el italiano Agustín Codazzi, se vincularía con otra aventura científica, en tiempos republicanos, la Comisión Corográfica, cuyo objetivo principal fue elaborar en 1849, bajo la administración liberal de José Hilario López, los mapas del país, inicio cierto de la disciplina geográfica en Colombia. Codazzi había llegado a la Nueva Granada, atraído por la idea de la independencia que llevaban a cabo hombres nuevos, siendo un modesto y joven oficial, conoce al otro quijote que hemos mencionado, pero no presentado, Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios. El mismo que luego de fundar la República de Colombia, expone en el Congreso Anfictiónico de Panamá, la idea de la integración de América Latina, utopía que los gobernantes latinoamericanos repiten en bellos discursos en las cumbres regionales de cada año.

Simón Bolívar quien representa la pugna entre la conservación de lo bueno que trajo la conquista y la necesidad de romper con un gobierno que se le antojaba extraño, sintió que la gran nación que surgiera de las cenizas del pasado, debería bautizarse con el nombre de Colón. Bolívar, tan eficaz con el sable como con la pluma, dio como nombre Colombia al país que concretara la vieja utopía europea.

Simón Bolívar, retomó la iniciativa de Francisco de Miranda, dejándolo plasmado en un célebre texto, escrito en su exilio jamaicano en 1815, la llamada CARTA DE JAMAICA (titulada originalmente CONTESTACIÓN DE UN AMERICANO MERIDIONAL A UN CABALLERO DE ESTA ISLA), la cual originalmente fue escrita en inglés, con anotaciones en francés, conforme el manuscrito que se conserva en el Archivo General de la Nación en Bogotá, un verdadero tesoro documental. El apartado que nos concierne es el siguiente:

La Nueva Granada se unirá con Venezuela...Su acceso es fácil y su situación tan fuerte que puede hacerse inexpugnable. Posee un clima puro y saludable, un territorio tan propio para la agricultura como para la cría de ganado, y una grande abundancia de maderas de construcción...Esta nación se llamaría Colombia como un tributo de justicia y gratitud al creador de nuestro hemisferio.

Es muy interesante, la génesis de un país como Colombia, que primero nace como un lugar ficticio, el cual surge en la mente de un escritor que imagina esta nación. Así como Gabriel García Márquez en cierto modo condensó Colombia en un pueblo imaginario llamado Macondo, en un primer momento, Colombia sólo estaba en la mente de un hombre que gustaba de escribir, talento que ha permanecido oculto por las virtudes combativas o estadistas de su autor. Colombia fue primero una creación literaria antes de concretarse en una realidad jurídica y política. Tiene mucho de poético, constatar que Colombia fue un relato antes que un Estado.

Ahora bien, lo interesante es que Bolívar no sólo imaginó y describió una república utópica, sino que llegó a fundarla y estuvo vigente durante 10 años, siendo un país que rápidamente creó lazos diplomáticos con otras naciones del mundo y pronto fue mirado al mismo tiempo con respeto y recelo por parte de otros.

El territorio colombiano era inmenso, lo que hoy equivale a Venezuela, Ecuador, Panamá, Colombia y una porción de la Guayana Esequiba. De haberse mantenido, hoy hablaríamos de una nación de 2,5 millones de kilómetros cuadrados y con 100 millones de habitantes.

Por su tamaño, pero también por los recursos naturales, culturales y humanos, en una biodiversidad extraordinaria, pero por los logros históricos que tuvo en tan poco tiempo de vida, aquel país utópico se ha llegado a conocer como la Gran Colombia. Es una tragedia histórica que aquel gran país no se haya consolidado como era el deseo de Bolívar, triunfando las pequeñas mezquindades sobre un gran proyecto mundial.

Colombia, ha sido, pues, el territorio de una gran utopía. No sólo quimeras fantasiosas, si consideramos la utopía desde un punto de vista optimista, no como algo que no existe, sino que algún día podría existir. La unidad, la integración, la justicia social, la consolidación del Estado, es decir de lo público sobre los intereses privados, la eliminación de la violencia, el logro del bienestar común y las oportunidades de progreso para sus habitantes. Colombia, la Gran Colombia, que por extensión cobijara a toda la América Latina. Esa utopía sigue esperando ser conquistada.

Simón Bolívar, el hombre que al igual que Sancho Panza gobernó una nueva Barataria, el mismo que enfermo, decepcionado y camino de la muerte dijo: Jesucristo, Don Quijote y yo hemos sido los más insignes majaderos de este mundo. La utopía de Colombia sigue siendo nuestra deuda con la historia. Ojalá alcance la vida para saldarla.

© Dixon Acosta
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Dixon Acosta es colaborador habitual del Sitio. En horas no laborales me encuentran en Twitter como @dixonmedellin.