Especial Vigesimosexto Aniversario, 11
La ciudad utópica de Lima
por Gastón Germán Caglia

Para el canon de los utopistas la idea de una ciudad o estado utópico era por definición un no-lugar, algo sin existencia corpórea pero al que se anhelaba llegar. Largamente comentada, su etimología es conocida por todos: gr. u: no y topos; lugar. Literalmente un lugar que no existe.

La utopía es, en definitiva, una sociedad imaginaria que representa la plasmación de un ideal social y que como todo ideal humano es construido arbitrariamente. Por ello este ideal es irrealizable en vida real de los seres humanos dado que el concepto de utopía adquiere ese carácter metafórico que lo torna irrealizable en la práctica y que por ende pasa a ser un sinónimo de un proyecto no del todo fundado sobre bases científicas.

Su principal exponente fue Tomás Moro, quien publica su UTOPÍA hacia el 1516, unos pocos años después del descubrimiento del Nuevo Mundo. Su obra es compleja en el sentido de que pergeña tanto una sociedad deseable como no deseable. Ello ha dado mucha tela para cortar en la filosofía, las artes, la ciencia política y también la ciencia-ficción.

Luego de los utopistas llegaron los que en las más perfectas utopías vieron espantosas distopías. No es de extrañar, muchos aspectos de la ideal isla de Utopía son aterradores no solo para los ojos de la época actual sino para cuando se escribió.

En primer lugar tenemos una isla que no debe tener contacto con otras civilizaciones. Para Tomás Moro ello es lo que permite mantener ese orden perfecto. Asimismo nos vemos frente a la idea de que no se puede aumentar el número de habitantes. Si ello llega a suceder, se toma la pretoriana idea de directamente expulsar al sobrante. Por otro lado también hallamos la idea de que los extranjeros que deseen habitar en la isla deben prestar servicio como esclavos por un tiempo.

Mientras tanto, en Latinoamérica y durante la conquista española, se produjo una avanzada evangelizadora por todo el continente y no mucho tiempo después de que Colón llegara en 1492 ya estaba instalada la Inquisición con todo su poder controlando lo que pensaban sus miembros y la creciente sociedad de indios, negros africanos y europeos, en especial españoles y mestizos que se estaba formando.

Este Nuevo Mundo fue un campo de experimentación social frente al choque de las dos civilizaciones. Esta situación supuso el reasentamiento de las poblaciones, su sometimiento o esclavización y una transformación radical de los paisajes naturales para adaptarlos a las técnicas de producción pre capitalistas introducidos por los europeos. Asimismo, implicó la erradicación de lenguas y culturas, de cosmogonías y tradiciones que luego se intentaron rescatar a través del relevamiento de historias orales como por ejemplo el relato inca EL JOVEN QUE SUBIÓ AL CIELO.

En ese contexto entre los religiosos comenzaron a circular algunos textos, en cierto sentido muy parecidos a los europeos, que bien pueden considerarse dentro del género proto-ciencia-ficción. Se desarrolló una literatura enclavada en lo religioso pero con algunos visos ficcionales que desarrollan ideas sobre el espacio, el vagar por el éter y por supuesto el tan mentado Apocalipsis, todo dentro del universo de manifestaciones discursivas que se produjeron como respuesta al proceso de conquista y dominación española en territorios amerindios durante el siglo XVI.

Así surge fray Francisco de la Cruz, que arriba a Lima desde España, en el 1557 y logra llegar a ser rector de la Universidad de Lima entre los años 1566 y 1569. Paradójicamente solicita la implantación de la Inquisición en Lima, y es esta institución por la que termina siendo juzgado y quemado 1578 por un Auto de fe en la Plaza Mayor de Lima.

Fue acusado y encontrado culpable, entre otros cargos, de hereje, traidor, loco, nigromante y anticristo. Su condena: ser relajado al brazo seglar, es decir, morir en la hoguera de la Inquisición, hecho que se produce el 13 de abril de 1578.

Con todo fue uno de los apologéticos de mayor renombre dentro de los místicos milenaristas y apocalípticos y sin querer impulsor de la prehistoria de la ciencia-ficción en este subcontinente.

Esto se debe a que su desarrollo teórico de más de 1500 fojas se conoce gracias a que se encuentra como prueba en el proceso que le lleva adelante la Inquisición. Allí realiza su DECLARACIÓN DE APOCALIPSI, una obra en la que profetiza que será el rey del Perú y Sumo Pontífice. Anuncia la llegada del Milenio igualitario y se postula como el padre y pastor de los indios maltratados injustamente.

Dentro de ella planteaba la idea de una ciudad utópica. Más precisamente el surgimiento de una ciudad utópica, nueva, sana y depurada de la corrupción que empapaba a Roma y en la que los indígenas serían los portadores de la religiosidad genuina, dado que ellos son los que aventajan en valor y sentido de justicia a los cristianos.

Esta ciudad estaría habitada por los nuevos ciudadanos, los incas, a quienes consideraba descendientes y herederos de las Doce Tribus de Israel. Con ello vaticina que la Iglesia de Roma y la Monarquía de España serán destruidas porque Dios quiere que los indios nativos y los españoles vivan en armonía y como hermanos.

Suena lógico para un místico que reciba los mensajes de San Gabriel , quien en la Biblia predice el Apocalipsis, sea quien se comunica con él para anunciar la llegada de un nuevo Apocalipsis a través de un Dios severo que hará temblar la tierra con terremotos destructores. Esto no es algo alejado de la realidad dado que la zona de Lima es propensa a los temblores y de hecho por esos años se habían registrado varios terremotos que acabaron con algunas ciudades.

Total que esta nueva ciudad utópica es planteada por uno de los personajes que abrirán el juego para la literatura fantástica o proto-ciencia-ficción en nuestras tierras, una ciudad que, a contra pelo de los utopistas más clásicos, se erigiría en la Lima colonial como algo tangible, cierto, palpable y que surgiría de las cenizas de la decadencia europea.

La DECLARACIÓN DE APOCALIPSI es en todo caso un discurso utópico con características milenaristas y mesiánicas, inaugurando una nueva retórica Andino-americana, dando lugar a los imaginarios, las manifestaciones religiosas y discursos de liberación que convergen en la asignación de un nuevo estatus para la comunidad amerindia del Perú virreinal del siglo XVI y que intenta producir una ciudad utópica bastante alejada a la de Tomás Moro.

© Gastón Germán Caglia
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Gastón Caglia es colaborador habitual del Sitio