Especial Vigesimosexto Aniversario, 10
El lado oscuro de las utopías
por Eduardo Gallego y Guillem Sánchez

Desde que existe la civilización, los seres humanos han soñado con sociedades perfectas, donde imperen la felicidad, la fraternidad, la justicia... Hablamos de las utopías, llamadas así por se trata de un concepto que rezuma buenos deseos. Muchos autores, antes y después de Tomás Moro, han propuesto sus propias versiones utópicas, que no comentaremos aquí.

Lo contrario de una utopía es una distopía. O sea, según el DRAE: Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana. En suma, una sociedad que hace aguas por doquier. Las distopías suelen ser más populares que las utopías en la ciencia-ficción, tal vez porque los escenarios felices y políticamente correctos aburren hasta a las ovejas, mientras que la infelicidad adopta infinitas formas interesantes la famosa obra de Tomás Moro, escrita en 1516. Por cierto, el pobre tuvo un final nada utópico, decapitado por obra y gracia del rey Enrique VIII.

La palabra utopía forma parte de nuestro idioma. Según el DRAE, tiene dos acepciones: Plan, proyecto, doctrina o sistema ideales que parecen de muy difícil realización y Representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano. En cualquier caso, no estamos aquí para tratar las distopías, sino que nos centraremos en su contrapartida amable.

En realidad, toda utopía crea o encierra monstruos.

Nosotros hemos escrito varios relatos de ciencia-ficción (en concreto, dentro de nuestras historias de antropólogos) donde presentamos al lector sociedades utópicas. No obstante, en cuanto profundizamos un poco, descubrimos que se trata del equivalente a los pueblos Potemkin, que parecen diseñados para engañar tanto a propios como a extraños. O sea, puras fachadas bonitas tras las cuales se oculta algo mucho más siniestro, o quizá la vulgaridad más absoluta.

Seamos realistas: una utopía no se crea de la noche a la mañana. Asimismo, resulta imposible contentar a todo el mundo. Si bien mucha gente prefiere la seguridad y la estabilidad frente a la libertad, siempre habrá quien se niegue a aceptar las nuevas normas impuestas. Indefectiblemente, los descontentos tendrán que ser apartados de la circulación, para no desentonar, bien sea reprimiéndolos o liquidándolos sin contemplaciones. En la bella postal de una utopía, las discordancias deben ser eliminadas. Así, detrás de su pulcra e ideal apariencia, esconden esqueletos en los armarios. A veces, literalmente.

Toda utopía implica represión. Y por mucho que se lave el cerebro a los ciudadanos, siempre habrá disconformes que, por el bien social, serán controlados. Las utopías han de ser implacables con el diferente para mantener la estabilidad. La uniformidad tiende a ser lo deseable, hasta el punto de devenir en tiranía.

Otro problema con el que pueden tener que enfrentarse es el tedio. Una sociedad que lo mantiene todo bajo control puede ser un infierno para los espíritus inquietos. De hecho, su destino final es el estancamiento. Para una utopía, su relación con el cambio es simple: destruirlo antes de ser destruida por él.

Si nos paramos a pensarlo, tras toda utopía subyace una soberbia extrema. Quienes las proponen pretenden que el universo funcione según nuestras ideas, creencias o esperanzas. Como consecuencia, de las utopías suele emanar un tufo elitista difícil de disimular. Sin embargo, la especie humana es insignificante a escala cósmica, una menudencia que mora en un planeta perdido entre la infinidad de estrellas que se hallan en una galaxia perdida en la inmensidad del espacio. Desengañémonos: a la naturaleza le importa un rábano cómo pensemos. Sus leyes no son las nuestras y, sin que podamos evitarlo, nos sorprenderá con lo inesperado. Y ahí está el punto flaco de las utopías.

Las utopías son rígidas y tienden a la uniformidad. El cambio es su perdición, por lo que se resisten a él con uñas y dientes. Sin embargo, si algo caracteriza a la naturaleza es el cambio, que implica evolución a través de la adaptación. Como las utopías carecen de flexibilidad, puede que les resulte imposible adaptarse a los inevitables cambios que tarde o temprano ocurrirán. Los cisnes negros acechan. También los rinocerontes grises, a los que se ve venir, pero no hay forma de esquivarlos. La supervivencia requiere diversidad.

También cabe mencionar a las utopías virtuales. En ellas se propone un universo artificial pero perfecto, superpuesto a la realidad más prosaica. Uno puede vivir en un cuchitril, alimentándose de comida infame, y creerse en el mejor de los mundos posibles, engañando a los sentidos gracias a las drogas o la tecnología. Esto resulta ideal para mantener a la sociedad contenta, evitando la lucha contra la injusticia, las revoluciones... ¿Qué más se puede pedir? Sin embargo, siempre habrá inconformistas con los cuales las sociedades utópicas, o quienes las manejen, tendrán que lidiar.

En cualquier caso, y por muy aburridas que nos parezcan las sociedades utópicas, pueden resultar sumamente atractivas para los escritores de ciencia-ficción. En concreto, su lado oscuro: los personajes que navegan entre dos aguas o se mueven por los resquicios que dejan las autoridades; los negocios sucios para contentar las pulsiones más sórdidas del alma humana, y que ninguna utopía conseguirá erradicar...

Para concluir, no olvidemos que a lo largo de la historia ya se ha intentado avanzar hacia la utopía o, al menos, perfeccionar la sociedad y el mundo en general. En muchos casos, el precio a pagar ha sido horrible. Paraísos del proletariado edificados sobre millones de muertos, supuestas mejoras de la raza a costa de esterilizar, encerrar o asesinar a los considerados inferiores, quemar obras de arte en aras de la moralidad pública... Eso, por no mencionar los incontables disparates ecológicos perpetrados para conseguir una naturaleza más bonita, amable o políticamente correcta. Gran verdad es que no hay cosa más dañina que las personas con buenas intenciones, idealistas sin conocimiento práctico de la realidad. Sin embargo, esto último daría para otro artículo, y no queremos cansarte, amigo lector.

Ave atque vale.

© Eduardo Gallego, Guillem Sánchez
(972 palabras) Créditos
Eduardo Gallego Arjona y Guillem Sánchez i Gómez son escritores