Especial Vigesimosexto Aniversario, 9
Utopías con trampa
por Eduardo Delgado Zahíno

Un niño idiota en el cuarto de las escobas

A principios del año 2022, mis padres y mi hermano menor contrajeron COVID en su variante ómicron. Mi padre y mi hermano se curaron pronto, pero a mi madre le quedó una neumonía por la que tuvo que ser hospitalizada, sedada e intubada.

Cuando despertó recuperada, meses después, Europa estaba al borde de una guerra nuclear.

En una ocasión leí un artículo, no recuerdo de quién, en el que, el que lo escribía, se preguntaba en cual de las dos versiones distópicas por antonomasia nos encontrábamos actualmente, en el 1984, de Orwell o en UN MUNDO FELIZ, de Huxley; evidentemente, en ninguna de las dos, pero si en una especie de versión light de ambas, concluía dicho artículo.

Un mundo en el que la democratización de la información gracias a Internet permite la proliferación de noticias falsas y revisiones históricas de chiste, aunque orwelianas, al tiempo que nos vamos viendo arrastrados a una somatización de la realidad virtual que se nos muestra a través de nuestros dispositivos móviles. Y es que, ahora, podemos elegir la realidad que más nos guste sin necesidad siquiera de saber el porqué de que nos guste. No necesitamos pensar. Bueno, en realidad nunca hemos necesitado pensar. Pensar no es una necesidad, pensar se piensa por vicio y en contra de la biología mamífera. Es como fumar, que te hace daño pero no puedes dejar de hacerlo. No, ahora no solo no necesitamos pensar, es que creemos que los exabruptos convulsos provenientes del cerebelo y pasados por la amígdala son pensamiento. O librepensamiento, que es peor.

Bueno, el caso es la cosa iba de utopías. Utopías con trampa. Pues ya está: LOS QUE SE ALEJAN DE OMELAS, de Ursula K. Le Guin. Para mí, el cuento paradigmático de semejante tema. Tan paradigmático creo que es, que espero no lo usen de ejemplo demasiados participantes de este especial en un intento de no utilizar paradigmas y ser originales... A ver si hay suerte y lo uso yo solo... Da igual...

¡¡¡SPOILER!!!

Omelas es una utopía. La gente canta y baila, come, bebe y folla con alegría. Sus campos dan estupendos frutos y su arte es excepcional, casi tanto como su ciencia, capaz de proporcionar máquinas que anulan el trabajo físico, transportes que te llevan a donde haga falta y hasta una droga que no hace daño. Libertad para lo que sea, mientras no implique provocar dolor a otros, explotarlos laboralmente o asesinarlos, cosa que, por otro lado, nadie siente la necesidad de hacer. Bueno, bueno, una maravilla. La descripción de Omelas se hace aprovechando que se celebra el Festival del Verano, para resaltar de ese modo la extrema alegría y felicidad que sienten todos y cada uno de sus habitantes...

No, todos no, y ahí está la trampa.

En algún sótano de algún edificio de Omelas, en el cuarto de las escobas, hay un niño. Está desnutrido porque apenas le dan de comer unas asquerosas gachas con sebo de vez en cuando. Está sentado en el suelo sobre sus propios excrementos. Nadie le habla, por lo que permanece es un estado de idiotez latente que nunca llegará a desarrollarse, porque ese niño jamás llegará a la edad adulta. Simplemente está ahí, sufriendo sin saber que sufre, sin poder racionalizar su estado. Solo estando.

En el relato no se explica el porqué de la agonía de este niño, pero se deja claro que, de algún modo, tal vez mágico, tal vez científico, tal vez simplemente social, la magnificencia de Omelas depende, únicamente, de que ese niño siga sufriendo. Y eso no es todo; cuando un felicísimo habitante de Omelas llega a cierta edad, se le obliga a ir, aunque sea una sola vez en la vida, a ver al niño. Y además se les explica eso, que toda su alegría, su alimento, su prosperidad, su comodidad, su ciencia, su futuro, todo, depende de que ese niño siga sufriendo lo indecible hasta que muera y sea sustituido por otro niño o niña. A algunos les parece justo que aquello sea así, a otros les parece monstruoso, pero lo aceptan y otros, que no pueden soportar esa realidad pero al mismo tiempo no quieren destruir Omelas por ayudar al niño, esos... Pues esos son los que le dan título al relato.

Pues nada: LOS QUE SE ALEJAN DE OMELAS, un gran relato de terror social más que de ciencia-ficción, pero grande por la enseñanza. ¿Y cúal es esa enseñanza? me preguntas, embutido en tu ropa buena pero barata cosida por alguna niña de a saber donde mientras el coltán de tu móvil hace lo que quiera que sea que hace el coltán dentro de tu móvil para que funcione tan chupi. Mi única respuesta, ya que me preguntas, es que, joder, lee algo y deja de mirar los vídeos mongoloides del Instagram.

El caso es que, en algunos países, vivimos en una utopía. Una utopía no tiene por qué ser absoluta, como la de Omelas, donde todo es estupendo y lo único malo y feo es un niño idiota que se pudre en un cuarto de las escobas, pero sí que podemos considerar como utópicas ciertas cosas de nuestras sociedades avanzadas. Y el mejor ejemplo que tengo para esto es la Seguridad Social. Vamos, el hecho de que te pilles un cáncer por fumar y te salga por la cara la curación total para que puedas vivir otros tantos años y con ello hacer felices a los que te quieren. Si eso no es utópico, que venga Elon Musk y lo vea.

Pero no hay dos sin tres ni Omelas sin niño sufriente. Nada es absoluto y el relativismo es la norma. Por eso empecé contando la historia de mi madre y su despertar en un mundo, ¡esperemos que no! pre-apocalíptico.

Por cierto, y para terminar mi caótica aportación, ya es la segunda vez que veo que plagian a la buena de Ursula. Una, la AVATAR de Cameron, que como película para el sensorama está muy bien, pero podría haber dejado dicho que la historia está basada en EL NOMBRE DEL MUNDO ES BOSQUE, de K. Le Guin. Y dos, el sexto capítulo de Star Trek: Strange New Worlds está descaradamente basado en LOS QUE SE ALEJAN DE OMELAS, sin que se escriba el nombre de la escritora en ningún momento de los títulos. Podrían haberlo hecho y hubiera sido bonito que el planeta donde ocurre el episodio se llamase Omelas.

© Eduardo Delgado Zahíno
(1.073 palabras) Créditos
Eduardo Delgado Zahíno es escritor