Especial Vigesimosexto Aniversario, 8
Las sociedades utópicas de Pascual Enguídanos
por José Carlos Canalda

Aunque dentro de las utopías españolas no sea uno de los autores más estudiados, posiblemente por el injustificado estigma de provenir de la literatura popular, Pascual Enguídanos fue mucho más allá de las sencillas historias de los bolsilibros vertiendo sus ideas sobre una hipotética sociedad futura presuntamente ideal, aunque en el fondo no lo fuera. Y no sólo lo hizo en La Saga de los Aznar, sino también en otras novelas menos conocidas ajenas a ésta.

Empecemos por la Saga. Como es sabido, en esta larga epopeya espacial su autor planteó un futuro en el que el desarrollo tecnológico es capaz de satisfacer todas las necesidades materiales de la población, una extrapolación de la evolución de la sociedad clara influida por el mecanicismo racionalista del siglo XIX, que planteaba una mejora continua de las condiciones de vida conforme fueran avanzando la ciencia y la tecnología, pregonado a ultranza por Julio Verne y seguido por la mayoría de los escritores de la primitiva ciencia-ficción de su época. Cierto es que a mediados del siglo XX, con dos guerras mundiales pasadas y la amenaza de una tercera por medio, había motivos sobrados para ser menos ingenuo sobre la capacidad de la tecnología mal empleada para provocar desastres; pero Enguídanos, como manifestó en más de una ocasión, era heredero literario de esas tradiciones ya antiguas, pero todavía vigentes en España a causa del aislamiento internacional al que entonces estaba sometida.

Sin extenderme demasiado, recordaré que la utopía enguidosiana consiste en una sociedad en la que todas las necesidades materiales estaban cubiertas, lo que hace que sus miembros vuelquen sus esfuerzos en actividades artísticas, científicas, culturales o deportivas sin más remuneración que el reconocimiento público. Ni siquiera tienen que trabajar, salvo en un breve servicio social obligatorio que, a modo del antiguo servicio militar, tienen que cumplir todos los ciudadanos, tras el cual se pueden dedicar al dolce far niente, si así lo desean, durante el resto de sus largas vidas.

Como corolario resulta una sociedad sin economía o, al menos, sin dinero, puesto que al ser todo gratis y haber superabundancia de todo, éste no tiene el más mínimo valor. Asimismo esta sociedad es inevitablemente igualitaria y carente del concepto de la propiedad individual, aunque en la práctica existen unas élites si no privilegiadas materialmente sí prestigiadas, principalmente los militares, los científicos, los ingenieros o los artistas.

Resulta curiosa la anécdota recogida en LA HORDA AMARILLA cuando los protagonistas, contemporáneos de los lectores, retornan a la Tierra varios siglos después a causa de los efectos relativistas, encontrándose con una sociedad infinitamente más avanzada que la que dejaron atrás. Uno de ellos, sorprendido por las enormes diferencias con las que se encuentran, mantiene con su anfitriona la siguiente conversación:

—O sea, que el Estado policía lo rige todo y hasta los ideales y los pensamientos han sido forzados a encauzarse por una línea recta.

—Creo que así ocurre, en efecto. Pero esto es como todas las cosas. A nuestros antepasados les debió costar mucho conformarse a la supresión de la personalidad y de la propiedad individual. Nuestra generación adaptada a este estado de cosas vive contenta y feliz.

—¿Comunismo?

—Cristianismo —dijo la coronela sonriendo—. Ésta y no otra es la diferencia existente entre Oriente y Occidente.

Hay que advertir que la utopía abarca tan sólo a lo que se conocía entonces como el mundo occidental, ya que en el bloque comunista, ampliado a la práctica totalidad de Asia y buena parte de Europa por mor de guerras anteriores, rige un brutal régimen tiránico trasunto de la todavía reciente dictadura estalinista. En un artículo anterior ya expuse mi convicción de que este diálogo fue con toda probabilidad un guiño a la censura para evitar posibles complicaciones, al tiempo que expresaba mi teoría de que, antes que una utopía comunista camuflada de cristianismo, lo que Enguídanos planteó en realidad fue una utopía falangista pese a que no se le conocen al autor valenciano simpatías políticas en este sentido, sino más bien al contrario. Quizá fuera una forma edulcorada de evitar problemas, pero el caso es que, ideologías aparte, la utopía de La Saga de los Aznar resulta curiosa e interesante, máxime cuando es un caso único en la ciencia-ficción popular española y casi en la ciencia-ficción española a secas.

Pero muy hábilmente no se paró aquí, lo cual es de agradecer ya que una utopía perfecta es algo terriblemente aburrido. Así pues, la sazonó con convulsiones periódicas que la ponían patas arriba, por lo general a causa de los choques de los terrestres primero, y los valeranos después, con las diferentes razas indefectiblemente hostiles con las que tropezaban en sus correrías por el universo: thorbods, hombres de silicio, nahumitas, sadritas... cuando no eran los propios valeranos los que organizaban por sí mismos escabechinas y destierros masivos de sus carismáticos líderes cada vez que pintaban bastos.

Como curiosidad cabe reseñar que a Enguídanos, como hombre de su tiempo, se le colaron algunos anacronismos en su desarrolladísima sociedad: así, pese a su radical igualitarismo que prohíbe tajantemente cualquier tipo de servidumbre, en el ámbito doméstico las mujeres siguen siendo las encargadas de guisar, poner la mesa y fregar los platos y, por extensión, de ejercer como reposo del guerrero. Asimismo, esta sociedad tan avanzada es refractaria a cualquier atisbo de democracia parlamentaria, estando regida por una casta de guerreros carismáticos —los Aznar, sin parentesco alguno con el ex presidente del gobierno— que, por si fuera poco se transmiten el poder de forma hereditaria. Pero para lo que daba de sí la pacata España franquista, era más que suficiente.

No se limitó Enguídanos a esta utopía, ya que a lo largo de su obra nos plantea varias más. Algunas están inspiradas claramente en el mito del buen salvaje, lo cual choca paradójicamente con la fe ciega en el desarrollismo ilimitado de la utopía principal. La primera vez que aparece este tópico popularizado por Rousseau, anterior incluso a la utopía valerana, es con los saissais que habitan en Venus, sojuzgados por los crueles thorbods gracias a su tecnología superior. Ayudados por los protagonistas consiguen sublevarse con éxito, pero la sorpresa llega cuando se descubre que los saissais son descendientes de una antigua y evolucionada raza que, tras verse al borde de la extinción tras una guerra apocalíptica, decidieron apartar a sus descendientes de esta peligrosa senda condenándolos a una vida sencilla aunque, eso sí, manteniendo una vigilancia discreta desde una remota base secreta en la que se mantienen hibernados, para intervenir si lo consideran necesario.

Enguídanos retomó con variantes la historia del buen salvaje en la trilogía de Heredó un mundo, donde el millonario protagonista viaja a Venus con la intención de colonizar el planeta implantando un gobierno utópico regido por él mismo, y en la novela independiente EMBAJADOR EN VENUS, incluyendo también en esta última a los antecesores que renuncian a los avances técnicos para preservar a sus descendientes de los males de una tecnología mal utilizada. Se da la circunstancia de que, al reescribir la Saga para la reedición de los años 70, Enguídanos refundió parte de estas dos historias con la primitiva de los saissais, lo que parece demostrar que le seguía gustando la idea.

Volviendo a la Saga original, también es una sociedad primitiva, o atecnológica, la de los habitantes de Redención, el gigantesco planeta hueco en cuyo interior habitan los tenebrosos hombres de silicio, los cuales son civilizados y cristianizados por los exiliados terrestres dando origen a una nueva raza mestiza. Muy parecidas a ellos son las amazonas que habitan en Exilo, el antiguo planeta thorbod donde son abandonados los Aznares desterrados de Valera, descendientes en esta ocasión de antiguos esclavos terrestres llevados allí por los thorbod en un intento de repoblar sus ancestrales lares tras ser expulsados del Sistema Solar por los valeranos.

Ya en la segunda parte de la Saga, y casi al final de ésta, aparecen los tapos, descendientes de la mezcla de los valeranos con los barptures en el gigantesco circumplaneta Atolón. En este caso su caída en el primitivismo se debe al colapso provocado por el cataclismo que fragmentó el circumplaneta en varios pedazos, pero como quien tuvo retuvo, no tardarán en recuperar con inusitada rapidez el nivel tecnológico perdido gracias a la ayuda de los valeranos.

Retrocediendo hasta el principio de la segunda parte de la Saga nos encontramos con los citados barptures, claramente inspirados en el budismo y las diferentes culturas orientales que estuvieron de moda en la década de 1970. Éstos no han renunciado ni voluntaria ni involuntariamente a una tecnología tan avanzada que les permitió construir el gigantesco Atolón así como unas fabulosas máquinas, las karendón, capaces de reproducir cualquier cosa a modo de cuerno de la abundancia, incluyendo cuerpos humanos. El problema vino de su acendrado pacifismo, que les impidió enfrentarse a los enemigos de turno, las sanguinarias mantis, prefiriendo desmaterializarse en las karendones a la espera de tiempos mejores. Eso sí, sin el menor escrúpulo a la hora de dejar una señal de aviso que pudiera servir de reclamo a otros visitantes del cosmos —los valeranos en este caso—, los cuales asumen el trabajo sucio de exterminar a los insectos gigantes para luego rematerializar a los barptures sin haber tenido éstos que mancharse las manos.

Para finalizar podemos considerar también como utopías la extraña sociedad de los eternos de Redención, muy criticada por el autor, los cuales consiguen una inmortalidad artificial implantando sus cerebros en cuerpos mecánicos. También la república negra de la novela independiente EL NUEVO PODER, donde miembros de esta raza crean un refugio en África desde el cual, valiéndose de unos avances tecnológicos desconocidos en occidente, intentan exterminar a los odiados blancos que durante siglos los esclavizaran. O, por último, la utopía religiosa descrita en la corta serie de Bevington, donde el iluminado — ¿o quizá no? — que le da nombre funda una secta fundamentalista que reniega de todos los avances tecnológicos de la humanidad por considerarlos perversos, trasladando a sus acólitos al remoto Ganímedes para emprender allí una nueva vida con poco más que sus manos. Huelga decir que este primitivismo rampante y sectario no impide que su líder se rodee de biólogos y epidemiólogos eminentes, a los cuales engaña para desarrollar un virus con el que provoca una que arrasa a la Tierra, al tiempo que hipócritamente la atribuye a un castigo divino a los pecados cometidos por la humanidad.

Creo que no se me ha olvidado nada, por lo que tan sólo me queda recordar, a quienes deseen profundizar en este tema, que pueden hacerlo en la sección monográfica que Pascual Enguídanos tiene dedicada en el Sitio.


Notas
© José Carlos Canalda
(1.787 palabras) Créditos
José Carlos Canalda es colaborador habitual del Sitio