Especial Vigesimosexto Aniversario, 6
Lo que no ves
por Armando Parva

Una frase bíblica resume estupendamente la mayoría de la literatura utópica que nos han regalado los literatos a los largo del tiempo: sepulcros blanqueados.

Recordemos primero que es una utopía, el término lo acuño Tomás Moro allá por 1516 en su libro... bueno, lo pongo a pie de página . De original no tiene mucho, es otro de tantos tratados críticos sobre la sociedad y gobierno del momento, y las propuestas que hace el autor sobre como piensa que deberían ser las cosas, ni siquiera tengo claro que sea el primero. Pero la palabra utopía cuajó, y desde entonces nos sirve para definir un lugar sin tacha ni defectos.

La etimología griega de utopía se discute entre buen lugar o no lugar, la cosa no está clara, pero ambos casos definen bien las intenciones de Moro, la proposición de una república donde todo fuera perfecto, al menos a nivel organizativo.

Pero es en la propia Utopía original donde las cosas empiezan a torcerse, al menos desde la perspectiva actual. Al respecto no hay nada que reprocharle de forma retrospectiva al propio autor puesto que nada de lo que propone era mal visto en su momento. No caigamos en revisionismos estúpidos, pero si tengamos claro que muchas de las cosas que proponía podrían hacernos incómodo vivir en ella. Por lo pronto, la esclavitud está permitida, aunque solo como forma de castigo penal, la pena de muerte tampoco se desprecia, aunque solo se aplique a los reos de alta traición a la república

También cae en contradicciones muy curiosas a nuestros ojos, como la tolerancia religiosa contrapuesta a una estructura familiar donde la figura del pater familias era la dominante, aunque sin llegar a tener toda la potestas, del pater familias romano. Igualmente la democracia es limitada: el cargo de príncipe es electo pero vitalicio, si bien sujeto a escrutinio y deponibilidad si éste cae en la tiranía, esto es, empezaba a tomar decisiones sin tener en cuenta a los ciudadanos que le habían elegido.

Aunque discutibles en nuestra época, para el siglo XVI las ideas de Moro eran el colmo del progresismo, pero son esos aspectos discutibles los que han ido ensombreciendo las sucesivas utopías imaginadas hasta nuestros días.

Lo primero que suelen olvidar los utópicos es que la naturaleza humana es desigual, no hay uniformidad de pensamiento ni actitudes. Una buena educación puede reprimir y corregir muchos casos, pero los sociópatas no tienen remedio, son así, y sus actos se ven marcados fundamentalmente por su interés particular, no el social.

Además hay una buena cantidad de pulsiones humanas que acaban por desbordar las buenas costumbres y los usos civilizados, desde la codicia hasta los impulsos sexuales, dan al traste con los mejores propósitos. Hasta los mismos utopistas, en la propia concepción de la utopía, caen en el vicio nada saludable de organizar la vida ajena sin que nadie se lo haya pedido, algo que ya sabemos trae funestos resultados.

De ahí que toda utopía acabe teniendo un lado oculto, sombrío, inquietante, que esconde miserias escandalosas: lo que no ves.

La ciencia-ficción es prolija en este tipo de dualidades utopía-antiutopía. La más evidente es UN MUNDO FELIZ, de Aldous Huxley. La referencia es obvia, tras el mundo ordenado y aséptico que se ha creado a costa de eliminar la libertad individual y el libre albedrío enfrentado al mundo caótico y desordenado que se conserva como curiosidad etnográfica.

Otra que me gusta mucho es MERCADERES DEL ESPACIO, de Frederik Pohl y C. M. Kornbluth. No suele citarse como novela utópica porque Mitchell Courtenay, su protagonista, cae prontamente en las miserias del sistema, pero el mundo de Courtenay es perfecto... siempre que no saques un pie fuera del camino recto que han marcado los que deciden cual es el camino recto. Se suele poner como ejemplo del consumismo salvaje, pero al igual que UN MUNDO FELIZ, el orden y la felicidad solo se consiguen, y conservan, si se renuncia a ser un individuo con pensamiento propio.

Otra utopía interesante es la propuesta por Ursula. K. Le Guin en LOS DESPOSEÍDOS. Nuevamente nos encontramos con la utópica anárquía colaborativa de Anarres contrapuesta al caos individualista de Urras. Le Guin se pierde en muchas digresiones filosóficas, pero entiende que las utopías acaban restringiendo al individuo con esa insistencia en disolverlo dentro de un colectivo. La alternativa que propone no es que sea muy atractiva, pero paradójicamente ofrece más libertad personal.

Para acabar, una aportación en español, AHOGOS Y PALPITACIONES, de Andreu Martín. También muy influenciada por UN MUNDO FELIZ, nos presenta una sociedad hedonista donde todo gira alrededor de la diversión y el placer, o del puro vicio, como prefieran. Nuevamente, quien no sigue esa sencilla regla, es decir, quien se significa de alguna forma, es reeducado de forma poco sutil a cargo de una brutal policía de las buenas costumbres.

En general la parte oscura de las utopías nos remite a personajes asfixiados y oprimidos por la perfecta sociedad en la viven, y se rebelan contra la uniformidad impuesta, y muchas veces impostada, a la que se deben someter. Saliéndose de la norma correcta acaban descubriendo, o cayendo ellos mismos, en la parte menos atractiva de las mismas. Algo que no es difícil de ver en nuestro, por otro lado para nada utópico, día a día: una moralidad forzada y un recto proceder que no se puede transgredir, y ni siquiera discutir, si no queremos que los guardianes talibanizados de la misma respondan violentamente empujándonos de momento, y solo de momento, a la muerte civil.


Notas

En latín original: Libellus vere aureus, nec minus salutaris quam festivus, de optimo reipublicae statu, deque nova insula Vtopi, que según la traducción de la Wiki viene a decir, Librillo verdaderamente dorado, no menos beneficioso que entretenido, sobre el mejor estado de una república y sobre la nueva isla de Utopía.

Como se ve, delito que a lo largo de la historia siempre ha estado, y está, muy mal visto.

© Armando Parva
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Armando Parva es colaborador habitual del Sitio