Cuando lo atómico estaba de moda
por Francisco José Súñer Iglesias

Hubo un tiempo, allá por los años 1950, que la energía nuclear parecía que iba ser la panacea universal. El poder del átomo parecía infinito y controlable, y que cualquier cacharro estaría impulsado eternamente por diminutas pilas atómicas.

Con el tiempo el buen juicio y la prudencia imperó, y aunque la energía nuclear sigue siendo una apuesta consistente, a nadie se le ocurriría dejarla campar libremente y se la mantiene prudentemente confinada y vigilada. Pero a principios de siglo, cuando ya se conocían las propiedades (pero no se relacionaban del todo las consecuencias) de los materiales radiactivos, se usaron en aplicaciones comerciales de índole doméstica.

Aunque hay otros muchos, dos casos son especialmente espeluznantes. Para el primero nos remontaremos a 1917. Los Curie habían descubierto el radio en 1898, y entre sus propiedades estaba la fluorescencia, que avispados empresarios aplicaron a diversos usos, entre ellos pintura visible en la oscuridad. En Estados Unidos, la empresa United States Radium Corporation fabricaba relojes e indicadores luminosos para el ejército, y estos aparatos eran pintados a mano sin tomar la menor precaución. Como aquella pintura resultaba ciertamente graciosa, algunas de las empleadas, como Mollie Maggia, Catherine Wolfe o Grace Fryer, además de estar expuestas al material en su trabajo, lo usaban para resaltar sus complementos, pintarse las uñas e incluso los dientes, lo que has hacía destacar en bailes y salas de fiesta. Los efectos de la radiación no tardaron en manifestarse y todas ellas murieron a causa de diversos cánceres y necrosis. Lo único bueno que se sacó de aquello fue la conciencia de lo peligroso que era el uso y trabajo con aquellos materiales.

Otra aplicación creativa, esta vez de los Rayos X, fue la del inventor estadounidense de origen alemán Albert Geyser. Inventó un contenedor seguro del descubrimiento de Röentgen y lo comercializó a partir de 1924 mediante la empresa Tricho en forma de máquina depilatoria. Lo efectos no tardaron en manifestarse y al poco ya recibía su primera demanda por desfiguraciones faciales. Las autoridades tardaron relativamente poco en reaccionar, y ya en 1929 el tratamiento fue clasificado de extremadamente peligroso y las máquinas prohibidas radicalmente.

Pero no fueron los únicos ejemplos de belleza radioactiva, incluso pasada la II Guerra Mundial en Europa se vendió la pasta de dientes Doramand, hasta la prohibición total ese tipo de productos.

En el ramo de la tecnología se proponían aviones atómicos, de hecho Estados Unidos y Rusia estuvieron jugueteando con el concepto convirtiendo unos bombarderos B-36 y Tu-95, respectivamente, para transportar un reactor nuclear, si bien solo con el fin de comprobar que tal de seguro era. Las conclusiones no despertaron gran entusiasmo, porque no pasaron de esas pruebas, aunque se desarrollaron otros proyectos, también sin mucho recorrido.

No obstante, la generación de electricidad, energía atómica mediante, si pasó exitosamente de su fase experimental, e incluso se aplicó a la propulsión de barcos, sobre todo grandes portaaviones, submarinos y allá donde resultó factible, y por ahí los tenemos surcando la mar salada.

Otro uso que se quiso dar a la energía atómica fue la modificación genética de plantas con el fin de conseguir variedades mutantes más productivas y resistentes. Incluso en España se abrió en 1961 una estación experimental en la finca de El Encín, muy cerca de Alcalá de Henares, en la provincia de Madrid. La investigación al respecto sigue, pero por métodos bastante menos arriesgados.

Al cabo del tiempo con los miles de médicos (y pacientes) afectados por un uso descuidado de las máquinas de Rayos X, y las evidentes pruebas de la peligrosidad de las pruebas nucleares en Nevada, y su culminación en las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, en la distancia resulta sorprendente que todavía en los años posteriores a la IIGM se tuviera una veneración casi religiosa hacia el uso doméstico de la energía nuclear.

Hasta tal punto llegaba el asunto que se vendían como juguetes auténticos laboratorios radiactivos, como el Gilbert U-238 Atomic Energy Lab, con nada menos que cuatro muestras radiactivas activas, o el Atomic Energy Lab, con sus muestras de uranio y radio para experimentar. El Quimicefa original era un chiste comparado con esto.

En la cultura popular también estaba de moda, Tan de moda que en los años 1950 hubo una tendencia en diseños de cocina inspiradas en lo atómico. Busquen Atomic kitchen y se verán transportados a mediados del siglo pasado donde las líneas limpias y los colores brillantes eran el santo y seña del diseño doméstico.

La literatura y el cómic no podían quedarse atrás y a día de hoy desconcierta la naturalidad con la que muchos de aquellos autores imaginaban fuentes de energía miniaturizadas aplicables a todo uso. Un ejemplo lo encontramos en CIUDAD, de Clifford D. Simak, donde la energía nuclear sirve para casi todo. Los cohetes atómicos tampoco son extraños, Heinlein nos dio un buen ejemplo de cómo construir uno en ROCKET SHIP GALILEO, y Arthur C. Clarke no se quedó atrás en PRELUDIO AL ESPACIO.

Un ejemplo muy popular fue la Hormiga Atómica. Su aparición fue más tardía, sobre 1965, y yo, al menos, recuerdo habérmelo pasado muy bien con las aventuras de aquel pequeño y simpático engendro radiactivo. Por si aquello fuera poco también hubo un Atomic Rabbit y un Atomic Mouse, entre otros.

En realidad nunca ha dejado de estar de moda, puesto que atómico sigue siendo sinónimo de extravagante, impactante, casi fenomenal.

Luego, con los años el entusiasmo desapareció, la prudencia se impuso y la paranoia se desató. Casi contemporáneas con estas muestras de optimismo tuvimos el nacimiento de Godzilla, desde un Japón más concienciado (a la fuerza ahorcan) o las hormigas gigantes de LA HUMANIDAD EN PELIGRO, que a su vez inspiró al genial Ibañez la primera historia larga de Mortadelo y Filemón... si, han adivinado: EL SULFATO ATÓMICO.

A día de hoy, con la que estamos pasando, volvemos de nuevo la mirada a lo atómico desde una comprensión y un manejo de la tecnología infinitamente superiores a lo que se tenía por aquellos años. En absoluto se trata con ligereza, pero si se considera como una de las fuentes fundamentales de energía que, por motivos puramente ideológicos, se dio de lado para acabar lamentando a día de hoy las carencias a las que aquellas decisiones nos han abocado.

© Francisco José Súñer Iglesias
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