Es una vida maravillosa... en este universo
por Magda Revetllat

Cada año alguna cadena de televisión, generalmente más de una, ofrece en su programación navideña el clásico QUÉ BELLO ES VIVIR (IT´S A WONDERFUL LIFE, 1946). Dirigida por Frank Capra, ambientada en una pequeña ciudad, relata la historia de George Bailey en un flashback que ocupa casi toda la película. George se encuentra en un gran apuro después de haber dedicado casi toda su vida a la comunidad en la que vive y los ruegos de ayuda en su favor llegan a oídos de seres más allá de este mundo.

Intento verla al menos una vez cada año y cuando me preguntaron por qué respondí que era interesante ver cómo una persona sola puede cambiar tanto su entorno, esas acciones más o menos grandes derivan en una cadena de acontecimientos que repercuten y se agrandan como las ondas que en un lago se forman después de tirar una piedra.

Pero mira, con el tiempo he visto que lo que me gusta es lo que en la actualidad muestran tantas series y películas, universos paralelos, extraños, en las que las mismas personas viven en situaciones distintas, me gusta la visión de ese universo distinto en el que George va a caer, un lugar lleno de seres que malviven en una ciudad ingrata.

Se suele decir que lo que décadas y siglos atrás se derivaba a un formato sobrenatural, como son las apariciones de ángeles o santos, en la actualidad se enfoca a los ámbitos de la ciencia-ficción, teniendo en cuenta además que físicos y científicos en general no dejan de asombrarnos con nuevos descubrimientos y teorías.

Cada año la extrañeza de George Bailey es mi extrañeza en ese otro lugar y su alivio es el mío al volver a Bedford Falls desde el infierno de Pottersville y pienso en los universos paralelos que puede que existan más allá del conocido.

Mientras deseo a todos una feliz Navidad y cuidado con los turrones, sobre todo con los que han sobrado un mes después, o contemplar la posibilidad de viajar atrás en el tiempo para decirle a nuestro yo anterior que, por favor, no compre tantos.

© Magda Revetllat
(355 palabras) Créditos