El hijo del medio
por David Quintero

La humanidad es ahora mismo el hijo del medio. Demasiado mayor para explorar la Tierra y demasiado joven para explorar el espacio.

Me encontré con esta frase, de autor anónimo, hace pocos días, y debo decir que me gustó bastante, me agrada su tono de melancolía, al menos hasta cierto punto. Quiero decir con esto que aunque la melancolía es probablemente necesaria, incluso buena, y puede impulsar el trabajo creativo e invitar a la reflexión, regodearse en ella demasiado no creo que tenga nada bueno.

Lo positivo de esta frase es su matiz poético, soñador, con el que conecto bastante. Por otro lado, es cierto que aún somos jóvenes para explorar el espacio, aunque sabemos que nuestro futuro a largo plazo está ahí. El Sol no durará eternamente. Como dijo el pionero de la astronáutica, Konstantin Tsiolkovsky: la Tierra es la cuna de la humanidad, pero no se puede vivir en la cuna por siempre. Creo poco probable llegar a ver colonias en la Luna o Marte antes del 2050, pero ya se sabe que este tipo de predicciones le suelen dar a uno sorpresas... Explorar el espacio es ahora mismo costoso, sin duda, y la prueba es que son robots los encargados de la mayor parte de esta exploración. Sin embargo, es una empresa necesaria, que a veces ha dado lugar a avances en nuestro mundo (el ejemplo típico es el velcro). Según Neil deGrasse Tyson, el primer trillonario será aquella persona que sea capaz de explotar el espacio con beneficios. Probablemente sea la minería de asteroides en lo que deGrasse Tyson estaba pensando. Hay muchos metales y otros elementos en los asteroides. Para que la explotación de estas rocas espaciales sea rentable, la clave está en ser capaz de reducir el coste de dejar la Tierra (o quizá simplemente establecer hábitats permanentes en el espacio). La Tierra es un pozo gravitatorio que demanda gran energía para poder abandonarlo. Seguramente, las civilizaciones más avanzadas, o explotarán fuentes de energía con las que solo podemos señar, como la antimateria, o huirán de los planetas y de sus pozos gravitacionales como nosotros ahora huimos de pantanos o tierras insalubres.

La frase tiene (o podría tener) un sentido pesimista, una cierta invitación al desánimo, al constatar que no estamos en ninguno de los grupos de exploradores. Este matiz es el que rechazo. Ser el hijo del medio nos da la oportunidad del crecimiento, nos coloca en una posición privilegiada: todas las generaciones tienen el poder de construir el futuro, pero esta generación es la que puede también diseñarlo. Y esto seguro que conlleva premio, como sugería la frase de deGrasse Tyson. Y no solo en lo económico, sino también el honor de abrir el camino del futuro para la humanidad. Recuerdo un libro de la editorial Baen de llamativa portada titulado GOING INTERSTELLAR. Era toda una declaración de optimismo y de espíritu de exploración y aventura. Debajo del título había una cita del escritor de ciencia-ficción y astrofísico David Brin: In our age of amazing progress, why let our dreams shrink? This book help us to think bold! Let´s forge ahead by going interstellar! (En nuestra era de asombrosos progresos, ¿por qué dejar que nuestros sueños se empequeñezcan? ¡Este libro nos ayuda a pensar audazmente! ¡Demos un salto inmenso hacia adelante yendo a las estrellas!). Toda una declaración, sin duda.

De todas formas, es posible preguntar, para alguien en el aquí y ahora, si somos el hijo del medio, ¿realmente no tenemos otra opción que renunciar a la exploración? Pues no tiene por qué ser así si hacemos caso a Marcel Proust. El genial autor francés escribió en su magna obra, EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO, que el auténtico descubrimiento era ver con otros ojos lo mismo que veíamos cada día, es decir, el redescubrimiento.

Si podemos cambiar nuestros esquemas mentales, abrir los ojos y mirar y ver, seremos todos exploradores. Y nuestros mejores artistas nos ayudarán a ello. Dará igual ser o no el hijo del medio. Proust hizo esto en su obra literaria. Conseguía que un paseo por el campo o la descripción de un recuerdo de la infancia se convirtiesen en una experiencia sensorial increíblemente rica y compleja, llena de matices insospechados, de sutilezas escondidas; Proust dota de alteridad, de extrañeza, a lo más común y cotidiano, recrea auténticos paisajes alienígenas en nuestro mundo. Y no solo Proust y la literatura hablaron del viaje interior del descubrimiento. También un científico como Erwin Schrödinger puso el foco en la importancia de nuevas miradas a cosas antiguas, la tarea no es tanto ver lo que no se ha visto como pensar lo que no se ha pensado.

Es posible que esta entrada le haya parecido a muchos lectores excesivamente optimista. La verdad es que reconozco este sesgo. Pero debo decir que mi creencia en el optimismo es una creencia, al menos en parte, artificial. Es decir, como todos los seres humanos, tengo por naturaleza un sesgo hacia lo negativo, supuestamente heredado porque biológicamente era más conveniente, para maximizar la supervivencia, centrarse en lo negativo, en los peligros. Sin embargo, soy consciente de que para el mundo actual muchos de estos sesgos no son ya tan necesarios y de hecho pueden ser incluso contraproducentes. Soy también consciente de lo mucho que el mundo ha progresado, a pesar de los fallos que aún quedan. Y sé que creer en algo, lo que sea, es probablemente imprescindible para crear y para vivir, como decía Tolstoi. Por tanto, me obligo a eliminar mis sesgos negativos. En realidad, aunque muchas cosas son complicadas (la exploración espacial desde luego lo es), nuestra inventiva y nuestros recursos tampoco se quedan atrás. Probablemente nos sorprenderíamos de la cantidad de cosas que se pueden hacer si realmente nos lo proponemos. En palabras del físico de Oxford, Anders Sandberg: el conjunto de lo realista es mayor que el conjunto de lo creíble.

© David Quintero
(984 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Mundos múltiples el 23 de noviembre de 2019