El futuro en que vivimos, 39
El metaverso
por Francisco José Súñer Iglesias

Aunque ahora en un segundo plano a causa del Apocalipsis que se nos viene encima, últimamente se habla mucho del Metaverso. Se trata de una iniciativa de Meta (Mark Zuckerberg) que pretende desarrollar un universo virtual donde se podrá replicar casi todo lo que es posible hacer en el mundo real. En realidad se trata principalmente de un lavado de cara del desprestigiado Facebook con la astuta argucia de cambiar de nombre a la empresa, pero obviamente hay algo más detrás.

De momento, el concepto de Metaverso parece relativamente sencillo de entender, pero conlleva implicaciones un tanto oscuras. El asunto va más allá de un mero divertimento estilizado como fue Second Life (¿queda alguien ahí?) o lúdico como Fortnite. Se trataría de un entorno sintético, réplica prácticamente exacta del real, con las ventajas inherentes a la inmediatez de lo digital. ¿Queremos visitar Melbourne? Nada más fácil que desearlo y ubicarnos al punto allí, disfrutándolo con todo detalle y a la máxima resolución. ¿Queremos comprar una casa? No sería necesario desplazarse para conocer la vivienda y el entorno. Una visita virtual realista ayudaría enormemente con la decisión de compra, y solo en una tarde de visitas. De hecho, actualmente no son extrañas esas visitas virtuales en vistas 360º, y mediante Streetview o Streetside es sencillo hacerse una idea del entorno donde están ubicadas.

Pero no solo eso, todo tipo de transacciones que podemos realizar en el mundo real también se harán en el Metaverso sin mayores problemas. Desde gestiones en el banco o ayuntamiento, hasta la compra semanal, pasando por la presencia in situ en espectáculos o competiciones deportivas, obviamente, el teletrabajo adquirirá otra dimensión porque trabajaremos codo con codo de forma efectiva con nuestros compañeros. Hasta las reuniones familiares y con amigos podremos mantenerlas en el Metaverso sin, en realidad movernos de casa.

Y quien sabe, con los interfaces adecuados también podremos disfrutar en cierto modo de esos jugueteos en los que está pensado.

A día de hoy es posible hacer de forma más tosca y dispersa de la descrita mucho de esto, la idea del Metaverso es no tener que anda saltando de entorno en entorno, sino que desde un único punto de acceso podamos movernos entre ellos sin que suponga un... fallo en la Matrix...

Porque efectivamente, y no creo que se sorprenda si le digo que de nuevo se lo que está pensando: a los aficionados a la ciencia-ficción esto nos suena a viejo. La cantidad de veces que se han descrito entornos similares es incontable. La primera vez que, al menos yo sepa, se describió un metaverso fue en 1964, en la novela SIMULACRON-3, de Daniel F. Galouye, (llevada al cine por Josef Rusnak, como NIVEL 13 en 1999). En 1974, en el episodio EL BROMISTA de la serie animada de Star Trek, se nos presentó el precursor del Holodeck, que tanto juego dio en las sucesivas series de la franquicia. En 1982 todos alucinamos con el mundo virtual de TRON, aunque aquello era más bien un reino paralelo digital. Al poco, en 1984 (año, no novela), William Gibson nos regaló el Ciberespacio en NEUROMANTE, pero quien fijó el término Metaverso fue Neal Stephenson en su novela SNOW CRASH, en 1991. Por supuesto, el bombazo de THE MATRIX en 1999 dejó boquiabierto a todo el fandom (y gran parte del extranjero), hasta que en 2011 Ernest Cline y su READY PLAYER ONE (que vimos en el cine con el mismo título en 2018) elevó la apuesta al ritmo de videojuego. Aunque no transcurriera en un mundo virtual, LOS SUSTITUTOS (Jonathan Mostow, 2009) ya nos dejó ver que no era necesario moverse de casa para ver mundo cómodamente a través de terceros. Por supuesto, puede añadir su descripción favorita de mundo virtual a este breve, pero significativo, resumen.

¿Y todo eso para cuando? Desde luego no será mañana. Simplemente pensar en la potencia de cálculo necesaria para soportar tal universo paralelo, con la prometida sensación de realidad a todos los niveles sensoriales, supera las expectativas más delirantes. Pero no se apuren, mi teléfono móvil es miles de veces más potente que mi primer ordenador de sobremesa. Han hecho falta cuarenta años entre la fabricación de uno y otro para llegar a este punto, pero ha sucedido.

En cualquier caso, éste tipo de anuncios no me dan la menor confianza, con los años que llevo en esto de Interné he comprobado que las tecnologías y los conceptos no se imponen por la mera voluntad de sus promotores, sino por una combinación de oportunidad, funcionalidad y masa crítica, esto es, en un momento determinado hay una aplicación que cubre un nicho o necesidad (curiosamente, sin una clara demandada previa) con unas funcionalidades bien adaptadas a los requerimientos (no definidos formalmente) de ésta, y se populariza hasta que su masa de usuarios es tal que la convierte en dominante. Véase el propio Google, Facebook, Twiter, WhatsApp, Tik-Tok, etc, etc, Ninguna de ellas era, ni es, única en su especialidad, en muchos casos ni siquiera la primera en aparecer o ser dominante, pero poco a poco, y sobre todo silenciosamente, acabaron por hacerse hegemónicas en sus respectivas áreas.

Compárese con los anuncios a bombo y platillo de posibles competidores. Google, imbatible en el ámbito de los buscadores, ha intentando una y otra vez desbancar a Facebook en el ámbito de la redes sociales sin conseguirlo, y finalmente ha tirado la toalla. Telegram, la iniciativa más sólida para competir con WhatsApp queda en un segundo plano como solución alternativa, de todas las aplicaciones de fotografía (Google Fotos, Picasa, Panoramio, Flickr), sin ser despreciables, no llegan a la relevancia de Instagram, que ahora resulta que se ha convertido en otra cosa que... compite con la mismísima Facebook en su propia casa. Por cierto, para la generación Tik-Tok, Facebook es cosa de viejos.

Otro detalle, quizá anecdótico, pero interesante, es que esas redes sociales son cada día más cerradas, más plegadas sobre si mismas. En sus inicios era posible rondar por sus publicaciones sin más restricciones que las puestas por cada usuario a sus cosas, a día de hoy, en muchos casos es imposible acceder a sus contenidos sin estar registrado, eso significa que una futura convergencia de todas ellas en un punto común va a ser una tarea incluso más titánica que la propia implementación técnica: el negocio les va en su propia exclusividad.

Hay además otra componente financiera a tener muy en cuenta: el mundo tecnológico siempre ha prometido unos beneficios fabulosos a cambio de... nada. Tal cual, olvídense de los pelotazos imposibles. Más a causa de burbujas que de certezas reales, siempre, siempre que alguien ha aparecido diciendo a los inversores que los va a bañar en oro el asunto ha acabado en tragedia más o menos dolorosa. Me remito a mis palabras anteriores, solo los proyectos que se han encaramado hasta lo más alto silenciosa y gradualmente han acabado por consolidarse y generar fabulosos beneficios.

El Metaverso cumple todas estas expectativas, se lo está promocionando a bombo y platillo y se está pidiendo dinero a Tirios y Troyanos con unas vagas promesas de negocio que ni siquiera sus promotores parecen entender muy bien. Y si el propio promotor no entiende lo que vende... mal asunto.

Esperemos. El Metaverso que conoceremos (porque es más que probable que en algún punto tendrán que converger todos los miniversos que usamos a día de hoy) no tendrá nada que ver con lo que los gurus están vendiéndonos actualmente. Y por supuesto, hay que ser cauto a la hora de invertir en estos alucinantes megaproyectos, es más, cuanto más entusiasmo demuestre el vendedor de crecepelo, más desconfíe de él.

PS: Ah, y antes del Metaverso tenemos en el horizonte la Web3. ¿Qué que es lo que es eso? Una paja mental basada en la tecnología blockchain (mire por ahí, la literatura al respecto es abrumadora) que, por enésima vez, promete poner todo Internet patas arriba, organizando espontáneamente el control descentralizado de la red alejándola de las zarpas de gobiernos y corporaciones. No es imposible, pero recuerde, si hay muchos peros y excepciones, la cantidad de potencia de proceso necesaria se va de madre, los anuncios son demasiado grandilocuentes, y los divulgadores abrumadoramente entusiastas, desconfíe.

© Francisco José Súñer Iglesias
(1.373 palabras) Créditos