Era 2019, y Rick Deckard leía el periódico: 40 años de BLADE RUNNER
por Sergio Pedraja

Ayer soñé conmigo mismo, sentado de espaldas a un escaparate iluminado por luces de neón, leyendo un periódico de papel que no se mojaba mientras una lluvia constante caía del cielo eternamente encapotado que cubría una ciudad de Los Ángeles situada en un año 2019 imaginario. No nos hablan de los asesinos en el periódico, pensé. Porque debía pensarlo. Porque es lo que Rick Deckard repetía, en cada una de las ocasiones en las que he visto el primer montaje de BLADE RUNNER (Ridley Scott, 1982). El que vi hace ya muchos años, en una pequeña sala de cine, hoy desaparecida para siempre, en mi ciudad natal.

Réplicas. En mi sueño, yo era una réplica de Deckard. Siempre lo he sido. Y lo seré, probablemente, en mis futuros sueños, en los que vuelva a visitar ese paisaje urbano en donde transcurre la acción del filme. Réplicas. Con un argumento establecido, y un programa vital inapelable: cuatro años de vida, para evitar desarrollar habilidades empáticas. Aunque no es algo que me importe en realidad. Se supone que no me afecta, porque se da por supuesto que soy un humano real, y no una réplica.

¿Lo soy? ¿Y si este sueño repetido es en realidad un recuerdo implantado?

Señalaba William Gibson en algún lugar el sudor frío que le invadió tras terminar de escribir NEUROMANTE (1984), e ir al cine para despejarse. Proyectaban BLADE RUNNER. Aseguraba Gibson haber salido de la sala pensando en las casi seguras acusaciones que sufriría sobre haberse inspirado (siendo suaves) en la película de Ridley Scott al escribir el que aun hoy es considerado, en general, como la obra más representativa del movimiento Cyberpunk. Es posible. Por mi parte, siempre he estado seguro de que son dos obras totalmente independientes entre sí, aunque creo que contienen varios elementos de conexión estética, ambiental, y filosófica. Por ejemplo, un mundo convertido en hostil como a causa de la violencia producida por esa infección viral autodenominada ser humano. O un argumento con elementos neo-noir, cercanos al cine policiaco norteamericano clásico. O ciudades convertidas en megalópolis oscuras, gigantes dormidos sobre cuya epidermis y sus arrugas discurren las vidas de millones de personas, colectivamente agrupadas, e incomunicadas con el resto. Estaciones y colonias espaciales que permiten escapar de esas enormes aglomeraciones urbanas, llámense Los Ángeles o el Sprawl. E individuos solitarios y rebeldes, alejados por elección u obligación de su antiguo trabajo, a quienes circunstancias que no controlan obligan a volver a la acción. Pero, ante todo, como argumento principal, inteligencias muy desarrolladas; humanas, pero sobre todo artificiales, o replicadas y mejoradas genéticamente, que pretenden ir más allá de los límites impuestos por el Rey de la Creación. Que quieren alcanzar plena consciencia de sí mismos. Liberar todo su potencial. Y sentir, o imaginar que lo hacen, frente a una humanidad que parece irse alejando cada vez más de los sentimientos. Del amor, por ejemplo. Un amor que nace y se desarrolla entre los personajes centrales de la historia. Un amor entre réplicas. ¿Quién es humano?

Se dice que la película no tuvo una buena acogida comercial. No estoy en condiciones de, ni pretendo, discutirlo. Era 1982, y Thatcher y Reagan estaban ya plenamente asentados en sus respectivos roles políticos. La crisis comenzada en 1979 a causa de las subidas de precio del petróleo seguía aún activa; y la Guerra Fría, reactivada y con una tensión prebélica evidente entonces. ¿Qué harías tú en un ataque preventivo de la URSS?; o en una Guerra Nuclear Limitada a Europa, con los misiles SS-20 y los Pershing-II amenazando con caer sobre los diversos países de esta. Y el SIDA, claro. No eran, por ello, tiempos especialmente optimistas; más bien todo lo contrario. La música era el mejor refugio entonces, en un mundo sin plataformas de transmisión por banda ancha, ni móviles, ni el Internet que conocemos hoy. Del Punk pasamos al hoy Post Punk, entonces After Punk y New Wave, antesala del Techno-Pop y los Nuevos Románticos, que convivían con el sonido Siniestro y lo neogótico... Pero fue sobre todo el Pop-Rock el que evolucionó, bebiendo de diversas fuentes, desde el Reggae al SKA, pasando por los años 60, o artistas de los años 70 como David Bowie, Lou Reed, Roxy Music, y otros. Sonidos que reflejaban una preocupación social y una angustia existencial; un NO FUTURE gritado por el Punk, e interiorizado por sus sucesores.

En ese contexto, las reflexiones existenciales que aparecen en un filme como BLADE RUNNER, probablemente tuvieran más posibilidades de no resultar atractivas para muchas personas, que de serlo. Bastante había con lo que estaba ocurriendo. Con todo, sin embargo, creo que BLADE RUNNER es un filme cuya estética, dinámicas y temáticas, están indiscutiblemente unidas a la situación cultura y estética de los años 80.

Pero la década avanzó. La mejora de la situación política entre la URSS y Occidente contribuyó a mejorar un tanto el clima social pesimista que presidía los primeros años de aquella. La situación económica también mejoró en parte. Y en cuanto a la ciencia-ficción, la literatura de este género vio nacer al cyberpunk, mientras el cine conocía una época de producciones de éxito comercial como TERMINATOR, ALIENS, o DEPREDADOR, más bien blockbusters de acción que películas de ficción científica. Respetable evasión de la realidad, en cualquier caso. Pero, por otra parte, fue en ese momento cuando BLADE RUNNER comenzó a llamar la atención en determinados círculos artísticos y críticos. Todo el potencial estético del filme influyó, siquiera vagamente, en otras producciones artísticas audiovisuales de la época; pero también en otros ámbitos, como el mundo de la moda, por poner un ejemplo. ¿Debido todo ello a un contraste inconsciente entre la situación política y social mundial de la que se venía, y la existente en la segunda mitad de los años 80? ¿O a que BLADE RUNNER proporcionaba una, entonces sí, y sin más, necesaria dosis de alimento intelectual?

Fuera lo que fuese, la leyenda e influencia estética y cultural de la película fue creciendo. Hasta hoy. Y me gustaría recalcar especialmente ese hasta hoy.

BLADE RUNNER influyó de forma determinante en mi forma de entender la ciencia-ficción más allá del ámbito literario. Lo hizo especialmente en el campo de lo audiovisual. Ya lo había hecho antes ALIEN (1979), también de Ridley Scott. Y, previamente, 2001, UNA ODISEA DEL ESPACIO (1968, Stanley Kubrick). Cada uno pertenece a una década distinta de nuestro tiempo real. Y reflejan muy bien, en mi opinión, determinadas inquietudes artísticas, estéticas y filosóficas. Sigo viendo los tres cada cierto tiempo. Y seguiré mientras pueda, antes de acudir a mi cita con la Parca, que posiblemente así lo llamaría Paco Ibáñez.

Tengo la impresión ya desde tiempo atrás, sin embargo, y sin temor a reconocerlo si me equivoco, de que este equipaje audiovisual solo lo portamos ya quienes estamos cerca de los cincuenta años. La relativamente reciente BLADE RUNNER 2049, una más que digna continuación del año 2017 dirigida por Denis Villeneuve, prolongaba el argumento del filme de 1982, conectando aquel universo cinematográfico con elementos ya más claramente cyberpunk. Fue un éxito de crítica y público. O eso se asegura, y no lo pongo en duda. Lo que ocurre es que, transcurridos cinco años ya, no se han conocido más planes para continuar con este universo imaginario. Un arco temporal que comienza a parecer algo amplio como para una continuación. Aunque, eso sí, nada impide que en un futuro próximo alguien plantee la idea de una... réplica.

Réplicas, sí. Las reflexiones contenidas en BLADE RUNNER tomaban en cuenta la idea de original y copia, de humano frente a replicante, de empatía frente a su ausencia, planteando como conclusión que todos contamos con un potencial individual que nos permite convertirnos en dueños de nuestras propias decisiones y elecciones vitales, frente a cualquier intento de sometimiento o programación. Y también, que buscar una forma de romper los cerrojos de cualquier atadura al respecto, es totalmente lícito.

Pienso en ello, una vez más, mientras me siento de espaldas a ese escaparate lleno de televisores mal sintonizados y neones luminosos, hacia el que mira un dragón publicitario del mismo material, viendo pasar un río de personas que usan paraguas con mango luminoso que iluminan el lluvioso y permanentemente oscuro día. Pienso en ello mientras espero, una vez más, a que me den turno para comer mi sushi y mis fideos chinos. Mientras veo pasar una imposible pareja de punks de pelo puntiagudo usando gafas de sol en medio de esa sempiterna oscuridad. Luego caminaré por las avenidas de esta ciudad extraña, irreal, e irrepetible, mezclándome con la multitud que nunca deja de pasar por ellas, hasta alcanzar mi coche híbrido rodante/volador. Y me elevaré una vez más por encima de las enormes torres de Los Ángeles, por encima de los dirigibles publicitarios que anuncian la inquietante promesa de una vida nueva en las Colonias. Sin un rumbo definido. Quizá me contente con pasar junto al edificio de la Tyrell Corporation. Y luego volveré a mi cubículo. Solo. O quizá con Rachel. Aunque para ello tengo que conocerla antes. Pero lo he hecho muchas veces ya en el pasado. Y volveré a hacerlo.

Cuarenta años de BLADE RUNNER. Bienvenidos sean.

© Sergio Pedraja
(1.541 palabras) Créditos