Un vertedero en órbita
por Antonio Quintana Carrandi

Un problema que ya empieza a preocupar seriamente a las naciones con proyectos espaciales, independientemente de lo ambiciosos o modestos que sean estos, es la proliferación en la órbita de nuestro planeta de lo que ha venido en llamarse basura espacial. Desde que el hombre empezó a lanzar ingenios al espacio, en la segunda mitad de la década de los 50 del pasado siglo, hasta la actualidad, miles, tal vez decenas de miles de restos de nuestros artilugios se han quedado allá arriba. Por regla general, cuando la órbita de dichos restos decae y entran en nuestra atmósfera, se desintegran por efecto de la fricción con la misma. Sería deseable que ocurriera lo mismo en todos los casos, pero no siempre es así. A día de hoy, gran cantidad de objetos de diversos tamaños continúan orbitando nuestro mundo, representando un grave peligro para cualquier sonda o satélite que deba cruzar sus derrotas.

El tema ya preocupó a los científicos en los tiempos heroicos de la carrera espacial. Pero hoy la exploración del cosmos no es ya terreno vetado sólo a Estados Unidos y Rusia. Japón, China, la Unión Europea y la India han entrado, con pasos cautelosos pero firmes, en el club de las potencias con tecnología aeroespacial, y se prevé que muy pronto, bien en solitario, bien en asociación con otros países más adelantados en este campo, otras naciones aspiren a participar en la exploración del espacio cercano con propósitos científicos, comerciales y militares también, por desgracia. Esto significa que el tráfico orbital, por llamarlo de algún modo, se está intensificando y, por tanto, aumenta proporcionalmente el riesgo de una colisión. Por eso limpiar ese auténtico vertedero, que tenemos en la órbita de nuestro planeta, es uno de los principales desafíos que el hombre deberá acometer en las próximas décadas.

A pesar de los agoreros y los idiotas que llevan años preconizando el fin de la exploración espacial, ésta goza de excelente salud, y en los próximos años o décadas nos deparará fascinantes descubrimientos. Los proyectos para el regreso del hombre a la Luna, y para el establecimiento de colonias habitadas en nuestro satélite natural, avanzan a un ritmo pausado pero firme, como demuestra el interés de estadounidenses, europeos, rusos, chinos y japoneses por Selene. El ansiado viaje tripulado a Marte podría hacerse realidad dentro de una o dos décadas. Y es muy posible que, para finales de esta centuria, primera del nuevo milenio, la humanidad por fin consiga afianzarse sólidamente en el cosmos, iniciando así la lenta pero constante expansión por el mismo.

La actividad humana, inevitablemente, va generando residuos que, cuando empiezan a acumularse, pueden provocar verdaderas catástrofes; no hay más que ver cómo estamos dejando el planeta. No contentos con contaminar nuestro mundo hasta límites insostenibles, hemos contaminado sus proximidades, saturándolas de chatarra espacial. Por esa razón, paralelamente a las medidas que se tomen para eliminar o al menos reducir significativamente la contaminación del entorno natural, que garantiza nuestra supervivencia, debería emprenderse a la mayor brevedad posible una campaña para eliminar los peligrosísimos residuos que hemos ido depositando en nuestra órbita. Todas las naciones con intereses espaciales, desde la más poderosa de ellas hasta la menos importante, deberían implicarse en ese proyecto, cada una en la medida de sus posibilidades. Cómo hacerlo es algo que deberán dilucidar los científicos. Pero tiene que hacerse cuanto antes mejor, porque cada vez se lanzarán más satélites, sondas y otros ingenios espaciales, incluyendo en un futuro próximo naves tripuladas, que peligrarían al navegar entre ese mar de porquería que nosotros mismos hemos creado con nuestra inconsciencia. Así mismo, deben hallarse formas de retirar o destruir del espacio cercano a la Tierra los dispositivos humanos que hayan agotado su vida útil, en vez dejarlos abandonados a la deriva. Observando estas premisas podremos hacer de la exploración espacial, una empresa ya de por sí llena de riesgos, algo un poco más seguro.

© Antonio Quintana Carrandi
(651 palabras) Créditos