El futuro en que vivimos, 36
Ciberguerra
por Luis del Barrio

La actual tensión entre Rusia y Ucrania, aunque habría que decir más bien que con la OTAN, tiene todo el aspecto de que acabará en guerra abierta, de hecho es un conflicto viejo y enquistado, de los llamados de baja intensidad puesto que las pretensiones de Rusia de convertir Ucrania en un estado títere, como lo es actualmente Bielorusia, vienen de largo, y la anexión de Crimea allá por 2014, no dejó de ser un episodio más que puede repetirse en Lugansk y Donbás, donde las guerrillas prorusas con el obvio apoyo del Kremlin llevan desestabilizando el país desde aproximadamente las mismas fechas, pero no voy es entrar aquí en las causas últimas del conflicto (torpeza de la OTAN, miopía yanki, imperialismo ruso...).

A día de hoy el riesgo de conflicto abierto, con guerra convencional incluida, es alto, las pretensiones rusas se han ampliado a la retirada de la OTAN de otros países como Bulgaria y Rumanía, con la intención de recuperar el área de influencia de la época soviética, además de otras peticiones que se pueden considerar de orden menor, quizá destinadas a ser sacrificadas durante las negociaciones que se llevan a cabo para evitar la escalada. Además, al día de la fecha los acontecimientos se desarrollan a tal velocidad que a saber en que punto estaremos cuando se publique éste artículo.

Pero el riesgo cierto de guerra convencional no significa que otra guerra, sorda y soterrada, hay empezado hace ya mucho tiempo.

Efectivamente, la ciberguerra lleva mucho tiempo en boca de analistas, políticos y militares y, como este conflicto, se venía desarrollando de forma soterrada a base de ataques más o menos afortunados contra objetivos enemigos. Uno de sus aspectos más publicitados ha sido el retroceso occidental a la hora de adquirir equipos de telecomunicaciones chinos para actualizar las infraestructuras y lanzar el 5G. Con buen criterio, los gobiernos desconfiaban de las tecnológicas chinas, con Huawei a la cabeza, y presionaron a las operadoras para que no dejaran el corazón de las comunicaciones occidentales en manos de una empresa con amplias conexiones con un gobierno chino que, obviamente, estaría encantado de poder entrar hasta la cocina en esas infraestructuras. Fuera una certeza o solo una precaución las grandes beneficiadas han sido Cisco, Motorola, Ericsson y Nokia, y la red de comunicaciones occidental está en manos, si queremos decirlo así de sus propietarios.

Pero esto no deja de ser la parte del hardware, las máquinas, la chatarra. Donde se está librando eso que algunos han dado en llamar Tercera Guerra Mundial, y que en el conflicto ucraniano es su primera gran batalla a pecho descubierto, es en la parte del software, y no limito el software a los programas, sino a toda la ingente cantidad de datos que se almacenan e intercambian casi cada segundo, y actualmente vitales para el funcionamiento de ésta sociedad.

Lo que resulta muy claro es que si quieres desestabilizar al enemigo lo más inteligente es dejarle a ciegas, sin posibilidad de funcionar ni organizarse, atacando desde los lanzadores de misiles hasta las transacciones bancarias. Un estado sin posibilidad de realizar transacciones electrónicas, y sin los datos que instituciones y ciudadanos necesitan para funcionar, es un estado o bien tercermundista, o acabado.

Los analistas avanzan de esta será una de las batallas de esta guerra, la de acabar con las infraestructuras electrónicas de enemigo, y que a estas alturas a nadie le extrañe si digo que esto lleva en marcha desde hace mucho tiempo, y los hechos les dan la razón.

Varias empresas e instituciones de ciberseguridad ya han dado la voz de alarma anunciando que se está llevando una sofisticada operación general contra las infraestructuras ucranianas. Entre las acciones se encuentran virus extremadamente virulentos que atacan y destruyen los objetivos binarios, esto es, los datos. No se trataría de mero software espía, o secuestradores de datos, sino la destrucción total e irreversible de los mismos. No han querido ser muy precisos sobre el origen de estos ataques, pero dadas las circunstancias el sospechoso parece evidente.

Lógicamente esto puede no quedarse ahí. Una escalada en el mundo real se replicaría en la red, con ataques igualmente virulentos contra entidades civiles. En pasadas crisis se detectó un aumento general de estos ataques, aunque de momento de baja intensidad. Yendo más allá, a la inversa, un ataque contra la infraestructura digital en el que se pudiera identificar sin duda al atacante podría ser considerado como casus belli y desencadenar un conflicto armado a la antigua. No obstante, a día de hoy, según los expertos, es más eficaz y frecuente la infiltración y el espionaje, la sentencia de Sun Tzu si no conoces al enemigo ni a ti mismo, perderás cada batalla nunca dejará de ser válida. Destruir por destruir tiene poco sentido si no se está en guerra abierta, pero los viejos juegos de espías siguen gozando de buena salud, colarse hasta la cocina de los sistemas del enemigo y saber de él más que el mismo, es el premio gordo.

Por supuesto, siempre se puede argumentar que de igual modo que me atacan, ataco, y la destrucción digital mutua puede estar a la vuelta de la esquina. No es imposible, desconozco que herramientas y que medidas de protección se toman en cada bando, pero está claro que los estados más interesados, o mejor dicho, que más recursos han dedicado a esto son los sospechosos habituales: Rusia, China, Corea del Norte e Israel, sin por ello desmerecer los esfuerzos de los países de la OTAN, y de hecho son recurrentes las noticias que nos hablan de ciberseguridad y guerra electrónica, pero cuando se trata de un arma barata que precisa mentes brillantes pero no una infraestructura especialmente sofisticada (un hacker ingenioso puede hacer más daño en un golpe de suerte que toda la flota de portaaviones yanki), la inversión en recursos no es especialmente gravosa, y está al alcance de cualquiera que se lo tome en serio, y Rusia lleva demostrando tiempo que le da una importancia estratégica de primer orden.

De lo que no hay duda es que el escenario que se pronosticaba desde hacía tiempo se nos muestra en toda su magnitud. Todo el mundo mira con recelo sus conexiones y busca y rebusca en sus ordenadores por si algún troyano durmiente espera la orden para activarse y arrasar con todo a su paso.


Notas

Recuerden, Nokia vendió su ya por entonces ruinosa división de teléfonos móviles a Microsoft en 2014, pero permaneció como fabricante de equipos de telecomunicaciones de primer orden, llegando a comprar Alcatel en 2015. Igualmente esa Alcatel era Alcatel-Lucent, la de los equipos de telecomunicaciones, no Alcatel Mobile, la de los teléfonos móviles, propiedad ahora de la china TCL.

© Luis del Barrio
(1.118 palabras) Créditos