Especial Vigesimoquinto Aniversario, 7
Recordando, que es gerundio
por José Carlos Canalda

Aunque ya lo he contado en más de una ocasión, no está de más repetirlo con la excusa del cuarto de siglo que cumple el Sitio. Corrían los últimos años de la década de 1960, y yo tenía alrededor de diez años, cuando en la calle Mayor de Alcalá de Henares, mi ciudad natal, frente a la Casa de Cervantes, abrieron una librería de lance, lo que ahora a los horteras les ha dado por llamar outlet, como si fuera necesario este barbarismo.

Conviene advertir que desde la posguerra, y hasta bien entrados los años ochenta, España fue el paraíso de la literatura popular, disponiendo los chavales de entonces de una oferta abrumadora de tebeos, historietas gráficas —me niego a llamarlas cómics—, bolsilibros de todos los géneros, versiones de los clásicos literarios como las de la mítica colección Historias, álbumes de cromos... algo que por desgracia se ha perdido irremisiblemente, desapareciendo con ella el vivero en el que varias generaciones de españoles nos iniciamos —y nos enviciamos— en la lectura cuando todavía no había videojuegos, teléfonos móviles ni redes sociales, y ni puñetera falta que nos hacían.

Pero había un problema... los tebeos, las novelas y los libros eran caros, al menos para los que, hijos de obreros, andábamos con lo justo. Por esta razón florecían los cambios de tebeos y novelas, algo que nuestros padres solían ver con malos ojos por eso de a ver quien los habrá tocado antes. No obstante esta librería, Alcalá se llamaba en un alarde de originalidad, era diferente ya que, aunque también cambiaba, su negocio principal era la venta de publicaciones nuevas aunque atrasadas, fondos de edición y similares a un precio muy inferior al que figuraba en las portadas. Y lo mejor de todo era que mis padres no ponían objeciones higiénicas a que las comprara.

Así pues, me convertí en habitual de la librería dentro de los modestos recursos pecuniarios de que disponía, aunque mis padres, víctimas inocentes de las penurias de la posguerra, veían con buenos ojos mi precoz afán lector y lo fomentaban tanto cuanto podían. Quizá resulte difícil de entender para las nuevas generaciones nacidas y criadas en una España mucho más próspera y culturalmente más pobre, pero puedo asegurar que entonces esa librería significaba para mí algo parecido al paraíso. Y, entre lo mucho que compré allí, se contaban las novelitas de la colección Luchadores del Espacio, tras cuyas portadas se me iban los ojos y cuyos argumentos, dentro de su ingenuidad, a mis diez años me trasladaban literalmente —o casi— a otros mundos.

Éste fue mi primer contacto con la ciencia-ficción, junto con algunos cuadernillos gráficos también dedicados a este género. Para mi desgracia la librería no tardó mucho en cerrar —posteriormente fue una discoteca, un restaurante y ahora un supermercado—, pero ya tenía el virus irremisiblemente dentro. A partir de entonces mi evolución fue la lógica: búsqueda frenética de bolsilibros en los cambios de novelas, descubrimiento de la ciencia-ficción seria —mi deuda con la colección Libro Amigo es impagable—, abandono de los bolsilibros y redescubrimiento de los mismos años después ya como coleccionista primero y como estudioso de este fenómeno cultural después. Y aquí estoy.

Pasaron los años y, aunque mi gusto por la ciencia-ficción —incluso escribo relatos— no ha menguado, llegó un momento en el que me sentía más perdido que un pulpo en un garaje, preguntándome mitad en serio, mitad en broma, si habría en el mundo alguien tan rarito como yo. En esas, hacia 1997 o 1998 empecé a hacer tímidas incursiones por la incipiente Internet, por supuesto no desde casa —la tarifa plana era entonces una entelequia— sino desde la biblioteca de mi trabajo, porque ni siquiera en los despachos teníamos todavía conexión.

Y fue así, con el navegador Netscape y el buscador Altavista, dos venerables cadáveres informáticos, como tropecé con una página que respondía al explícito nombre de Sitio de Ciencia-Ficción, una de las pocas —alrededor de dos docenas— que existían entonces en español, agrupadas según recuerdo en una especie de contenedor llamado Anillo de ciencia-ficción o algo parecido, desde el cual se podía echar un vistazo a todas ellas una por una.

Creo recordar, que Francisco José me corrija si me equivoco, que le envié un tímido correo electrónico ofreciéndome a colaborar, recibiendo de él una respuesta positiva. Y hasta ahora, lamentando únicamente que mi pertinaz manía de meterme en cuarenta cosas a la vez me impida dedicar más tiempo a mis colaboraciones en el Sitio. Pero todo se andará, porque ideas no me faltan, sino tan sólo tiempo.

A partir de ese momento descubrí con sorpresa que yo no era el único bicho raro, lo que me permitió establecer contacto con el mundillo de la ciencia-ficción española de entonces. Fueron unos años muy satisfactorios y en lo que a mí respecta fructíferos, nucleados en torno a las también extintas listas de correos —Gmail tampoco existía—, que permitían abrir canales temáticos que funcionaban como foros y permitían intercambiar correos y ficheros, lo que garantizaba que todos los allí presentes compartiéramos intereses comunes: e-Groups, One-Groups, Yahoo-Groups creo recordar que se llamaban, siendo absorbidas unas por otras y finalmente desaparecidas víctimas de las redes sociales y del omnipresente WhatsApp pese a que eran tan funcionales como éstas y carecían de bastantes de sus inconvenientes, salvo que estaban pensadas para ser usadas desde un ordenador y no desde un teléfono móvil.

Desde entonces a acá han cambiado mucho las cosas, no necesariamente para mejor. La ciencia-ficción actual, tanto la escrita en español como las traducciones, lejanos ya los tiempos de vacas gordas está prácticamente abandonada por las grandes editoriales, hoy meros fabricantes de libros como podrían serlo de ladrillos o de conservas, y sólo el entusiasmo de algunas pequeñas editoriales consigue mantenerla viva; mérito todavía mayor teniendo en cuenta la escasez de medios y de dinero con que cuentan. Pero, como decía hace ya muchos años el añorado Domingo Santos, ésta es al parecer la maldición de la ciencia-ficción en nuestro país, condenada desde siempre a un suplicio similar al de Sísifo, levantándose una y otra vez para volver indefectiblemente a caer.

Sería injusto olvidar la labor realizada también desde Internet; no sólo la del Sitio, decano español y co-decano con la argentina Axxón, sino también otras páginas de la relevancia de Tercera Fundación, Rescepto, Pórtico, Stardust... así como otras más genéricas dedicadas a los bolsilibros o a la literatura popular que abordan también a la ciencia-ficción. Lamentablemente han sido muchas las desaparecidas, junto con otras todavía accesibles en internet pero congeladas desde hace tiempo como BEM o NGC3660.

Concluyo, que se me olvidaba con los dos últimos puntos propuestos por el editor: ¿Qué fue lo que más me gustó del Sitio? Pues lo ya dicho, que sirvió de núcleo para agrupar a muchos de los aficionados a la ciencia-ficción que hasta entonces nos habíamos sentido robinsones. En cuanto a algún momento especial relacionado con su lectura; la verdad es que me resulta difícil recordarlo, han pasado muchos años y ha sido mucho lo que he leído, así que dejémoslo en que tras estos cinco lustros sigue siendo tan de fiar como las magdalenas de tu abuela, que tienes la seguridad de que siempre estarán igual de buenas. Porque el mayor mérito del Sitio es para mí su continuidad, su constancia y la garantía de que no va a pegar bandazos. Que no es poco.

Así pues, mientras el cuerpo aguante y Francisco José me lo permita seguiré apareciendo por aquí, como colaborador y como lector.

Por cierto, enhorabuena.

© José Carlos Canalda
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José Carlos Canalda es colaborador habitual del Sitio