Orwell triunfante
por Álvaro Carrión de Lezama

Desde la publicación de 1984 se ha definido como sociedad orwelliana aquella de corte totalitario y policial en la que el individuo queda anulado y colectivizado a mayor gloria de un Estado monolítico que controla todos y cada uno de los pasos y pensamientos de sus ciudadanos.

Como además el Estado siempre tiene razón, éste se dota de mecanismos para que el pasado no entren en conflicto con el presente, de modo que reescribir la historia y ajustar los ya no-sucesos de modo que encajen con los acontecimientos actuales.

A eso se dedicaba Winston Smith en el Departamento de Registros del Ministerio de la Verdad, a modificar cualquier aspecto de la historia de Oceanía para que no entrara en conflicto con lo que el Gran Hermano disponía en cada momento.

Sin duda, la historia de Winston era triste, triste. De casa al trabajo y del trabajo a casa, y en cualquier lugar por el que transitaba, trabajaba o descansaba era bombardeado con las consignas ideadas por sus compañeros del Departamento de Propaganda, por no hablar de la continua presencia de las televisiones que, además, todo lo ven y no dejan el menor resquicio a la intimidad.

Pero Winston es astuto a su manera, y ha conseguido saltarse los rígidos convencionalismos del Ingsoc, el partido único de Oceanía, y además de algunas pequeñas rebeldías, como el ocultarse en un ángulo ciego de la cámara de la televisión de su apartamento para disfrutar de breves momentos de soledad, tiene un asuntillo amoroso, y por supuesto prohibido e indecoroso, con Julia, una compañera del Departamento de Novela.

Al final la cosa no sale bien y las andanzas del bueno de Winston acaban como el rosario de la Aurora.

Orwell se inspiró para la escritura de 1984 en los regímenes totalitarios que habían señoreado Europa durante las décadas de los 20 y 30 del siglo XX, tensionando el ambiente hasta acabar desencadenando la II Guerra Mundial.

Además, había tenido la experiencia de primera mano de comprobar durante la Guerra Civil española como sus teóricos correligionarios, él era marxista de orientación más bien anarquista, estaban tan interesados en acabar con su vida como los nacional-catolicistas que tenía enfrente, en la trinchera.

En esta guerra vivió de primera mano como el aparato del PCE, controlado sin piedad por los asesores rusos bajo las consignas del padrecito Stalin, ejercía labores de propaganda que retorcían la realidad hasta límites insospechados, y el desmembramiento (figurado y literal en la persona de su líder Andreu Nin) del POUM, su partido, por parte de las autoridades de la República y de mano del mismísimo NKVD.

De estas espeluznantes experiencia nacieron varios libros, HOMENAJE A CATALUÑA, donde relata sus experiencias en la guerra, REBELIÓN EN LA GRANJA, en la que describe en forma de fábula como se desarrollan y en que acaban las revoluciones populares, y 1984, que da buena muestra de la vida dentro de las sociedades resultantes.

Pero 1984, a día de hoy, tiene un gravísimo problema. Ya saben que en ésta época de sociedades fluidas, deconstruidas y racializadas lo peor de lo peor, lo más bajo y deleznable que puede ser un ser humano es ser hombre, blanco y heterosexual. Y Winston, para su desgracia, ¡lo es!

Así que la editorial Granta no ha tenido mejor idea que lanzar una nueva versión de 1984 desde el punto de vista de Julia. Para ello han contado con el visto bueno de Richard Blair, el hijo de Orwell (recordemos, era pseudónimo, en realidad se llamaba Eric Arthur Blair) y han elegido a la autora Sandra Newman, de la que no tengo la menor referencia, para la escritura.

El experimento puede resultar en cierto modo interesante. Recordemos que Julia está mejor adaptada al sistema que Winston, es una oportunista que navega por él con admirable fluidez, no deja de ser una mindundi, como el propio Winston, pero es el perfecto ejemplo del doblepensar, mientras que en apariencia es una fervorosa miembra (si, suena igual de mal que el primer día) de la Liga Juvenil Antisexo se lleva al catre todo lo que tiene algo colgando entre las piernas. Pese a chillar más que nadie durante los minutos del odio, hace un poco lo que le da la gana aprovechando su influencia en otros aspectos.

Ya se verá, todo depende de si Newman es capaz de respetar el marco ideológico de la obra de Orwell o añade astillas de feminismo de cuarta ola y convierte a Julia en una especie de superwoman capaz de burlar el sistema porque ella lo vale.

No tengo ni idea de lo que pensaría Orwell de este asunto, pero le imagino entre triste y entusiasmado porque, al cabo, su propia obra se ha convertido en objeto de interés del Departamento de Registros, para reescribirlo según soplan estos turbulentos vientos posmodernos, y puede que dentro de unas décadas la única referencia a la novela 1984 será a la escrita por una tal Sandra Newman, mientras que toneladas y toneladas de libros firmados por un ya desconocido George Orwell arden en las calderas del sótano del Ministerio de la Verdad.

Sin duda, es el gran triunfo de Orwell.


Notas

Y un jamón. ¿No han caído en un detalle? Si, tanto Winston como Julia son blancos y heteronormativos. Ahí lo dejo.

© Álvaro Carrión de Lezama
(891 palabras) Créditos