Centenario de Gene Roddenberry
por Antonio Quintana Carrandi

Cada reseña o artículo que escribo relacionado con la franquicia de Star Trek es, en el fondo, un pequeño homenaje a Gene Roddenberry, ese gran hombre de cuyo nacimiento acaba de cumplirse un siglo. Fue, sin ninguna duda, una de las figuras clave en la dignificación de la ciencia-ficción como género televisivo. Un auténtico visionario, que logró que la SF catódica, considerada hasta entonces poco menos que un divertimento infantiloide e intrascendente, alcanzara su mayoría de edad, su madurez creativa, demostrando que podía ser un vehículo inigualable para contar historias sobre el hombre y su humanidad.

Piloto de combate durante la II Guerra Mundial, empleado en una compañía aérea después de la contienda, y oficial de la policía de Los Ángeles más tarde, Roddenberry ejerció también como escritor, vocación que había descubierto durante su servicio militar. Pero su futuro estaba en la televisión, novedoso medio que durante la década de los 50 del siglo pasado representó una seria amenaza para el cine. De hecho, en su tiempo libre, Gene escribía guiones para ella. La cosa le fue tan bien, que no tardó en abandonar el cuerpo de policía, entrando a trabajar en la industria televisiva, como guionista primero y productor después.

Aficionado a la ciencia-ficción desde siempre, se lamentaba del bajo nivel argumental de las series de este género emitidas por televisión, en general bastante ramplonas. Decidido a cambiar aquello, mientras escribía y producía EL TENIENTE, un drama bélico considerado hoy una producción de culto en el ámbito catódico, había empezado a trabajar en la que se convertiría, con el transcurrir del tiempo, en la serie de ciencia-ficción más mítica de la historia: Star Trek.

Gene era consciente de que la televisión de la época era, más que nada, un medio de entretenimiento. Pero creía firmemente que se podía entretener con argumentos inteligentes, que trataran temas candentes de la actualidad, ofreciendo una visión realista y desprejuiciada de los mismos. Por otra parte, una serie de ciencia-ficción le permitiría presentar cuestiones delicadas, que en otro formato más convencional podrían herir ciertas susceptibilidades, sin ofender directamente a nadie y eludiendo de paso la entonces omnipresente censura.

Pero además, Roddenberry pretendía, como ya he apuntado, dignificar la ciencia-ficción, entonces un género marginal, al menos en televisión. Se ha dicho, con razón, que Star Trek, la serie original, fue a la SF televisiva lo que 2001, UNA ODISEA DEL ESPACIO, a la cinematográfica. Cuando por fin consiguió que la NBC aprobara su proyecto, Gene insistió en que la palabra clave debía ser plausibilidad, algo que llegó a convertirse casi en una obsesión para él. Y así, los guionistas tuvieron que estrujarse las meninges para presentar una tecnología futura basada en premisas científicas posibles, con arreglo a los conocimientos de los años 60. El resultado fue una producción innovadora que rompió moldes, y que, sin renunciar a cierto aire aventurero, trataba asuntos que preocupaban y mucho a la sociedad estadounidense de entonces. El racismo, la xenofobia, el belicismo, la carrera armamentística, el maquinismo incontrolado, las enfermedades mentales... Todos estos temas y muchos otros fueron tratados en los episodios de la serie, casi siempre con resultados notables.

Percibida por los ejecutivos de Paramount y NBC como una extravagancia que pasaría sin pena ni gloria, Star Trek consiguió seducir a gran número de espectadores, y, lo que es más importante aún, a algunos de los escritores de ciencia-ficción más importantes del momento, que no dudaron en definirla como la primera producción televisiva que trataba el género con seriedad.

Por desgracia, ni Paramount ni NBC creían en Star Trek, de modo que nunca fue adecuadamente publicitada. Cuando la producción fue cancelada, en 1969, nadie daba un centavo por ella y hasta Roddenberry, notablemente desanimado, se centró en otros proyectos. Pero apenas un par de años más tarde, gracias a la enorme difusión que tuvo entre las emisoras de televisión locales, que la habían adquirido como mero relleno de programación, Star Trek se convirtió en un auténtico fenómeno de masas. Desde entonces, han visto la luz una serie de dibujos animados, una exitosa saga cinematográfica y otras seis series televisivas, además de centenares de libros, incluyendo docenas de novelas-franquicia. Eso sin contar las diversas series amateurs para Internet, rodadas con entusiasmo por los fans más irreductibles.

Star Trek sigue siendo, a día de hoy, la franquicia más rentable, el mayor negocio de la Paramount en toda su historia, algo sin parangón en el mundo del espectáculo. El universo futurista Trek se ha expandido de tal forma, abarca tantos ámbitos, que era inevitable que en el proceso se perdiera, o como poco se alterara algo, lo que los trekkies de la Vieja Guardia llamamos El espíritu Roddenberry, ese hálito humanista, y quizás por ello un tanto ingenuo, que impregnaba TOS, la genuina Star Trek. Pero la sombra del viejo y querido Gran pájaro de la galaxia siempre se proyectará sobre cualquier cosa presentada con las palabras Star Trek. Porque ese maravilloso universo ficticio, que apasiona a tantos millones de personas en todo el mundo, surgió de la fecunda imaginación de un hombre excepcional, con el que todos los aficionados a la ciencia-ficción siempre estaremos en deuda.

© Antonio Quintana Carrandi
(864 palabras) Créditos