El futuro en que vivimos, 34
Vacunado
por Francisco José Súñer Iglesias

El principio de la vacuna es algo conocido de forma intuitiva desde hace milenios. Cuando las plagas diezmaban poblaciones enteras, ciertos individuos no solo las sobrevivían, sino que en sucesivas epidemias permanecían inmunes a las mismas y no enfermaban. Entre ellas, la viruela era de las más temibles y extendidas.

Esta observación llevó a infectar deliberadamente a niños, que también se sabía menos proclives a morir por la enfermedad, o bien exponiéndolos a ella, o más directamente sajándolos e introduciendo en la herida abierta secreciones de las pústulas o costras molidas. Ésta técnica llamada varolización se conocía en Asia y África y fue importada a Europa a principios del siglo XVIII. El resultado sin ser del todo malo tampoco era óptimo, por cuanto las condiciones en las que se aplicaba no gozaban precisamente de gran asepsia, por lo que además de la enfermedad inoculada, que había de pasarse en su forma completa, también se producían vulgares infecciones bacterianas que complicaban el tratamiento.

El propio Edward Jenner, padre de la vacuna, había sido varolizado contra la viruela de niño, y la experiencia fue extremadamente desagradable. Las observaciones y estudios de Jenner sobre la viruela bovina y su idea de inocular formas debilitadas del virus para inmunizar sin los sufrimientos de la varolización, se aceptaron con entusiasmo una vez se comprobó su eficacia. En 1796 hizo sus primeros ensayos y ya en en 1803 Francisco Javier Balmis organizó la primera campaña mundial de vacunación, llevando la vacuna a todos los territorios americanos y asiáticos de la corona española, China, y hasta otros enclaves portugueses e incluso británicos. Animado por los buenos resultados, Napoleón hizo vacunar en 1805 a sus ejércitos contra la viruela.

Por supuesto ni Jenner, ni Balmis ni los científicos y médicos que investigaban y extendían la técnica entendían porqué sucedía aquello. La existencia de la bacterias se intuía desde muy antiguo, pero no fue hasta 1676 que Anton van Leeuwenhoek, inventó el microscopio y pudo verlas con sus propios ojos. Lo de los virus fue mucho más tardío, hasta finales del siglo XIX no se constató que algo biológico existía, más allá de las bacterias, y aunque se trabajaba con esa hipótesis, solo en la década de 1930, con la invención del microscopio electrónico se les pudo echar un ojo.

Desde entonces las técnicas de creación de vacunas se han extendido y multiplicado, desde la original de inocular virus vivos de formas leves de la enfermedad hasta las basadas en el ARN de los virus, la idea es siempre la misma: hacer que el sistema inmune reconozca al extraño, genere los anticuerpos necesarios para neutralizarlo, y guarde esa memoria para que en caso de producirse la invasión está sea cortada de raíz.

Pero además de ese salto en las técnicas de creación del suero, nos encontramos que las actuales campañas de vacunación se han ido actualizando tecnológicamente y la rapidez de distribución y eficacia de las mismas es asombrosa. Es fácil pensar que para muchos la vacuna ya llega tarde, pero solo hay que recordar la historia, sorprendentemente la varolización tardó siglos en llegar a Europa, a partir de ese principio, la vacuna no se desarrolló hasta casi otro siglo después, la primera campaña mundial de vacunación tardó tres años en distribuir la vacuna alrededor del mundo.

Comparemos, las primeras vacunas contra el COVID-19 estuvieron listas muy poco tiempo después de declararse la pandemia (menos de un mes, según algunas fuentes). No es extraño, las técnicas clásicas y la novedosa del ARN mensajero están más que depuradas, y solo necesitaban una muestra para trabajar sobre ella y producir la vacuna.

El proceso de ensayos clínicos es el que más ha retrasado su difusión, pero incluso menos de lo habitual. Éste suele prolongarse durante años con toda minuciosidad para garantizar que la propia vacuna no va a ser un problema por si misma, pero en éste caso se han acortado de forma espectacular, en parte porque su aplicación era perentoria, y en parte porque la experiencia acumulada indicaba que desde fases muy tempranas ya se obtendrían resultados muy similares a los definitivos.

Sin embargo, un punto negro ha sido la producción. Aunque ahora se están fabricando millones todos los días, al principio no había tantos laboratorios en el mundo equipados adecuadamente para hacerlo de la forma masiva que se necesitaba. Los primeros días de elaboración fueron caóticos, las líneas de producción no daban más de si, las materias primas, que el en caso de los productos farmacéuticos también tienen su muy especial y cuidadoso proceso de producción, tampoco abundaban. Se tardaron unos meses y, al día de la fecha la cuestión sigue sin estar resuelta, en afinar el proceso. Incluso las dudas que despiertan algunas de las vacunas están más dirigidas hacia su proceso de fabricación, errático por no decir chapucero, que hacia el diseño y efectividad de la misma.

Otro obstáculo en el que la tecnología ha ayudado ha sido en la conservación. Los principios activos de algunas de las vacunas se descomponen rápidamente a temperatura ambiente, e incluso refrigeradas, y deben conservarse a temperaturas poco usuales, —80ºC. No es algo nuevo en el mundo farmacéutico, la disponibilidad de esos equipos siempre ha sido suficiente aunque limitada, pero esto no pasó de anécdota puesto que de forma diligente los fabricantes de los mismos cubrieron la demanda sin que fuera noticia más que un par de días.

La distribución tampoco ha sido un problema. La red invisible que cubre el mundo entero solo ha tenido que hacer un poco de hueco para introducir las cajas de los viales en sus canales que las llevan a su destino en pocas horas. No es tanto que no lleguen a tiempo, sino que, como ya he comentado, la capacidad de fabricación no se ha normalizado aún.

Comparemos esto con el laborioso, y hoy seguramente calificado de salvaje, método que tuvo que emplear Balmis: embarcó en el María Pita a un grupo niños sanos, a los que fue inoculando sucesivamente la vacuna hasta llegar a las Américas, y así continuamente hasta expandir la vacuna por todo el territorio.

Llegamos finalmente a la fase de aplicación. Los sistemas de salud, incluso en países poco desarrollados tienen una amplia experiencia en campañas de vacunación. Llevan siendo habituales desde hace más de cien años y a nadie le cogen por sorpresa. Lo que cambia en esta ocasión es el volumen y la edad de los pacientes. Normalmente, las vacunas se aplican durante la infancia, pero esta vez se ha empezado por la población de más edad, la que más peligro corre con el virus.

Se han producido múltiples escenarios y el anecdotario es bastante extenso, así que me voy a limitar a contar mi experiencia. Como el asunto iba tan lento pensaba que aún me quedaba hasta el verano para vacunarme pero, sorpresa, el jueves 6 de mayo recibí un SMS citándome el sábado 8 a las diez de la mañana en mi hospital de referencia. Confirmé la cita vía web mediante el muy inseguro método de pulsar en el enlace que venía en el SMS, y el sábado a las diez en punto estaba en el hospital sacando mi turno de la máquina expendedora del vestíbulo. A y media, tras hacer una breve cola, pincharme, registrar, cosa curiosa, en que brazo y con que lote, y esperar diez minutos por si surgía algún efecto extraño, salía por la puerta con mi primera dosis de vacuna de ARN mensajero en el cuerpo. La única molestia, el hombro dolorido durante un par de días, pero no más que unas suaves agujetas.

Jenner y Balmis estarían emocionados sabiendo esto. Que sus investigaciones y esfuerzos se hayan desarrollado y llegado a tal punto de eficacia es sencillamente espectacular.

Nosotros quizá no lo veamos así, estamos instalados en la exigencia y el apremio, ayer ya es tarde para casi todo, cualquier retraso, cualquier espera, intolerables. Como individuos ciertamente queremos estar a salvo cuanto antes de los males que nos acechan, pero como conjunto de la humanidad, deberíamos ver con alivio la rapidez, en términos históricos, con la que solucionamos problemas como el que nos atenaza.

© Francisco José Súñer Iglesias
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