Especial Vigesimocuarto Aniversario, 12
De una pieza
por Jacinto Muñoz Vivas

¿Quién no tiene una imagen del Héroe? Sea junguiano o no, este arquetipo está presente en todas las culturas, divino o humano, trágico o épico, destinado a serlo desde la cuna o forzado por las circunstancias, podemos rastrear sus huellas en todo tipo de leyendas, cultos, mitos y tradiciones y por supuesto, ninguna historia es una buena historia sin un buen héroe. Abnegado, valiente, honesto y generoso, castigo de las sombras y baluarte de la luz, defensor de los débiles y azote de la iniquidad. De una pieza. Así eran los héroes de mi infancia.

En un paseo rápido por la esquiva memoria, los primeros que recuerdo como propios y duraderos son el Cid, en una versión de Historias Selección editadas por Bruguera, algunos personajes de Víctor Mora: el Capitán Trueno, el Jabato y el Corsario de hierro, y el Tarzán de las películas de Sesión de Tarde. Hay otros, que duda cabe, la lista podría ser bastante más larga y común a muchas personas de mi generación y cultura, pero si he destacar uno entre tantos, me quedaré con Miguel Ángel Aznar con quien me encontré en la temprana adolescencia por caminos que no vienen al caso. Él y sus sucesores, encarnaban todas las cualidades antedichas y armados con ellas, lideraron a la humanidad a lo largo de una de las epopeyas galácticas más grandes jamás escritas, desde la pequeña Tierra hasta el otro lado del universo.

Aventura, emoción, descubrimientos extraordinarios, imperios, gestas y algún que otro romance. Además de proporcionarme grandes ratos de placer, las novelas de Pascual Enguídanos Usach, afianzaron en mi el gusto por la lectura en general y por la ciencia-ficción en particular, abrieron paso a nuevos universos poblados de nuevos héroes y nuevas aventuras que con los años, poco a poco, se fueron tiñendo de gris.

Así es la vida, donde antes encontrábamos certeza, crece la duda, donde triunfaba el valor, surge el miedo, donde primaba la generosidad, juega el interés y donde reinaba la justicia, saltan los daños colaterales. La realidad es sucia y a los héroes no les queda otra que bañarse en ella, multiplicando el arquetipo original en múltiples variantes entre las que hasta los más abyectos asesinos encuentran su hueco.

No es moda de estos tiempos, aunque cada época aporte su matiz, podemos rastrear las huellas del antihéroe desde los orígenes de literatura, Gilgamesh se va en busca de la inmortalidad por puro egoísmo, los dioses del Olimpo eran una colección de golfos de cuidado y de la ILÍADA puede que sólo se salve Héctor, de ahí en adelante todo tipo de pícaros, ambiciosos reyes, crueles piratas, ladrones de guante blanco o negro, científicos megalómanos y aventureros sin escrúpulos en general pueblan las historias y la ciencia-ficción no escapa a esta tendencia sea cual sea el género dentro del género. Riddick, Darth Vader, Gully Foyle, Deckard, Henry Case, Joker o hasta el mismísimo Han Solo, son unos pocos ejemplos de una lista que podéis continuar hasta aburriros, sin llegar a completarla.

Los héroes para adultos pueden ser amargados, alcohólicos, egoístas, amorales, crueles o vengativos. Todo vale, incluso los tipos normales pueden alcanzar ese estatus, como los pobres transportistas galácticos de ALIEN cuya única ambición era cobrar un buen plus.

Es lo que hay, si miramos a nuestro alrededor veremos como el bien y el mal se amalgaman en un todo confuso y nuestros relatos así lo reflejan, el mundo adulto es el mundo de lo posible, del mal menor, mientras que la infancia aun puede creer en lo imposible, en que los buenos siempre ganan y los finales son felices, aun puede creer en la fantasía y ya se sabe como reza el viejo adagio: en la boca de los niños está la verdad.

© Jacinto Muñoz Vivas
(626 palabras) Créditos
Jacinto Muñoz es colaborador habitual del Sitio