El futuro en que vivimos, 31
¿Qué es un robot?
por Francisco José Súñer Iglesias

Hasta no hace mucho teníamos más o menos el concepto claro, un robot era un artefacto más o menos antropomorfo, autónomo y con cierta inteligencia que le permitía realizar sus labores e interactuar de forma razonable con los humanos que le rodeaban.

Pero con el tiempo ese concepto se ha ido ampliando, ya no es necesario que el robot tenga forma humana, ni que pueda mantener una charla distendida, ahora basta con que sea autónomo y realice sus tareas con la precisión y rapidez exigidas.

Pasamos entonces a considerar el concepto de autómata, esto es, un conjunto de mecanismos y programas que son capaces de realizar tareas repetitivas con la capacidad de modificar su comportamiento según cambien las condiciones ambientales, e incluso afinar la ejecución de las tareas según se vayan ampliando el abanico de las casuísticas.

Es más, un autómata no necesariamente debe tener partes móviles, un programa que obtenga y procese datos devolviendo un resultado diferente al de entrada es un autómata. Hay mucha literatura al respecto y lo que he dicho hasta ahora no deja de ser una aproximación apresurada. Muchos esfuerzos en investigar nuevos materiales y el desarrollo de la inteligencia artificial van encaminados a fabricar autómatas cada vez más versátiles, capaces de ejecutar sus tareas con rapidez y precisión.

Y entonces te quitarán el trabajo.

O no.

El chiste es que siempre podrás encontrar trabajo en una fábrica de robots. De momento no es una broma, los autómatas todavía necesitan la intervención humana, y sobre tener una utilidad concreta para algún Homo Sapiens, para tener su sentido vital. Hasta donde se estamos muy lejos del SkyNet de TERMINATOR o el Golem XIV de Stanislaw Lem. Puede que algún día tengamos algo parecido, pero no será mañana. Queda mucho incluso para ver como se reinventan a si mismos, como en AUTÓMATA.

La cuestión es que la progresiva automatización de múltiples tareas aboca a mucha gente a, efectivamente, perder su trabajo. O al menos que esos trabajos sean asumidos por máquinas cada vez más... rápidas y precisas. Esto abrió ya hace muchos años el debate de que hacer con las máquinas. Debate que lleva abierto exactamente desde que el 11 de marzo de 1811 los trabajadores del textil se lanzaron a destrozar los telares automáticos instalados en las fábricas de Nottingham.

Como entonces, ahora el problema es bastante más complejo que el mero hecho de odiar la automatización, las implicaciones que supone automatizar un proceso son enormes, sobre todo cuando la necesidad cada vez menor de trabajadores incide en un abaratamiento del producto.

Eso, para los Estados elefantiásicos de los que gozamos es un fastidio. Recaudan menos impuestos, tanto directos como indirectos, y se ve en serios problemas para proporcionar a las masas el maná que prometen, maná que promete antes de saber de donde obtenerlo, pero esa es otra cuesión que no trataremos hoy. Entonces se recurre a la idea de hacer pagar impuestos a los robots... y volvemos al principio. ¿Qué es un robot? Y ¿es conveniente hacerles pagar impuestos? ¿Y a que robots?

Por una cierta inercia mental se tiende a pensar en la robótica aplicada exclusivamente a la industria manufacturera, pero con las definiciones que he incluido también queda extendida al sector servicios, una hoja de cálculo, capaz de desplazar a todo un departamento de contabilidad, aunque no al propio contable. es un robot, un sistema que cuente personas y permita o no el paso dependiendo del aforo es un robot, un sistema de reconocimiento por voz también es un robot. La web del banco en la que aparentemente solo consultamos apuntes y hacemos pagos también es un robot que se va adaptando a nuestos usos y costumbres.

El fin de automatizar un proceso es hacer que la industria que introduce esos mecanismos sea más eficaz y competitiva, consiga reducir costes y ofrecer sus productos y servicios más rápidamente y más baratos. Pero si gravamos a esa industria con impuestos sobre los medios de producción, seguiremos con los mismos precios que la población empobrecida se verá con dificultades para asumir, lo que implica la reducción de la demanda, la contracción del volumen de la industria necesaria para atenderla, y por tanto la caída de la recaudación impositiva.

¿Solución? Difícil. Pero no sería mala idea empezar por reducir las necesidades del Estado, aplicando esa robotización, esa automatización, al ámbito de lo público, reduciendo, simplificando y facilitando la burocracia. ¿Imposible? Solo si no hay voluntad de hacerlo, el ejemplo más claro es el del pago del impuesto sobre la renta en España. Los trámites necesarios para hacerlo se han reducido, simplificado y facilitado progresivamente durante estos últimos años. Para la mayoría de los asalariados es tan sencillo como aceptar un simple formulario web.

Pero claro, se trata de recaudar impuestos. Para eso son todo facilidades.

La cuestión es que entre tanto veremos como la definición de robot se va a ir ampliando y difuminando hasta extremos grotestos, y no te extrañe si de aquí a no mucho tiempo ves como, además del IVA, la rumba o el termomis, e incluso la más simple célula fotoeléctrica, se ven gravados con alguna otra decena de tasas por ser malvados artefactos destruye empleos. Al tiempo.


Notas

Si, ya se que tu, particularmente tu, has vivido auténticas batallas campales luchando a brazo partido contra Hacienda, pero no te creas el centro del Universo. Lo normal es lo que he descrito, e incluso en el caso de las reclamaciones y alegaciones, gran parte se resuelven de forma telemática sin necesidad de tener una tensa charla cara a cara con algún funcionario de la Agencia Tributaria.

© Francisco José Súñer Iglesias
(67 palabras) Créditos