Disney negro
por Francisco José Súñer Iglesias

La vida depara sorpresas muy curiosas. Tras el arrollador éxito de LA GUERRA DE LAS GALAXIAS, la Disney no quiso perder el tren de esa nueva vía abierta por George Lucas, ciencia-ficción y aventura realizadas con sumo cuidado y sin reparar en medios, narrando historias de toda la vida a buen ritmo y en escenarios monumentales. Para ello produjo un par de años después EL ABISMO NEGRO, con un guión ambicioso, y varias estrellas de renombre, Maximilian Schell, Anthony Perkins, Ernest Borgnine y hasta Roddy McDowall poniendo voz al robot Vincent, y John Barry a cargo de la banda sonora, pero quizá el gran fallo fue poner al frente a Gary Nelson, un experto director de series de televisión pero con un currículum muy limitado en la gran pantalla. El proyecto no salió del todo bien De hecho solo los muy aficionados nos acordamos de esta producción, pero da igual, al cabo de los años Disney acabó comprando la vía, la locomotora, los vagones y hasta la señalización.

Como un gran agujero negro, Disney ha engullido media industria del entretenimiento norteamericana, que viene a ser la cuarta parte de la industria del entretenimiento mundial, si no más, y no parece que su glotonería tenga fin, durante semanas ha estado corriendo el rumor de que andaba interesada por DC Comics, extendiendo el horizonte de sucesos donde nadie ha llegado jamás. (No, de la Paramount no hay noticias aún).

La actual lista de propiedad intelectual de la Disney es bastante impresionante: además de su producción propia, tiene todo lo de 20th Century Studios (la vieja 20th Century Fox actualizada), Marvel, Pixar, Lucasfilm, es accionista mayoritaria de Hulu, además de un rosario de compañías y distribuidoras más o menos especializadas. Bucear en el conglomerado Disney es una pesadilla, no solo por la cantidad, sino porque la compra de participaciónes, venta de las mismas y asociaciones varias, convierten la compañía en un collage, si no indescifrable, si muy enredado. Pero eso no es exclusivo de Disney, a poco que se bucee en cualquiera de estos conglomerados el panorama es idéntico: Comcast, Viacom, Warner, son un enredo de participaciones y derechos, todo lo más cuando he apuntado a Viacom y Warner por ser los buques insignia de sus respectivas constelaciones, pero que en realidad no son la matriz.

Con esta política expansiva Disney controla sagas como la de ALIEN, y DEPREDADOR, por supuesto, STAR WARS, EL PLANETA DE LOS SIMIOS, AVATAR, LOS INMORTALES, EL CORREDOR DEL LABERINTO, 28 DÍAS, todas las producciones Marvel, clásicos como BRAZIL, ABYSS, VIAJE FANTÁSTICO o TITAN A. E., series de televisión como Future Man, El cuento de la criada, Futurama, Expediente X o The First. Hablando exclusivamente de ciencia-ficción y sin ser escrupulosamente exhaustivo.

Desde luego no parece nada bueno que una sola compañía controle tantos iconos mediáticos y, sobre todo, medios de distribución. Puede que la intención inicial sea estar en todos los mercados y alcanzar todas las sensibilidades (el público objetivo de Future Man dista mucho de ser el de FROZEN), cubrir todos los huecos que la demanda cinematográfica y televisiva pueda generar, pero a la vez no deja de ser un peligro tanta concentración puesto que el consejo de administración puede llegar a estar controlado, y de hecho lo está, por gentes que consideren Future Man como algo impropio y corten de raíz esa línea de productos, lo que unido una red de distribución no voy a decir que monopolística, pero si bastante potente, acabe por imponer una visión de la vida más cercana a las aspiraciones de Violetta que a las de Ripley.

Es un peligro real, ya hemos visto como la tercera trilogía de STAR WARS, empapada de la filosofía inclusiva de los últimos tiempos, ha sido vapuleada por los aficionados hartos de que se desvié la atención de lo principal, de aquello que llevó a la Disney setentera a intentar emular a Lucas, esto es, una space-opera lujosa, con muchos láser, muchas naves, muchos alienígenas, muchos robots y, sobre todo, héroes de una pieza sin vacilaciones existenciales, y malos sociópatas curtidos en mil batallas. Disney ha ofrecido, si, space-opera lujosa, láseres, naves, alienígenas, robots, pero héroes intercambiables y sin carisma, malos que más que malos son tontos, y una nube de personajes innecesarios y chupacámara pero que, es el signo de los tiempos, representan a la diversidad de sensibilidades del Universo conocido... en su casa a la hora de comer.

Eso mismo se puede extender como un cáncer por el resto de las franquicias, ¿Alguien se imagina a una Jessica Jones en alcohólicos anónimos confesando que empezó a beber y a tirarse todo lo que tenga algo entre las piernas para no afrontar su cripto-lesbianismo? ¿O un Luke Cage poseído por Malcom-X lanzándose a la conquista de la alcaldía de Nueva York? ¿O a Danny Rand poniendo todos sus millones a disposición de los SJW?

Particularmente no creo que la Disney llegue a tanto. Aunque ya han empezado a retocar algunos iconos mediáticos, como los Simpson, ante todo, el objetivo de estas corporaciones es ganar todo el dinero posible, y para ello no dudan en llegar a todo tipo de público, sea directamente o con marcas interpuestas para que Vaiana y Bender, pese a ser primos lejanos y frecuentar ambientes muy dispares, no puedan ser relacionados con facilidad.

Eso si, ambos trabajando a destajo para que la cuenta de resultados siga engordando.

© Francisco José Súñer Iglesias
(904 palabras) Créditos